Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 19

Chapter 193,911 wordsPublic domain

--Pues bien; esperadle uno en la avenida, y cuando llegue con el viático, decidle que llame por esta puerta.

--Muy bien, poderoso señor.

--Ademas, id por una litera, y tenedla preparada: dos de vosotros entrad; dejad las capas, los sombreros y las armas, como si solo fueseis criados; encended las linternas del zaguan y de las escaleras, y esperad á que llame el walí Harum; los otros á sus puestos.

Yaye se volvió para adentro con los dos monfíes que hasta allí le habian acompañado, y por otra comunicacion, que habia descubierto al registrar la casa, con la cámara del capitan, abrió la puerta secreta y envió aquellos dos monfíes á su apostadero de la mina; luego, se encaminó á la cámara á que correspondia el dormitorio de la moribunda, y miró por la puerta entreabierta.

Estrella estaba inclinada sobre el lecho de su madre y sin duda lloraba.

En la casa, de que por tan completo se habia apoderado Yaye, dominaba un profundo silencio.

Yaye se retiró de la abertura de la puerta y se puso á pasear, profundamente pensativo, á lo largo de la cámara.

Lo que le acontecia era verdaderamente extraordinario.

Su corazon y su cabeza empezaban á no entenderse; sus ideas á embrollarse; recordaba á doña Isabel casada, viuda y vírgen, y esto hablaba á sus deseos; pero seguidamente recordaba á doña Elvira como un sueño de voluptuosidad, como una creacion fantástica, como una mujer divina, á quien habia pertenecido, en cuyos brazos habia apurado inefables delicias, sin recordar su pasado, sin sentir mas que el presente, cuando aun duraba la perturbacion de sus facultades á influjo de la dolencia; despues, y quemándole el corazon como un hierro candente, venia el recuerdo de la princesa mejicana, á quien habia visto por la primera vez de una manera casual, á quien de tan extraño modo, y por tan imprevisto camino habia encontrado de nuevo necesitada de su amparo, al lado de su madre moribunda... luego el poder misterioso, que, ya fuese por la situacion, ya por otra causa distinta, habian ejercido sobre él aquellas dos mujeres; la prediccion de la moribunda, el enlazamiento de sus manos, y aquella bendicion solemne; aquella especie de esponsales en las cuales ninguno de los dos jóvenes se habia obligado por una palabra; pero que estaba casi como aceptada, como consumada por aquel nervioso é involuntario estrechamiento de sus manos, en el acto de recibir la bendicion materna.

Yaye, pues, tenia razon para no saber qué hacer ni qué pensar: habia abandonado por fanatismo á Isabel, habia sido cruel con ella, habia dejado que se llevase á efecto su casamiento con Miguel Lopez. Por resultado de aquel casamiento habia caido él mismo, como herido por un rayo, y habia sido asesinado Miguel Lopez (porque Yaye no sabia otra cosa); entregado á una mujer que le amaba, á doña Elvira, habia llegado de una manera fatal hasta el adulterio, y por último, al verse libre por un acaso, habia caido en poder de otra mujer, con la cual podia decirse, ó al menos la exagerada sensibilidad de conciencia de Yaye se lo hacia creer, estaba moralmente casado; su padre lloraba desolado su pérdida; Abd-el-Gewar, su ayo, estaba igualmente aterrado por la ignorancia de su destino, y por último, influia en él su alta posicion de emir de un pueblo, aunque reducido, enérgico, indomable, valiente, sobre el cual estaban fijas las recelosas miradas del rey de España y de sus lugartenientes en Granada.

A pesar de esto, la virtud culminante de Yaye, la caridad, le retenia allí, en aquella cámara, como protector de dos mujeres tan desgraciadas como aquellas.

La imaginacion, pues, de Yaye, era un caos; una máquina de pensamientos contrarios, que fatigaban su cerebro y le lastimaban; pensamientos embrollados, de cuyo laberinto queria en vano salir; problemas difíciles, cuya resolucion se afanaba en vano por alcanzar; dificultades, contra las cuales gastaba en vano toda su actividad.

Abrióse la puerta de entrada de la cámara, y un monfí con todas las trazas de lacayo, dijo:

--Poderoso señor: el walí Harum y dos sacerdotes cristianos con los suyos me siguen.

--Adelante, adelante, dijo Yaye, despojándose de su gorra, á punto que se oyó la campanilla del viático y se inundó de luces la antecámara.

La puerta se abrió de par en par.

Un sacerdote revestido entró, llevando el copon en las manos; á su lado iba un monago, agitando una campanilla; tras este sacerdote venia otro, que llevaba entre sus manos el santo óleo, y luego un sacristan con una linterna.

El sacerdote que conducía el viático entró en el dormitorio.

Poco despues Estrella salió llorando, y se quedó de pié, en silencio, al lado de una mesa, junto á la cual, silencioso é impresionado, estaba Yaye; el sacerdote que llevaba consigo la extremauncion, quedó en la cámara con el sacristan y los acompañantes del viático.

Durante algun tiempo nada se oyó en el dormitorio; sin duda la moribunda estaba confesando; pero un cuarto de hora despues, se oyó dentro la campanilla. Estrella cayó de rodillas con las manos cruzadas sobre el pecho; los asistentes se arrodillaron á su vez, y Yaye se arrodilló lentamente, y, aunque musulman, rogó á Dios por la salvacion de la moribunda; los dos monfíes que habian quedado á la puerta, se arrodillaron tambien, imitando á su señor.

Y cuando todos estaban arrodillados, cuando todos oraban, cesó de repente la campanilla, se abrió la puerta, y el monago que habia penetrado con el sacerdote, dijo con su voz atiplada de niño de coro, y con la frialdad de quien está acostumbrado á tales situaciones:

--¡Señor licenciado Dávalos! ¡acudid, acudid pronto con la extremauncion, que la enferma se muere!

--¡Mi madre! exclamó Estrella, y dió algunos pasos hácia el dormitorio; pero se detuvo, vaciló, y cayó desmayada entre los brazos de Yaye.

* * * * *

* * * * *

Media hora despues, nadie quedaba en la casa del capitan Sedeño, á escepcion de un cadáver de mujer.

Yaye habia dado con sus monfíes un golpe de mano; habia trasladado, desmayada aun, en una litera, á Estrella, á la linda casa que le habia buscado Harum, y habia mandado retirar los monfíes del subterráneo de la casa del capitan y de la calle de San Gregorio. El criado de Alvaro de Sedeño, y las dos criadas, habian sido conducidos á la casa de Yaye, y encerrados en los sótanos.

Las huellas habian quedado borradas, y nadie hubiera creido que por aquella casa, donde solo quedaba la muerte, habian pasado los monfíes.

CAPITULO XIV.

En que se sabe por qué habia dejado su casa el capitan estropeado.

Retrocedamos un tanto á la madrugada del dia anterior, en que el capitan Sedeño habia salido de Granada en direccion á las Alpujarras.

Urgente debia ser el motivo que á ellas le llevaba, puesto que aguijaba su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si reventaria ó no.

Antes de llegar al Padul, entró en una venta, pronunció algunas palabras en árabe al oido del ventero, y le entregó el caballo; poco despues el ventero sacó otro caballo enjaezado con los arneses del primero, montó el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo hecho un hombre sano, y tomó de nuevo el camino, con toda la rapidez de que era capaz su nueva cabalgadura.

Cuatro veces mudó de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de la mañana, dejando á un lado la villa de Orgiva, tomó por la misma loma y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar á Yaye y Adb-el-Gewar.

Al llegar al bosque de pinos, lanzó un agudo silbido, y algunos monfíes adelantaron.

Mostróles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el walí que mandaba los monfíes, le hizo desmontar, le vendó los ojos, le prestó su brazo para servirle de guía y de apoyo, y llevando otro de los monfíes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron estrechos y pendientes senderos, bajaron á un profundo barranco, treparon por entre las breñas á una gigantesca cueva, y cuando estuvieron dentro, el walí se llevó una pequeña corneta á los labios y dejó oir un toque particular.

Poco despues se vió moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta de hierro, abierta tambien.

Entraron el walí, el alférez y el monfí que llevaba el caballo, y la puerta volvió á cerrarse.

Allí imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa luz: al pié de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia un monfí armado.

A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monfí que conducia el caballo torció por una de las galerías que á trechos se veian á derecha é izquierda, y el walí y el alferez, continuaron solos la mina adelante.

Al fin de ella llegaron á un ensanchamiento octógono de muros y bóveda árabe de ladrillo agramilado, á cuyo frente se veia una puerta ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos trages musulmanes. El walí que conducia al alférez habló algunas palabras con el walí de la guardia, é inmediatamente aquel abrió con una llave dorada la puerta, dando paso al walí y al capitan Sedeño.

La puerta volvió á cerrarse.

Entonces el walí quitó la venda al capitan.

Se encontraban ya en la parte maravillosa del alcázar subterráneo.

Era una magnífica galería sustentada por arcos calados sobre columnas de alabastro: bellísimas lámparas producian á través de sus velos de gasa una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veíanse de trecho en trecho, é inmóviles como estátuas, esclavos negros, vestidos de púrpura, y era por último, aquella galería, el magnífico ingreso de un alcazar admirable.

Siguieron adelante, atravesando galerías y cámaras, hasta llegar á una, en cuya puerta hizo esperar el walí á Sedeño.

Poco despues salió, y dijo al capitan:

--El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye-ebn-Al-Ahamar, emir de los monfíes de las Alpujarras, te espera.

Alvaro de Sedeño entró en una ostentosa cámara, y se despojó respetuosamente de la gorra.

En aquella cámara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla aunque magestuosamente vestido.

Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta á la cabeza, su caftan negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un patriarca de los antiguos tiempos.

Alvaro de Sedeño adelantó cojeando, y dijo á cierta distancia del anciano:

--Que Dios el Altísimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.

El anciano se detuvo, y miró de una manera profunda y severa á Sedeño.

--¿Qué quieres? le dijo.

--Vengo á verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.

--Siéntate, le dijo el anciano, señalándole un divan.

Sedeño se sentó: Yuzuf se sentó junto á él.

--¿Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el capitan.

--¿Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria á exponer su cabeza por satisfacer sus oidos?

--Puesto que nadie mas que tú puede escucharme, dijo el capitan, escúchame, emir.

Yuzuf tomó una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeño empezó de esta manera:

--Será preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, señor: necesito recordarte cosas que tú pareces haber olvidado.

Frunció el cano entrecejo Yuzuf.

--Nada tiene de extraño, que tú, en medio de los cuidados que te cercan, continuó el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para mis palabras.

--Al asunto, al asunto, Sedeño, dijo Yuzuf con impaciencia; graves pensamientos me ocupan, y solo me he prestado á escucharte, suponiendo que te traia á mí algun empeño de gran interés.

--Vuelvo á reclamar tu indulgencia, señor, y procuraré ser todo lo breve posible.

Hace cuarenta años, cabalmente los de la edad que tengo, que un matrimonio castellano, fue asesinado entre las breñas de las Alpujarras. El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa jóven de las montañas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada, llevaba entre sus brazos un niño. Aquel niño era yo. Los asesinos de mi padre, fueron los monfíes de las Alpujarras.

--Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como tú, que perseguia encarnizadamente á los monfíes, y por el cual muchos de ellos perecieron ahorcados en las plazas públicas.

--Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre....

--Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman á las moriscas, exclamó sombriamente Yuzuf.

--El delito de otro no disculpa el delito propio, contestó con energía Sedeño.

--Y sin embargo, tú eres un hombre cubierto de delitos.

--No importa eso. Yo extermino á mis enemigos cuando puedo, y procuro satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que tú, como todo el que se siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo á mi historia: el puñal de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del padre, ni ante la hermosura y las lágrimas de la madre, y que ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre, emir entonces de los monfíes.

Enviome misteriosamente á la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa, con este papel puesto entre mis ropas.

El alférez sacó una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y amarillento.

«Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ahí te dejamos al hijo del alférez Pedro de Sedeño, el cruel, á quien hemos dado muerte en castigo de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado al inocente, y te entregamos ese niño. Críale con esmero, para lo cual encontrarás todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. ¡Y ay de tí si ese niño no recibe la crianza de un hidalgo!--Los monfíes.»

--Ya ves que si mi padre hizo morir á los tuyos, cumpliendo estrictamente con la justicia, te aceptó por hijo.

--Yo he pagado en tí á tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo cristiano y honrado por el rey.

--Sígue, sígue, y concluye.

--Hace quince años, cuando yo tenia veinte y cinco, fuí acometido un dia en que me entretenia en cazar en la montaña, por un crecido número de monfíes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de mí, me vendaron los ojos, y asiéndome de un brazo, me condujeron á este mismo sitio. Entonces te conocí, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia encargado que velases por mí, y que cuando llegase á cierta edad, me propusieses si queria pertenecer á vuestro bando; yo sabia demasiado que todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que guardaba en mis bolsillos, pertenecian á un protector generoso y desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle; cuando entré en este subterráneo, cuando te ví delante de mí, todo lo que me rodeaba me deslumbró. Tú entonces, me revelaste la parte que yo ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espía entre los cristianos, y en cuanto estuviese á mi alcance y tú me exigieses. Yo era agradecido, á mas de agradecido ambicioso; sabia que mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo no sé si debí rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian teñido sus puñales en la sangre de mis padres; acaso debí preferir una vida oscura á las riquezas y al poder que de repente habias desplegado delante de mis ojos; pero, en fin, bien ó mal hecho, juré servirte y te he servido.

--Yo en cambio te he pagado espléndidamente: te compré una plaza de capitan...

--Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino y costa de Granada: tú tenias tus proyectos y yo te serví tan bien, te avisé tan á tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados cristianos, muertos por los monfíes en las profundas ramblas de las Alpujarras.

--Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeño.

--Es verdad, y no me quejo; pero déjame continuar. Decia, pues, que lo importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron á emplearme en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeño, Hernan Cortés, con un puñado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas allá de los mares. Decíase que en aquel imperio abundaban las perlas y las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una montaña de oro. Tú necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento á Méjico, á aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y las riquezas se encontraban por todas partes. Tú fuiste uno de los innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hácia las Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del mundo viejo. Tenias confianza en mí; te convenia un castellano conocido ya bajo las banderas del rey de España, mucho mejor que uno de tus walíes, para tus proyectos: entonces me compraste una compañía, por mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en las Alpujarras, y para ir á servir con ella en las Indias. Como el dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de las Alpujarras la gente: tú mismo escogiste entre los mas feroces, los mas valientes de tus monfíes, cien demonios que debian llevar la desolacion á Méjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce años que me embarqué con mi gente ó por mejor decir, con la tuya: en tres años que permanecí en Méjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron para las fatigas de la guerra, uno tras otro monfí, tornó á España trayendo para tí un tesoro.

--Es verdad.

--Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compañía del capitan Sedeño: desdichada la tribu del desierto que se oponia á su paso. Las cabañas eran incendiadas, los hombres pasados á cuchillo, las mujeres cautivadas, y si á algun cacique se concedia la vida, solo era á trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares, llegaban á España, y venian á sepultarse en tu subterraneo de las Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me debes mucho, y que tengo derecho á que me protejas.

--Y bien, ¿cuando te he negado mi proteccion?

--Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va á ser difícil obtenerla.

--Pide.

--Antes de llegar á mi peticion, es necesario que prosiga mi historia. Hace diez años, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del desierto mejicano, uno de los señores mas nobles, ricos y poderosos de España; se llamaba don Juan de Cárdenas, y era grande de España, bajo el titulo de duque de la Jarilla. Travé conocimiento con él, por razon de hallarme con mi compañía sobre la frontera, y muy pronto nuestro conocimiento se trocó en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente á su mesa, y era recibido por él en lo mas reservado, y allí donde no entraban otras personas que su servidumbre.

En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro, pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnífico marco, estaba cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llamó extraordinariamente mi atencion desde el momento en que reparé en ella; al fin un dia, sin meditar si era ó no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunté al duque la razon por la cual estaba tan lúgubremente velado aquel cuadro.

Los ojos del duque se llenaron de lágrimas.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que me devora.

Y levantándose, descorrió el tapiz y me dejó ver el retrato de una dama como de diez y seis años, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme.

--Esa, era, me dijo, doña Inés, mi hija única.

--¡Ha muerto! exclamé con sentimiento; porque me habia interesado sobremanera aquel retrato.

--Si, debe de haber muerto, me contestó. Me la arrebataron los idólatras en una sorpresa hace doce años; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habrá preferido la muerte á la deshonra.

El duque volvió á correr el tapiz, se enjugó las lágrimas, y yo me abstuve de hablar mas sobre aquel asunto.

Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el deseo que me habia inspirado doña Inés de Cárdenas, como la ambicion de llegar á ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me impulsó á una empresa difícil, arriesgada, en la cual se podian contar cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia en penetrar en aquellos desiertos erizados de montañas; en aquellas interminables sábanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura, que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabías, que cubren con su sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad á su rey, al terrible Calpuc, y si vivia doña Isabel arrebatársela. Este era un proyecto que por su grandeza halagaba á mi orgullo, y para el cual solo contaba con el indomable valor de los cien monfíes que formaban mi compañía de arcabuceros.

Una mañana al amanecer, sin avisar á nadie, sin pedir licencia al Adelantado, sin decir á mi gente adonde la conducia, pasé con ella la frontera y me interné en el desierto.

Cruzábanse cada dia á mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos acometian, y cada combate empeñado era para nosotros un triunfo fácil, al que nos llevaban, la codicia á mis soldados, á mí mi ambicioso empeño: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaña, ya en centro de una pradera, ya en las entrañas de las selvas, eran arrasadas é incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los esclavos á quienes dejábamos la vida para que condujesen las riquezas que arrebatábamos á los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con el peso del oro y de las piedras preciosas.

Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino de fuego; de en medio de aquel círculo inflamado, salian con la rabia de la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios: nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrábamos sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, ébrios de riquezas y de sangre. Habíamos atravesado ya inmensas praderas, profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de atravesar una barrera de montañas, en una extensa comarca extremadamente fértil y deleitosa; al bajar por las montañas habiamos visto inmensas poblaciones, en medio de las fértiles vegas, y acá y allá antiguos monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de años que estaba poblada.

Aquella era una provincia no descubierta aun por los españoles, porque nadie se habia atrevido á penetrar donde nosotros habiamos penetrado.

En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su verdor, sus corrientes y sus árboles, descubrimos un objeto que nos hizo arrojar un grito de insensata alegría; era un montaña que relucia á los rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa montaña de oro, que habia llevado á tantos ambiciosos á la Nueva España.