Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 20

Chapter 204,008 wordsPublic domain

Ya no hubo medio de contener el paso de los monfíes; precipitáronse por las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas á sangre y fuego, y en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montañas, habia reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto obligado á retirarse con enormes pérdidas hácia la montaña dorada, que venia á ser para los monfíes una enseña enloquecedora que triplicaba su valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazañas increíbles por lo maravillosas.

Ni uno solo de los míos habia muerto: acobardados los mejicanos por la pujanza española, nos cedian siempre el campo á las primeras descargas de mosquetería, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vió obligado á encerrarse en la poblacion que le servia de córte.

Era esta pequeña, pero de buena apariencia; defendíala una pared de piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia únicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya cúspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos en palos una horrible fila de cráneos humanos. Mas allá, al poniente de la ciudad, como á unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaña dorada, y á lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste.

Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc: franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los monfíes, cuyo único afan era llegar cuanto antes á la montaña de oro.

Un año habíamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las fronteras del desierto; un año durante el cual, todos los dias nos habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habíamos visto obligados á dejar atrás numeras riquezas por falta de brazos que las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaña de oro, yo la ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doña Inés de Cárdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla, á quien no habia podido olvidar desde que vi su retrato.

Aquella mujer á pesar de que no la conocia, sino por medio de una pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento su mano. Era de presumir que salvándola yo de los idólatras, su padre no se negaria á dármela por esposa, y que el duque no tendria hijos á causa del estado de su salud, gastada en una vida de contínuas disipaciones: podia, pues, llegar á ser, por medio de doña Inés, uno de los grandes mas grandes de España, á cuya grandeza debian prestar un brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las Indias á España.

Urgíame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de ella y buscar á doña Inés: un presentimiento tenaz me decia que estaba allí, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos mujeres vestidas de blanco, á quienes acompañaba un solo hombre, y que parecian mirar con interés al campo que habíamos levantado delante de la ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doña Inés.

En vano pretendí llevar á mis soldados contra la ciudad: la vista cercana de la montaña dorada les fascinaba: al fin un dia se me presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de ellos, dejando á uno de mis costados á la ciudad, hácia el codiciado tesoro.

Pero á medida que nos acercábamos á la montaña esta cambiaba sino de forma, de color: empezábamos á ver el color natural de la tierra entre la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarísima, la montaña cambió de aspecto: entonces parecia de plata.

Los monfíes empezaron á desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia ya á qué atenerme: aquella montaña que á larga distancia parecia de oro, herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna, no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes.

Sin embargo los monfíes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando tuvieron en sus manos aquellas piedras engañadoras, se convencieron de que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios.

Volviéronse, pues, los deseos de todos á la ciudad de Calpuc: en ella, como he dicho antes, se habian refugiado, llevando cuanto poseian, todos los habitantes de la comarca: debiamos, pues, esperar un botin riquísimo, y nos encaminamos decididamente á la poblacion.

Pero antes de llegar á ella, nos salió al encuentro una embajada del senado: aterrados con nuestros contínuos triunfos, los indios preferian un avenimiento. Esto convenia perfectamente á mis proyectos, porque en paz mejor que en guerra, podria esperar el descubrimiento de doña Inés. Exigí como primera condicion, y segun costumbre, porque la religion era el antifaz con que encubrian su codicia los españoles, que el templo idólatra se convirtiese en templo cristiano; que en vez del monstruoso simulacro de oro macizo que adoraban los indios, se colocase sobre un altar un crucifijo de madera; que se sepultasen los cráneos humanos que servian de trofeo al templo, y que, para evitar que aquel culto abominable se reprodujese, me entregasen el ídolo, y las alhajas del culto.

Con asombro mio los embajadores, en vez de negarse, asintieron á mi propuesta en nombre de su rey Calpuc, y del mismo modo consintieron en entregarme un fuerte tributo por cada uno de los habitantes de la ciudad; exigí, ademas, para mi seguridad y la de mi gente, que el rey viniese entre nosotros y entrase á mi lado en la ciudad, y que se entregasen á mis soldados el templo y las habitaciones de los sacerdotes.

Convínose la entrada en la ciudad para el dia siguiente, y en él, á la hora convenida, se me presentó Calpuc, el terrible rey del desierto, con algunos de sus magnates, y á pié, en contraposicion de los caciques que hasta entonces habia conocido, y que se hacían conducir en andas cubiertas de oro, sobre los hombros de sus esclavos.

Maravillóme tambien que Calpuc llevase un trage puramente castellano, un birrete de brocado bordado con piedras preciosas, y únicamente, como distintivo de su dignidad, un manto de una tela fabricada con plumas. Los demás de su acompañamiento llevaban tambien algunas prendas castellanas: quién una gorra, quién un jubon ó unos gregüescos, ó simplemente unas botas. Esto me demostró que se me temia y se me adulaba, y me confirmó en esta idea, las inequívocas muestras de distincion que desde el primer momento me dispensó Calpuc; dióme la mano, á usanza de Castilla, y, lo que mas me maravilló, me significó en buen castellano, aunque con un tanto de acento extranjero, lo dispuesto que estaba á mantener conmigo una amistad duradera, siempre que yo me prestase á razonables condiciones.

Despues nos encaminamos juntos á la ciudad, yendo Calpuc á mi derecha y entre las filas de mis arcabuceros, y detrás los pocos caciques que le habian acompañado, la mayor parte de los cuales mostraban en sus semblantes el temor y la desconfianza.

Durante el corto trecho que anduvimos hasta llegar á la ciudad, el rey me dijo que se habian cumplido mis deseos respecto al templo, y que las habitaciones de los sacerdotes situadas á su alrededor, estaban ya dispuestas para aposentar á mis soldados.

En efecto, se veia desde el campo que los cráneos humanos, que el dia anterior coronaban la parte mas alta del templo, habian desaparecido, y en su lugar ví en cien astas de madera, banderolas de todos colores en señal de agasajo y alegría.

Era necesario desconfiar de este aspecto y de esta docilidad, atendido el respeto y la adoracion que los indios profesan á sus ídolos: era necesario estar preparados para rechazar una asechanza, y mis alféreces y sargentos, prevenidos por mí, habian hecho que los monfíes llevasen los arcabuces preparados y las mechas encendidas.

Cuando llegamos á una de las entradas de la ciudad, en la cual, para evitar yo el peligro de marchar á la desfilada por los estrechos callejones de todas las entradas de las poblaciones indias, habia pedido que se abriese una brecha, lo que se habia efectuado; al entrar por aquella brecha, nos salieron al encuentro una multitud de músicos á manera, de juglares, con tambores, que batian á compás, y gran número de hermosas bailarinas que nos precedieron tocando y danzando hasta el templo, en el cual penetramos por una alta gradería.

Al penetrar en el interior ví con asombro, que sobre el pedestal en que sin duda habia estado el ídolo, se alzaba un magnífico crucifijo de talla, y que nos salian al encuentro tres ancianos revestidos, ni mas ni menos que como los sacerdotes católicos y con los mismos ornamentos.

Calpuc me indicó entonces el altar y me dijo:

--He ahí el Redentor del mundo, inclinad vuestra cabeza, capitan, y adoradle, puesto que os ha permitido llegar sano y salvo hasta estas apartadas regiones en medio de tantos peligros.

El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aumentó mi admiracion: prosternéme ante el altar, prosternáronse mis soldados, y únicamente el rey y sus magnates quedaron de pié, aunque en una actitud respetuosa, á un lado del templo.

Inmediatamente se celebró una misa; despues de ella el mas anciano de los sacerdotes, me dirigió una corta plática en que enaltecia el valor y la fe que me habian llevado á aquellas remotas regiones, para extender en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error á aquellos infelices idólatras.

Despues de esto, mi compañia se aposentó en las habitaciones que estaban alrededor del templo, desde las cuales dominaban á la poblacion, y Calpuc me llevó consigo á su casa, á cuya puerta despidió á sus magnates y en la que penetró solo conmigo.

Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran de cedro, y todo allí, con arreglo á las costumbres de los indios, era régio y maravilloso.

Calpuc me condujo por sí mismo, á través de muchos patios y habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba.

--Vais á entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa. Todo esto os parecerá extraño y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca de cuanto vais á ver y á oir.

Prometíselo, y entonces Calpuc oprimió un resorte oculto y nos encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de España: atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abrió una puerta, y me introdujo en una capilla ú oratorio á cuyo frente habia un altar y otro á cada costado.

En el del centro no habia imágen alguna, en el de la derecha se veia una imágen de talla de la Vírgen de los Dolores, y en el de la izquierda otra de San Juan Evangelista; á los piés del altar de la Vírgen habia arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi presencia y se dirigieron á una puerta situada á la izquierda del altar del centro.

--Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigiéndose á ellas: este caballero es mi amigo.

Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hácia nosotros, saludándome, una de ellas, con suma cortesanía. Necesité hacer un poderoso esfuerzo sobre mí mismo, para contener mi conmocion. La dama que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho años, maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla; era, en fin, doña Inés de Cárdenas, su hija.

La que la acompañaba y me habia parecido mujer por su estatura, era una niña como de nueve años, maravillosamente hermosa tambien; pero en cuyo semblante se veia el color dorado de la raza mejicana, los negrísimos ojos que son tan comunes entre las indias, y el cabello profuso, rizado y brillante, que tanto encanto presta á su hermosura. Doña Isabel me miraba con curiosidad, y su hija, que indudablemente lo era, puesto que habia heredado sus mismas formas, su misma hermosura, me miraba con un temor instintivo.

--¿Venís de España, caballero? me dijo doña Inés en excelente castellano.

--Hace un año señora, la contesté con la mayor naturalidad, que he atravesado la frontera del desierto por órden de su adelantado don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla.

Noté que doña Inés se ponia sumamente pálida, y que Calpuc plegaba levemente el entrecejo.

--Este caballero es nuestro huesped, dijo Calpuc á doña Inés, que me saludó de nuevo, me hizo algunos cumplidos y se retiró llevando la niña de la mano.

Quedamos solos Calpuc y yo.

--Necesitamos hablar á solas, me dijo, y comprendernos; tened la bondad de seguirme caballero.

Y por otra puerta, situada á la derecha del altar, me llevó, atravesando algunas habitaciones, á otra donde se encerró conmigo.

Noté que la disposicion de Calpuc hácia mí habia cambiado.

--Sentaos, me dijo, y cubrios capitan: estais enteramente en vuestra casa: quiero que me trateis con franqueza y que me respondais lisa y llanamente á lo que voy á preguntaros. ¿Cuánto tiempo hace que habeis atravesado la frontera?

--Un año poco mas ó menos, le contesté.

--¿Y decís que el adelantado de la frontera os ha mandado penetrar en el desierto donde nadie hasta vos se ha atrevido á entrar?

--Sí, señor, le contesté.

--¿Y cuáles eran las instrucciones que traiais? repuso mirándome fijamente.

--Las de reducir á la obediencia á los rebeldes que habian negado el vasallaje á S. M. el gran emperador nuestro amo.

--Estais en un error, capitan, y lo estaba el adelantado al llamar rebeldes á los moradores del desierto: esto no es exacto: los hombres que han preferido huir de las poblaciones conquistadas, para internarse en estas soledades, para venir á buscar estas otras poblaciones, desconocidas aun para los castellanos, no son rebeldes, porque ellos no han reconocido otros señores que los que á falta de Motezuma han defendido la libertad y la honra de los mejicanos: todo consiste en que en Méjico les queda aun mucho que conquistar á los españoles, en que en sus interminables soledades, en sus gigantescos bosques, en sus inmensas florestas, viven y vivirán siempre hombres, que prefieren la fatiga y la guerra á la paz de la servidumbre bajo la tiranía del conquistador. No nos llameis rebeldes, capitan; la rebeldía es un crímen de que no me siento capaz; si alguna vez Calpuc jura fidelidad al emperador don Carlos, será su mas fiel vasallo.

--En buen hora, contesté, que no seais rebelde; pero el emperador, mi amo, es bastante fuerte para conquistaros y os conquista: ya podeis juzgar: cien hombres solos han sido bastantes para penetrar hasta el interior del desierto y dictaros condiciones.

Yo habia aventurado mis últimas palabras para probar el temple de alma de Calpuc, y noté que las habia escuchado con un altivo desprecio: en vez de irritarle yo, el me habia irritado á mí.

--Lo que demuestra, dijo el anciano Yuzuf, interrumpiendo al capitan, que el rey de aquellas gentes valia infinitamente mas que tú.

--Líbrete Dios, emir, dijo profundamente el capitan, de verte frente á frente de Calpuc. Ese hombre tiene alma de demonio.

--No, yo creo que ese hombre tiene un alma valiente, que resiste con una fuerza prodigiosa á la adversidad; pero continúa, porque aunque he oido contar esa misma historia á Calpuc, quiero oir á entrambas partes; él te acusa de asesino y de bandido, y si yo no te protegiera...

Hizo un gesto de profundo desden Sedeño y exclamó:

--Calpuc vive porque le proteges tú, emir; pero continuemos, que tiempo tendrémos sobrado para llegar á ese asunto.

El aspecto de frialdad con que Calpuc habia contestado á mi arrogancia, arrogancia á que me daban derecho cien victorias conseguidas contra aquellos bárbaros, sin perder un solo hombre, me contrarió.

--Habeis llegado hasta aquí, capitan, me dijo, porque Dios lo ha querido; porque Dios castiga en nosotros los pecados de nuestros padres y su ciega idolatría; Dios os ha enviado, no como la luz que alumbra, sino como la espada que hiere: sois un azote al que ha prestado Dios la fuerza de su brazo, y triunfais; porque es necesario, porque es preciso que triunfeis: en una palabra, sois los verdugos de la justicia de Dios.

--Y sin duda para desarmar la cólera de Dios, le dije con intencion, os habeis convertido al cristianismo.

--Me he convertido al cristianismo porque Dios ha querido que me convierta, me contestó con la gravedad peculiar á los indios.

--¿Y por qué, si sois cristiano, resistis á las armas del emperador?

--¡Qué! ¿acaso vuestro emperador ha nacido para esclavizar al mundo entero? contestó con desden Calpuc.

--El gran emperador y rey don Carlos V es el monarca mas grande de la tierra.

--Su grandeza es un crímen continuado, contestó Calpuc; pero dejemos vanas disputas. ¿A qué habeis venido aquí?

--Ya os lo he dicho: á conquistar tierras á mi amo el emperador, y á extender la fe de Jesucristo.

--Por ahí debiais haber empezado; pero la fe de Jesucristo no se extiende por medio del incendio, de la matanza, de la impureza, del robo y de todo género de delitos: el que quiera extender la fe de Jesucristo debe de ser un apóstol y encadenar las almas por el ejemplo de su virtud y por la sabiduría de su palabra. Y si Dios os ha traido hasta estas remotas tierras, no ha sido por la gloria de su nombre; vosotros sois indignos de enaltecerla; os ha enviado como un castigo, y vosotros no peleais con el valor del leon, excitados por la fe, sino por la sed de oro; habeis llegado hasta aquí atraidos por la fama de la montaña dorada, y os habeis encontrado con una roca de cristal. Si vuestros soldados hubieran sabido esto, no hubieran sido tan audaces. Para encontrar botin en abundancia, no es necesario penetrar en el desierto; si en vez de estar la montaña dorada despues de esta ciudad, hubiese estado mas allá, no hubiéreis pasado adelante. Sea como quiera, ¿cuanto oro será necesario para que nos dejeis en paz?

--Todo el oro que teneis, todas las riquezas que atesorais pertenecen á mi amo el emperador, le contesté.

--En buen hora, dijo Calpuc; vuestro será el oro del templo; vuestras las riquezas que encierran las casas de la ciudad; pero no serán vuestros los tesoros ocultos por nosotros en las entrañas de la tierra; tesoros, en comparacion de los cuales, nada es cuanto habeis robado ó podeis robar, porque nosotros sabemos donde estan las minas de oro y los bancos de perlas y las rocas que encierran el diamante. Si vuestro objeto no es otro que el de acumular riquezas, hablad; poned precio á nuestra libertad, recibidlo y partid.

--Escuchad, le dije: hay un medio de conciliarlo todo: al entrar he visto una niña.

Púsose sumamente pálido Calpuc.

--Esa niña es mi hija, me contestó.

--Pues bien, dadme vuestra hija por esposa, y me quedo entre vosotros; os ayudo con mis invencibles soldados; fundamos un poderoso imperio al que no se atreveran á llegar los españoles y...

--¿Son esas vuestras últimas condiciones? dijo interrumpiéndome Calpuc.

--Decididamente.

--Pues bien, pensaré en ello. Entre tanto descansad; esta es vuestra habitacion; no extrañeis si no me veis en algun tiempo, porque acaso me lo impediran graves ocupaciones. Adios.

Y sin esperar mi contestacion se perdió tras un tapiz.

Para mí todo lo que habia visto y me habia maravillado, el trage castellano de Calpuc, la pureza con que hablaba el castellano, la existencia de tres sacerdotes católicos en un país de idólatras, estaba explicado desde el momento en que encontré en el palacio del rey del desierto á la hija del duque.

Ella sin duda le habia convertido, ella le habia enseñado el habla castellana; su apóstol y su maestro habia sido el amor.

Y nada tenia esto de extraño: doña Inés era una mujer bastante por sus encantos, por el poder de un no sé qué misterioso que se revelaba en ella, para convertir y enamorar á un dervís. Yo mismo comprendí que si doña Inés se empeñaba, á pesar de mis hábitos de bandido y de libertino, me convertiria.

Yo habia ido por ella sola al interior del desierto, porque nunca habia creido en la existencia de la montaña de oro, y porque, como decia muy bien Calpuc, para obtener grandes riquezas por medio del saqueo, no era necesario alejarse tanto de la frontera.

Yo habia buscado al terrible Calpuc con un puñado de valientes, porque tenia indicios de que si doña Inés vivia, debia estar en su poder.

La habia encontrado de una manera maravillosa; pero si bien la ambicion me habia impulsado hacia ella, el amor y un amor violento habia sustituido en mi alma el lugar de los pensamientos ambiciosos desde que la ví.

Mi demanda para esposa de la hija de Calpuc solo habia sido un pretexto para acercarme á doña Inés.

Sin embargo, una inquietud mortal me devoraba; habia cometido indudablemente una imprudencia en pronunciar ante Calpuc el nombre del duque de la Jarilla; Calpuc se habia mostrado receloso conmigo y era de temer que ocultase de tal modo á doña Inés que no pudiese dar con ella.

Sirviéronme de comer al uso de los naturales, en la habitacion que Calpuc me tenia designada, y despues de comer se me presentó un indio que hablaba medianamente el castellano, y me participó que su señor le enviaba, para que, si yo queria, me sirviese de guia y de intérprete en la ciudad.

Aproveché sus servicios, salí del palacio por un postigo que estaba muy cerca de mi habitacion, visité los alojamientos de mi tropa, á la que encontré dispuesta á todo, y recorrí despues la ciudad. Notaba que por todas partes se fijaban en mí miradas recelosas, que las mujeres se escondian á mi vista, y que los agoreros predicaban de una manera enérgica, á pesar de mi presencia, en el lenguaje bárbaro de los sacerdotes indios, en medio de una multitud cabizbaja y silenciosa.

Algunos de estos agoreros, señalaban con rabia la cruz que habia aparecido sobre el templo, y por sus gestos, y violentos ademanes, podia comprenderse que excitaban á los indios á la insurreccion.

Cuando ya cerca de la noche me volví al palacio de Calpuc, y entré en mi habitacion por el mismo postigo por donde habia salido, noté que la ciudad habia quedado entregada á una agitacion sorda y amenazadora.

Ya habia indicado yo á mis alféreces donde podrian encontrarme, y aunque mi situacion era aislada y peligrosa, me llenó de alegria la idea de que una acometida por parte de los indios, me autorizaria para obrar sobre la ciudad como sobre pais conquistado.

Inmediatamente que entré me sirvieron la cena.

Despues me dejaron solo.

No pasó mucho tiempo cuando percibí un ruido leve en una de las habitaciones inmediatas. Mi primer pensamiento fue la sospecha de que acaso pensaban sorprenderme y asesinarme, y á todo evento esperé de pie en medio de la cámara.

Poco despues se levantó el tapiz de una puerta y en vez de un asesino entró una niña. Una niña hermosa como un ángel.

La niña se puso sonriendo uno de sus pequeños dedos sobre su pequeñísima boca, y acercándose á mí me dijo con una hechicera confianza:

--Señor español, mi madre, que es española como vos, desea hablaros; pero para ello será necesario que me sigais sin hacer ruido; muy quedito y muy en silencio.