Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 40

Chapter 403,900 wordsPublic domain

--En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces, ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina. Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula desconocida?

Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.

Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de pié y contestó:

--Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé. Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros, no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?

El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la suya.

--¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta, traidor?

--Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta pregunta.

El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo en sus manos.

El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:

--Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.

El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.

Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al oido de Amina:

--Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.

--¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.

--¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.

--Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que eran escuchados.

En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.

Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.

--Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana, y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba la corona de su padre.

El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante su juez.

La voz de Yaye era solemne.

--¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América: allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados, reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada: allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores, bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey. Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande, poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?

[imagen: Tomad: leed.]

El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo, dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y solemne de Yaye.

Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don Carlos continuó de pié.

--Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que tengo entre mis manos. Tomad, leed.

El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.

--Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.

--¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe reteniéndola.

--Recordad que os he dicho que mientras vos hablábais en cierto meson excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra persona, que sin que vos lo supiéseis, lo presenciaba todo, á través de un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jóven, robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.

--¡Vos!

--Si, yo.

--¿Y quién os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia venir á Madrid enviado por el príncipe de Orange?

[imagen:--¡Ah, Bempo! ¡Bempo! ¡yo te amo!]

--Vos no sabeis quién soy, si bandido ó caballero, rey ó esclavo: yo tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte, como solo he venido á Madrid contando con vos, era natural que me interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta á Guillermo de Nassau, le esperé en el camino.

--¡Y le matásteis!

--No le maté. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alférez de vuestra guardia, en términos que Perceval no me reconoceria si me viera de nuevo ante sí. Dejéle pasar oculto en una venta, alcancéle luego, y me presenté á él como vuestro enviado. Díjele que habiais meditado mejor; que no creíais prudente todavía un alzamiento general en los Paises-Bajos á vuestro nombre, y le dí tales señas de las conferencias que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me entregó esa carta, y en cambio se encargó de un mensaje verbal para el príncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines á la órden del Laurent, dado por un genovés de Madrid contra otro de Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra España por algun tiempo; ved aquí el recibo del libramiento, que Perceval me hizo en una venta del camino.

Yaye sacó otro nuevo papel de la cartera y le entregó al príncipe.

--Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que podian servir.

El príncipe se apresuró á quemar á la luz de una bujía aquellos terribles papeles.

--Y ahora bien, ¿qué quereis de mí? dijo cuando los hubo destruido.

--Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.

--¿Y qué creeis que debo hacer?

--Reinar.

--¿A todo trance?

--A todo trance.

--Sin embargo, no ha mucho me hablábais con indignacion del crímen.

--Por lo mismo que el crímen nos rodea por todas partes, debemos valernos de él en nuestro provecho antes de que otros le empleen en nuestro daño.

--¿Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?

--Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benéfico tiene contenida la insurreccion: es necesario que á este poder tolerable, sustituya un poder duro, despótico, insufrible; es necesario que sea gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe fortuna el príncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer por ahora: enviar dinero á los descontentos: del mismo modo alentaremos á los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fácil.

--¡Y vos!...

--Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario, que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa habeis entrado con intencion de deshonrarle.

--No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.

--¿Cuál?

--Amo á vuestra hija.

--¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?

--Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.

--¡Sed rey!

--¡Cómo!

--¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.

--Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.

--¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!

--¡Pues bien, lo seré y pronto!

--No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.

--Esperaré: pero...

--Os prometo mi hija: ahora salid.

Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo, aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada lúcida.

--¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú, Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!

--El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien, ¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á sagrados deberes?

--¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!

--El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por mí.

Llevó al jóven á una puerta; le dejó encerrado tras ella, volvió, abrió la vidriera y entró en la cámara de su padre. Poco despues entró este, y la besó en la frente.

--El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este. Ese dia se enjugaran tus lágrimas, hija de mi alma. Entre tanto es necesario que cumplamos el juramento que yo hice á mi padre moribundo. ¡Todo por la patria! ¡todo! ¡hasta la virtud!...

Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue á la puerta tras la cual habia dejado á don Juan, y atravesando las mismas habitaciones oscuras que habian recorrido hasta allí, le llevó á su aposento, cerró el mirador y se sentó á su lado.

CAPITULO XI.

Lo que puede el amor de una mujer.

La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus cuadros, sus tapicerías, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello, lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes, era de brocado de tres altos.

Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia llegado hasta allí maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadáver.

Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que queria escudriñar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del marqués, que estaba aterrado, anonadado, como insensible, á causa de los terribles secretos que sucesivamente habia descubierto.

Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su ignorancia.

Como por efecto de un poder magnético, la intensa mirada de la jóven atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que jamás se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.

--Si, si, te amo, Esperanza; te amo á pesar de todo, dijo el marqués comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que á pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardaré acerca de ello un profundo secreto.

--¿Y qué sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que fascinó á don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone, y sin exigir manda; ¿sabeis acaso quién es la mujer que la fatalidad ha puesto en vuestras manos?

Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guardó muy bien de demostrarlo: limitóse, pues, á contestar:

--Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas, Esperanza.

--Llegará un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se habia serenado, descendiendo, por decirlo así, de su terrible magestad; llegará un dia en que comprendas cuánto te ama la mujer á quien con tus locuras has hecho desgraciada.

--¡Mis locuras!

--Si por cierto, ¿qué son sino locuras tus amores con esa aventurera italiana, con esa princesa Angiolina? ¿Tu empeño en causarme zelos con ella? ¿qué ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de tus amores por arrebatarte á esa mujer?

Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar estas palabras, que el marqués se desconcertó, y no pudiendo negar sus amores con la princesa por demasiado públicos, contestó:

--Yo me veia desdeñado por tí.

--Desdeñado no: alejado si.

--Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame á otra ¿por qué eres desgraciada?

--Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad.

--He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jóven.

--¡Olvidar! ¡olvidarme!¡y para olvidarme...! ¡á mí! ¿has recurrido al amor de esa mujer? lo repito: me he engañado: yo pensé que valias mas, infinitamente mas que lo que vales.

Don Juan conoció que habia incurrido en una necedad, y para remediarla incurrió en otra, como sucede generalmente á todo el que quiere salir de una posicion falsa sin confesarse vencido.

--Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo.

--Un hombre que ama á una mujer y no puede obtenerla, la obtiene ó muere; pero no intenta ultrajarla, contestó con dignidad Amina.

--¿No me he puesto á tu paso? contestó apelando á la dulzura el marqués.

--Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando á otras á mis ojos.

--¿No he venido todas las noches á esa calleja?

--¡Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por mi amor, te llamase!

--¡Oh, y cuán cruel eres, Esperanza!

--Y al fin te he llamado; y al fin estás en mi aposento, solo conmigo, en medio de la noche.

--¡Oh! ¡Esperanza!

--Pero ya sabes para qué y por qué te he llamado: ahora don Juan es necesario que nos separemos.

--¡Con que es decir que me has llamado para que sepa que el príncipe va á ser tu esposo!

--Si mi padre lo exige, lo será.

--¡Es decir que no me amas!

--Nunca debimos unirnos, don Juan.

--¿Que nunca nos debimos unir?

--No, para evitar el dolor y la vergüenza de separarnos.

--¡De separarnos...! ¡es decir que tu ambicion..!

--Yo me sacrifico á mi nacimiento, á mi destino.

--¡Oh! ¡si! dijo con doloroso sarcasmo el marqués; me he olvidado de que eres... y se detuvo.

--Si, soy reina, contestó con una fria dignidad Amina.

--¡Reina tú! exclamó con creciente asombro el marqués.

--Si, no importa de qué reino; pero mi reino existe, y mis vasallos, cuando me presento entre ellos, doblan ante mí la rodilla.

Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo, y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus facultades de apreciacion; recordó entonces cuanto le habia revelado la princesa, y comprendió que aquella mujer no le habia engañado: vió delante de si á la reina de aquellos famosos monfíes de las Alpujarras, solo conocidos por sus terribles hechos: trasladóse su pensamiento á las, para él desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecióle ver á Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje; entonces hablaron de una manera clarísima para él, el encendido color moreno de Amina, aquel color tan bello, tan límpido, tan incitante; parecióle ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad salvaje, y que aquella frente magnífica, aquella mirada incontrastable, le decian:

--Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfíes de las Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Méjico, reina de los rebeldes del desierto.

Esta era la única solucion que, contando con los antecedentes que tenia, encontraba el marqués á tales misterios.

--En vano te obstinarás, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la perplejidad del jóven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo sabrás la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso será necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo revelarte.

--¿Pero nada puedo esperar?

--Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por mí.

--¡Oh! ¡y qué sacrificio no haria yo por tu amor!

--Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvidé por tí mi condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora á la córte del rey de España, para desempeñar al lado de la reina un servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente necesidad de amar: llegó un dia en que oí hablar de tí; se ponderaban, tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los ociosos de la córte habian unido nuestros destinos de una manera extraña: á tí te llamaban _mi hombre_, á mi, _tu mujer_. Era necesario que yo te viese, para que pudiera contestarme á esta pregunta que me habia hecho con cólera al escuchar aquellas extrañas palabras.--¿Qué puede haber de comun entre ese marqués tan ponderado y yo? Pero cuando te ví al fin, cuando ví tu semblante al reflejo de la luna despues del incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando sentí llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamándola, llenando su vacío con un fuego divino, abriendo para mí una nueva vida; la vida del amor.... ¡Oh! entonces comprendí lo que el mundo habia encontrado de comun entre nosotros; entonces comprendí que tú eras mi hombre; mas todavía: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios.

Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por orgullo; brotó á él la pasion; acreció su palidez, sus ojos lanzaron un fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trémulos y entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina, el del marqués resplandecia tambien.