Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 65

Chapter 653,910 wordsPublic domain

--Señor barón, dignaos escucharme. Hay en América, en un país por el lado de Panamá, un pueblo que se llama la Joya. Este pueblo se compone de una sola casa. Esta gran casa consta de tres pisos, y está edificada con adobes secados al sol; cada fachada del cuadrado tiene quinientos pies de largo, y cada piso entra adentro doce pies sobre el piso inferior para dejar delante de sí una azotea que da la vuelta al edificio; hay en el centro un patio, donde se encuentran los víveres y las municiones; en lugar de ventanas, troneras; en lugar de puerta, escalas; escalas para subir del suelo á la primera azotea, y de ésta á la segunda, y de la segunda á la tercera; escalas para bajar al patio interior; en vez de puertas en los cuartos, trampas; en vez de escaleras á las habitaciones, escalas; por la noche se cierran las trampas, se retiran las escalas, asoman trabucos y carabinas por las troneras, y no queda medio alguno de entrar; de día casa, de noche ciudadela; ochocientos habitantes: tal es este pueblo.

«¿Por qué tantas precauciones? Porque el país es peligroso, porque está lleno de antropófagos. Entonces ¿por qué van á él? Porque es un país maravilloso. Allí se encuentra oro».

--¿Y adónde vais á parar contando eso?--interrumpió Mario, quien de la contrariedad pasaba á la impaciencia.

--Á esto, señor barón. Yo soy un antiguo diplomático fatigado. La civilización antigua me clava sus dientes, y quiero probar cómo se pasa la vida entre salvajes.

--¿Y luego?

--Señor barón, el egoísmo es la ley del mundo. La aldeana proletaria que trabaja á jornal, vuelve la cabeza cuando pasa la diligencia; la aldeana propietaria que cultiva su campo, no la mira siquiera. El perro del pobre ladra tras el rico; el perro del rico ladra tras el pobre. Cada cual para sí. El interés: tal es el objeto de los hombres. El oro: tal es su imán.

--¿Qué más? acabad.

--Quisiera ir á establecerme á Joya. Somos tres; tengo mi esposa y una hija soltera, niña lindísima. El viaje es largo y costoso, y necesito algún dinero.

--¿Y qué tengo yo que ver en ello?--preguntó Mario.

El desconocido sacó el cuello fuera de la corbata, ademán natural de los buitres y replicó sonriendo de nuevo:

--¿No habéis leído mi carta, señor barón?

Había algo de verdad en ello. El hecho es que el contenido del escrito había pasado desapercibido para Mario. Se había fijado sólo en la letra, sin atender á la carta. Apenas recordaba lo que decía. Pero hacía un momento había despertado en él cierta idea, al oir esta frase: «Mi esposa y una hija soltera».

Tenía clavada sobre el desconocido su mirada penetrante. Un juez no habría escudriñado mejor á un reo. Casi casi le espiaba. Limitóse á responder:

--Sed explícito.

El desconocido metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, irguió la cabeza sin enderezar la espina dorsal, pero examinando por su parte á Mario con la mirada verde de sus anteojos.

--Vaya, pues, señor barón, seré explícito. Tengo un secreto que venderos.

--¿Un secreto?

--Un secreto.

--¿Que me concierne?

--Un poco.

--¿Qué secreto es éste?

Mario continuaba examinando más y más al individuo mientras le escuchaba.

--Empiezo gratis,--dijo el desconocido.--Vais á ver cómo es interesante lo que digo.

--Hablad.

--Señor barón, tenéis un ladrón y un asesino en vuestra casa.

Mario se estremeció y dijo:

--¿En mi casa? No.

El desconocido, imperturbable, pasó el codo por la superficie del sombrero, y continuó:

--Asesino y ladrón. Advertid, señor mío, que no hablo de hechos antiguos, atrasados, caducos, que pueden ser borrados por la prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de hechos recientes, de hechos presentes, de hechos ignorados aún de la justicia.--Y continuó:--Este hombre ha penetrado en vuestra confianza y casi en vuestra familia, bajo un nombre falso. Voy á decir su nombre verdadero, y á decíroslo de balde.

--Ya escucho.

--Se llama Juan Valjean.

--Lo sé.

--Voy á deciros, también de balde, quien él es.

--Decid.

--Un antiguo presidiario.

--Lo sé.

--Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.

--No. Lo sabía ya.

El tono frío de Mario, su doble réplica de _lo sé_, su laconismo refractario al diálogo, despertaron en el desconocido cierta cólera sorda. Asestó á Mario, á hurtadillas, una mirada furiosa, que se apagó enseguida; pero por rápida que fuese, era una de aquellas miradas que se reconocen cuando se las ha visto una vez; no se le escapó á Mario. Ciertas llamaradas no pueden saltar sino de ciertas almas; la pupila, ese respiradero del pensamiento, las arroja fuera, y no las encubren los anteojos; ¡ponedle un cristal á la boca del infierno!

El desconocido prosiguió, sonriendo:

--No me permitiré desmentir al señor barón. En todo caso, debéis apreciar que estoy bien enterado. Ahora, lo que voy á comunicaros, únicamente lo sé yo, yo solo, é interesa á los bienes de la señora baronesa. Es un secreto extraordinario, y que está en venta. Os lo ofrezco antes que á nadie. Barato: veinte mil francos.

--Conozco ese secreto, como conozco los demás,--dijo Mario.

El personaje conoció la necesidad de rebajar algo de su precio.

--Señor barón, dadme diez mil francos y hablo.

--Os repito que no tenéis nada que revelarme. Sé lo que me queréis revelar.

Los ojos de aquel hombre despidieron un nuevo relámpago. Luego exclamó:

--Es indispensable, sin embargo, que coma hoy. Os digo que es un secreto extraordinario. Señor barón, voy á hablar. Hablo. Dadme veinte francos.

Mario se le quedó mirando.

--Conozco vuestro secreto extraordinario; y como sabía el nombre de Juan Valjean, sé también vuestro nombre.

--¿Mi nombre?

--Sí.

--No es difícil, señor barón. He tenido el honor de escribiros y decíroslo. Thénard.

--...dier.

--¿Cómo?

--Thénardier.

--¿Quién decís?...

Como se eriza en el peligro el puerco-espín, se hace el muerto el escarabajo, y la guardia veterana se forma en cuadro, aquel hombre se echó á reir.

Después sacudió de un papirotazo una mota de polvo sobre la manga de su frac.

Mario continuó:

--Sois igualmente el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta Genflot, el español Álvarez y la señora Balizard.

--¿La señora qué?

--Y habéis tenido un tabernucho en Montfermeil.

--¡Un tabernucho! Jamás.

--Yo os digo que sois Thénardier.

--Lo niego.

--Y que sois un miserable. Tomad.

Mario sacó de su bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó á la cara.

--¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!

Y el hombre, admirado, saludaba, cogiendo el billete, y examinándolo.

--¡Quinientos francos!--repetía absorto, y balbuceó á media voz:--¡Un cucurucho de veras!

Luego exclamó bruscamente:

--Pues bien, sea. Afuera estorbos.

Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás el pelo, arrancándose los anteojos, sacando de la nariz y escamoteando los dos cañoncitos de pluma de que hemos hablado, y que figuran también en otra página de este libro, quitóse el rostro como se quita cualquiera el sombrero.

Sus ojos se inflamaron; la frente, desigual, surcada, abultada á trechos, atrozmente arrugada por lo alto, se mostró al descubierto; la nariz volvió á ser aguda como pico de ave; y reapareció el perfil feroz y sagaz del hombre de rapiña.

--El señor barón es infalible,--dijo con voz clara y sin ganguear ya;--soy Thénardier.

Y enderezó su corcovada espalda.

Thénardier, pues, era él en efecto, se había quedado singularmente sorprendido, y hasta se hubiese turbado, á ser de ello capaz.

Quiso producir asombro, y era él quien se asombraba de verse descubierto. Pagábanle aquella humillación con quinientos francos, y la aceptaba á todo evento; pero no por eso dejaba de estar menos aturdido.

Veía por primera vez á aquel barón de Pontmercy y á pesar de su disfraz, este barón le reconocía y le conocía á fondo. Y no sólo estaba aquel barón enterado de la historia de Thénardier, sino que parecía estarlo también de la de Juan Valjean. ¿Quién era, pues, aquel joven, casi imberbe, tan glacial y generoso, que sabía los nombres de las gentes, que sabía todos sus nombres, que les abría su bolsillo, que desconcertaba á los bribones como un juez, y los pagaba como un imbécil?

Thénardier, como sabemos, aunque vecino un tiempo de Mario, no le había visto nunca, cosa frecuente en París; había, sí, oído vagamente hablar á sus hijas de un joven muy pobre, llamado Mario que vivía en la casa, y á quien escribió, sin conocerle, la carta de que está ya enterado el lector.

Ninguna relación podía existir en su mente entre aquel Mario y el barón de Pontmercy.

Y en cuanto al nombre de Pontmercy, recuérdese que en el campo de batalla de Waterloo no había entendido más que las dos últimas sílabas, respecto á las cuales había siempre conservado el legítimo desdén que se tiene á lo que no pasa de ser una mera acción de agradecimiento.

Por lo demás, su hija Azelma, á quien encargó buscase la pista de los novios del 16 de febrero, y sus propias investigaciones personales, le habían hecho conocer muchas cosas, y desde su fondo de tinieblas había logrado coger más de un hilo misterioso. Á fuerza de industria consiguió descubrir, ó por lo menos adivinar por inducciones, quién era el hombre que había encontrado cierto día en la Gran Cloaca. Del hombre le costó poco trabajo llegar al nombre.

Sabía que la baronesa de Pontmercy era Cosette, pero, en este punto se proponía ser discreto; porque ¿quién era Cosette? Ni él mismo lo sabía con certeza. Entreveía algún nacimiento bastardo: la historia de Fantina le había parecido siempre ambigua, pero ¿qué sacaría hablando? ¿Hacer que le pagasen su silencio?

Él tenía ó creía tener algo en venta que valía mucho más; y según todas las apariencias, aquello de ir á decir al barón de Pontmercy, sin el apoyo de la menor prueba: «_Vuestra esposa es bastarda_», no había de traer otro resultado que la punta de la bota del marido sobre los riñones del indiscreto revelador.

En la imaginación de Thénardier, su conversación con Mario no estaba empezada todavía. Había tenido que retroceder, que modificar su estrategia, dejar una posición, cambiar de frente; pero nada esencial se hallaba aún comprometido; y tenía ya quinientos francos en el bolsillo. Además, tenía algo decisivo que decir, y aun contra aquel barón de Pontmercy, tan bien enterado y tan bien armado, se sentía con bríos. Para hombres del temperamento de Thénardier, todo diálogo es un combate.

¿Cuál era su situación en el duelo que iba á empeñarse? No sabía á quién hablaba, pero sí sabía de lo que él hablaba. Pasó así rápidamente esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho: _Yo soy Thénardier_, quedó esperando.

Mario estaba también pensativo. Al fin tenía delante de sí á Thénardier, al hombre que tanto había deseado encontrar; y podía, por lo tanto, hacer cumplido honor á la recomendación del coronel Pontmercy.

Humillábale que aquel héroe debiera algo á aquel bandido, y que la letra de cambio girada contra él desde el fondo de la tumba por su padre, estuviese todavía en descubierto. Imaginaba también, en la situación compleja de su espíritu respecto á Thénardier, que se le presentaba la coyuntura de vengar al coronel de la desgracia de haber sido salvado por semejante tuno. De todos modos, estaba satisfecho; por fin, iba á librar de tan indigno acreedor á la sombra del coronel, y parecíale que iba á librar también de la prisión, por deudas, la memoria de su padre.

Al lado de este deber había otro; el de averiguar, si era posible, el origen de la fortuna de Cosette. La ocasión parecía brindársele. Tal vez Thénardier supiese algo. Tal vez fuese útil sondear el interior de aquel hombre.

Por ahí comenzó.

Thénardier, después de guardarse en el bolsillo el «cucurucho de veras», miraba á Mario con una dulzura casi tierna.

Mario rompió el silencio.

--Thénardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, este vuestro secreto que veníais á revelarme, ¿queréis que os lo diga? Yo tengo también mis noticias, y vais á ver que estoy mejor enterado que vos. Juan Valjean, como habéis dicho, es asesino y ladrón. Es ladrón porque robó á un rico fabricante, siendo la causa de su ruina, al señor Magdalena. Es asesino, porque dió muerte al agente de policía Javert.

--No comprendo señor barón,--dijo Thénardier.

--Yo haré que me comprendáis. Oíd. Vivía en un distrito del Paso de Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido algo que ver antiguamente con la justicia, y el cual, bajo el nombre de Magdalena, se había elevado y rehabilitado. Este hombre era un justo en toda la extensión de la palabra.

«Con una industria, la fabricación de abalorios negros, labró la fortuna de todo un pueblo. Por su parte, aunque secundariamente, y en cierto modo por casualidad, reunió también una riqueza considerable. Era el padre de los pobres. Fundaba hospitales, abría escuelas, visitaba los enfermos, dotaba á las jóvenes, sostenía á las viudas, adoptaba á los huérfanos: era una especie de tutor del país. Se negó á admitir una cruz, y le nombraron alcalde. Un presidiario cumplido estaba en el secreto de cierta condena en que había incurrido en otro tiempo aquel hombre; le denunció, fué causa de que le prendiesen, y se aprovechó de su prisión para venir á París y hacer que el banquero Laffite (lo sé por el mismo cajero) le entregase, en virtud de una firma falsificada, una suma de más de medio millón de francos, que pertenecía al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor Magdalena es Juan Valjean. En cuanto al otro hecho, nada tenéis que decirme que yo no sepa. Juan Valjean mató al agente Javert de un pistoletazo. Yo, que os estoy hablando, estaba allí presente».

Thénardier miró á Mario con ese ademán soberano del hombre derrotado que se repone para conseguir la victoria, y vuelve á ganar en un minuto todo el terreno perdido.

Mas no tardó en reaparecer su sonrisa; el inferior respecto al superior debe disimular modestamente el triunfo.

Thénardier se limitó á decir á Mario:

--Señor barón, nos hemos extraviado.

Y apoyó esta frase, haciendo girar con un expresivo molinete los pendientes del supuesto reloj.

--¡Cómo!--repuso Mario.--¿Lo dudáis? Se trata de hechos.

--Ó de quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone el deber de decírselo así. Ante todo, la verdad y la justicia. No me gusta ver que se acuse á nadie injustamente. Señor barón, Juan Valjean no ha robado al señor Magdalena, ni Juan Valjean ha matado á Javert.

--¡Mucho asegurar es ello! ¿Y cómo no?

--Por dos razones.

--¿Cuáles? hablad.

--He aquí la primera: no ha robado al señor Magdalena, puesto que el señor Magdalena es el mismísimo Juan Valjean.

--¿Qué estáis diciendo?

--Y segunda: no ha asesinado á Javert, puesto que quien mató á Javert, es Javert mismo.

--¿Qué queréis decir?

--Que Javert se suicidó.

--¡Probádmelo! ¡Probádmelo!--gritó Mario fuera de sí.

Thénardier repitió, midiendo su frase á la manera de los antiguos alejandrinos:

--El agente de policía Javert fué encontrado ahogado debajo de una banca en el Pont au change.

--¡Pero, probádmelo!

Thénardier sacó del bolsillo del pecho un gran rollo de papel gris que parecía contener varios pliegos doblados de diferentes tamaños.

--Tengo mi expediente en regla,--dijo con calma.

Y añadió:

--Señor barón, en interés vuestro, he tratado de conocer á fondo á Juan Valjean. Repito que Juan Valjean y el señor Magdalena son un hombre mismo, y que Javert no tuvo otro asesino que Javert; y cuando así os lo digo, es porque tengo pruebas. No pruebas manuscritas; lo escrito es sospechoso, lo escrito es complaciente, sino pruebas impresas.

Y así diciendo, entresacaba Thénardier de su legajo dos números de periódicos ya amarillos, ajados y oliendo fuertemente á tabaco.

Uno de aquellos números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose en pedazos cuadrados, parecía mucho más antiguo que el otro.

--Dos hechos, dos pruebas,--dijo Thénardier.

Y alargó á Mario los dos periódicos desdoblados.

El lector los conoce ya. Uno, el más antiguo, era un número de la _Bandera Blanca_ del 25 de julio de 1823, cuyo texto ha podido verse en la segunda parte de este libro, el cual establecía la identidad de Magdalena y Juan Valjean.

Era el otro periódico un _Monitor_ del 15 de julio de 1832, en que constaba el suicidio de Javert, añadiendo que resultaba de un informe verbal del mismo Javert al prefecto, que, hecho prisionero en la barricada de la calle de la Chanvrerie, había debido la vida á la magnanimidad de un insurrecto que, teniéndole bajo su pistola, en vez de levantarle la tapa de los sesos, había disparado al aire.

Mario leyó.

Había allí evidencia, certeza perfecta, prueba irrefragable; aquellos dos periódicos no se habían impreso expresamente para apoyar los asertos de Thénardier; la nota publicada en el _Monitor_ había sido comunicada oficialmente por la prefectura de policía. Mario no podía dudar.

Las noticias del dependiente de Laffitte eran falsas, y él, él mismo se había equivocado.

Juan Valjean, engrandecido de súbito, salía de la nube. Mario no pudo contener un grito de alegría.

--¡Entonces ese desgraciado es un hombre admirable! ¡Entonces ese caudal era verdaderamente suyo! ¡Es Magdalena, la providencia de toda una comarca! ¡Es Juan Valjean, el salvador de Javert! ¡Es un héroe! ¡Es un santo!

--Ni héroe ni santo,--contestó Thénardier,--sino asesino y ladrón.

Añadiendo con el tono del que empieza á sentirse con cierta autoridad:

--Procedamos con calma.

Ladrón, asesino; estas palabras que Mario creía desaparecidas, y que surgían de nuevo, cayeron sobre él como una ducha de nieve.

--¡Todavía!--exclamó.

--Siempre,--contestó Thénardier.--Juan Valjean no robó á Magdalena, pero es un ladrón; no ha muerto á Javert, pero es un asesino.

--¿Habláis acaso--repuso Mario,--de aquel miserable robo de hace cuarenta años, expiado, como resulta de estos mismos periódicos, por toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?

--Digo asesinato y robo, señor barón, y repito que hablo de hechos recientes. Lo que tengo que revelaros, absolutamente desconocido, es inédito. Y quizá encontréis en ello el origen del caudal hábilmente ofrecido por Juan Valjean á la señora baronesa. Digo hábilmente, porque no prueba torpeza de parte suya eso de introducirse, por medio de semejante donativo, en una casa respetable, participando de sus comodidades, y al propio tiempo ocultar su crimen, disfrutar de lo robado, encubrir su nombre y crearse una familia.

--Pudiera interrumpiros,--observó Mario;--pero continuad.

--Señor barón, voy á decirlo todo, dejando la recompensa á vuestra generosidad. Este secreto vale oro macizo. Vos me diréis, ¿por qué no te has dirigido á Juan Valjean? Por una razón muy sencilla. Sé que se ha desapropiado... y desapropiado en favor vuestro, combinación que me parece ingeniosa; pero ya no posee un sueldo, y él me enseñaría sus manos vacías; y como necesito algún dinero para emprender mi viaje á Joya, os prefiero á vos que lo tenéis todo, á él que nada vale ya. Estoy algo fatigado, permitidme que tome una silla.

Mario se sentó y le indicó que podía sentarse.

Thénardier se arrellanó en una silla de tapicería, recogió los dos periódicos, los envolvió en el rollo, y marcando con la uña la _Bandera Blanca_, dijo á media voz:

--¡Éste sí que me ha costado trabajo de encontrar!

Cruzó luego ambas piernas y se arrellanó de espaldas, en actitud propia del que se cree seguro de lo que dice. Entrando luego en materia, continuó gravemente y acentuando la frase:

--Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace apenas un año, el día del motín, se encontraba un hombre en la Gran Cloaca de París, por el lado donde la alcantarilla desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y el de los Inválidos.

Mario acercó bruscamente su silla á la de Thénardier. Éste notó el movimiento, y continuó con la lentitud de un orador que es dueño de su auditorio, y que siente las palpitaciones del adversario á cada una de sus palabras.

--Ese hombre, á fuerza de esconderse, por razones ajenas á la política, había elegido la alcantarilla por domicilio, y tenía una llave de la reja.

Era, repito, el 6 de junio; podían ser como las ocho de la tarde. El hombre oyó ruido en la alcantarilla; por lo que, muy sorprendido, se acurrucó poniéndose á espiar. Era ruido de pasos; alguien caminaba por entre las tinieblas, adelantándose hacia aquel lado. Cosa extraña: haber otro que él en la alcantarilla. La reja de salida no estaba lejos, y la escasa luz que entraba por ella le permitió reconocer al recién venido, y ver que llevaba algo á cuestas. Andaba casi doblado. Y aquel hombre que de aquel modo caminaba encorvado, era un antiguo presidiario, y lo que llevaba sobre sus hombros era un cadáver. Flagrante delito de asesinato, si le hubo jamás.

«En cuanto al robo, el mismo hecho lo estaba diciendo; no se mata de balde á ningún hombre.

«El presidiario iba á arrojar aquel cadáver al río. Conviene advertir que, antes de llegar á la reja de salida, el presidiario, que venía de lejos por lo interior de la alcantarilla, debió forzosamente tropezar con un hundimiento espantoso, donde parece que hubiera podido dejar el cadáver; pero al día siguiente los poceros, trabajando en aquel hundimiento, habrían descubierto al hombre asesinado; lo cual no entraba sin duda en los cálculos del asesino. Prefirió atravesar el cenagal con su carga, y sus esfuerzos debieron ser horrorosos. Es imposible arriesgar más por completo la vida; no comprendo como acertó á salir de allí vivo».

La silla de Mario se acercó más aún, y Thénardier aprovechó este segundo movimiento para respirar á sus anchas. Luego prosiguió:

--Señor barón, una alcantarilla no es el Campo de Marte. Allí todo falta, hasta sitio. Así es que cuando la ocupan dos hombres, es preciso que se encuentren. Esto fué lo que sucedió.

«El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse los buenos días, sin ganas por parte de uno ni otro. El transeúnte dijo al domiciliado: '_Ves lo que llevo á cuestas, es preciso que salga de aquí; tienes la llave, dámela_'. El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas, y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; más sólo pudo averiguar que era joven, de buena apostura, aire de persona rica, y que estaba completamente desfigurado por la sangre. Y así hablando, halló medio de desgarrar y arrancar, sin que lo advirtiese el asesino, un pedazo de faldón de la levita del hombre asesinado. Pieza de convicción, ¿entendéis? medio para descubrir la pista y probarle al criminal su crimen. Guardóse en el bolsillo la pieza de convicción; después de lo cual abrió la reja, dejó salir al presidiario con su estorbo á cuestas, volvió á cerrar la reja y se puso en salvo, no cuidando de seguir el desenlace de la aventura, y sobre todo no queriendo estar allí cuando el asesino arrojase al asesinado al río.

«¿Me comprendéis ahora? el que llevaba el cadáver era Juan Valjean, el que tenía la llave os está hablando en este momento; y el pedazo de levita...».

Thénardier acabó la frase sacando del bolsillo y sosteniendo á la altura de los ojos, cogido entre sus dos pulgares y sus dos índices, un girón de paño negro rasgado, y lleno de manchas obscuras.

Levantóse Mario, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de aquel harapo, retrocedió hacia la pared, con la mano derecha extendida detrás de sí, buscando á tientas una llave puesta en la cerradura de una alacena, cerca de la chimenea.

Encontró la llave, abrió la alacena é introdujo el brazo sin volver el rostro ni separar su pupila asustada, del harapo que Thénardier tenía desplegado.

Sin embargo, Thénardier continuó diciendo:

--Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven asesinado era un extranjero opulento, atraído por Juan Valjean á una emboscada, y portador de una suma enorme.