Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 64

Chapter 643,972 wordsPublic domain

Un día se quedó en la esquina de la calle de Sainte Cathérine, y desde allí miró á la de las Hijas del Calvario. Después movió silenciosamente la cabeza de derecha á izquierda, como si se negase algo á sí mismo, y retrocedió sobre sus propios pasos.

Poco después dejó de llegar siquiera hasta la calle de San Luis. En la calle Pavée sacudía la cabeza y se volvía. Después no iba ya más allá de la de Trois Pavillons; después no pasó de la de Blancs Manteaux. Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van disminuyendo hasta que por fin se para.

Diariamente salía de su casa á la misma hora, emprendía el mismo camino, pero no lo acababa ya; y tal vez, sin darse cuenta de ello, le iba acortando paulatinamente, acortando sin cesar. Su semblante expresaba en todo esta única idea. ¿Para qué?

La pupila se había apagado; ya no brillaba. Las lágrimas también se habían agotado; no se acumulaban ya en el ángulo de los párpados; aquellos ojos pensativos estaban secos. El anciano estiraba siempre la cabeza hacia adelante; la barba solía moverse; daba pena de ver las arrugas de su enflaquecido cuello.

Algunas veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba bajo el brazo un paraguas, que no abría.

Las buenas mujeres del barrio exclamaban: «Es un infeliz». Los muchachos le seguían riéndose.

LIBRO NOVENO SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA

I =Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos=

¡Es la felicidad una cosa terrible! ¡Cómo se contenta uno! ¡Cuán bastante se la considera! ¡Cómo, estando en posesión del falso objeto de la vida, la felicidad, se olvida el verdadero objeto, el deber!

Digámoslo, sin embargo: sería un error el acusar á Mario.

Mario, como hemos dicho, antes de casarse, no había hecho ninguna pregunta al señor Fauchelvent, y después temió hacérsela también á Juan Valjean. Pesóle la promesa á que se dejó arrastrar, y acusóse repetidas veces de haber otorgado aquella concesión al desesperado. Limitóse, pues, á alejar poco á poco de su casa á Juan Valjean, y á borrar, en lo posible, su recuerdo del alma de Cosette. Procuró, en cierto modo, colocarse siempre entre Cosette y Juan Valjean, seguro que de esa suerte, no percibiéndole ella, dejaría de pensar en él. Era más que la desaparición, era el eclipse.

Mario hacía lo que creía necesario y justo. Suponía que para alejar á Juan Valjean, sin dureza, pero también sin debilidad, le asistían poderosas razones como las que se han visto, y otras además que luego se verán.

La casualidad le puso en contacto, durante los trámites de un pleito que había defendido, con un antiguo empleado en la casa de Laffite, y adquirió, sin buscarlas, misteriosas noticias, las cuales no pudo, en verdad, profundizar por respeto mismo al secreto que se le había confiado y la peligrosa situación de la persona de Juan Valjean. Creía en aquella coyuntura, tener un grave deber que cumplir: la restitución de los seiscientos mil francos á alguien, que él se ocupaba en buscar lo más discretamente posible. Entre tanto, se abstenía de tocar para nada aquel dinero.

Cosette no estaba en tales interioridades; pero sería duro condenarla también.

Existía de Mario á ella una poderosa corriente magnética, que la obligaba á ejecutar como por instinto y casi maquinalmente los deseos de Mario.

Sentía, con referencia al «señor Juan», un deseo de Mario, y se conformaba con él. Su marido no necesitaba decirle nada; ella sufría la presión vaga, pero clara, de sus intenciones tácitas, y obedecía ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de lo que Mario olvidaba, y hacíalo sin el menor esfuerzo. Ignorando ella misma por qué, y sin que deba acusársela por ello, su alma se había hasta tal punto confundido con la de su marido, que lo que se cubría de sombra en el pensamiento de Mario, obscurecíase también en el de Cosette.

No vayamos demasiado lejos, sin embargo; en lo que concierne á Juan Valjean, aquel olvido, aquella extinción, no eran sino superficiales. Cosette estaba más bien aturdida que olvidada. En el fondo, amaba ella mucho á aquel á quien por tanto tiempo había llamado padre; pero amaba más á su marido. Esto era lo que había falseado algo la balanza de su corazón, inclinado á un lado solamente.

Acontecía á veces que Cosette hablaba de Juan Valjean como admirándose de no verle volver, y Mario la tranquilizaba, diciendo: «Está ausente, supongo. ¿No dijo que iba á emprender un viaje? Cierto, pensaba Cosette. Tal era su costumbre de desaparecer así, pero nunca por tanto tiempo». Dos ó tres veces envió á Nicolasita á la calle del Hombre-Armado, á informarse de si el señor Juan había vuelto de su viaje; y Juan Valjean hizo que se respondiese que no.

Cosette no inquirió ya más; pues para ella en la tierra no había ya sino una necesidad, Mario.

Debemos decir por otra parte, que Mario y Cosette habían estado también ausentes. Habían ido á Vernón. Mario había llevado á Cosette á visitar el sepulcro de su padre.

Mario había sustraído poco á poco de su esposa á Juan Valjean; y Cosette se había dejado llevar por él.

Además, eso que muchos llaman con harta dureza, en ciertos casos, ingratitud de los hijos, no es siempre tan reprochable como se cree. Es la ingratitud de la naturaleza. La naturaleza, ya lo hemos dicho, «mira hacia delante». La naturaleza divide á los vivos y venidos. Los que se van dirígense á la sombra, y á la luz de los que vienen. De ahí cierto desvío que es, por parte de los viejos, fatal, y la de los jóvenes involuntario. Este desvío, insensible al principio, se aumenta lentamente como á toda separación de ramas, que, sin desprenderse del tronco, se van alejando. ¿Es culpa suya? La juventud va donde está la alegría; á las fiestas, á la claridad y á los amores; la vejez á su término. No se pierden de vista, pero no existe ya el abrazo. Los jóvenes sienten el frío de la vida; los viejos el de la tumba. No acusemos, pues, á las pobres criaturas.

II =Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite=

Un día Juan Valjean bajó la escalera, dió tres pasos en la calle, se sentó en un guarda cantón, el mismo donde Gavroche, en la noche del 5 al 6 de Junio le había encontrado caviloso; permaneció allí algunos minutos, y volvióse á subir. Ésta fué la última oscilación del péndulo. Al día siguiente no salió de casa, y al otro día no se levantó de la cama.

La portera que le guisaba su parco alimento, algunas coles ó patatas con un poco de tocino, miró en la cazuela de barro, y exclamó:

--¡Pero no comisteis nada ayer, buen hombre!

--La cazuela está llena del todo.

--Sí comí, respondió Juan Valjean.

--Ved la jarra del agua. Está vacía.

--Lo cual prueba que habéis bebido, no que hayáis comido.

--Es igual,--exclamó Juan Valjean.--No tenía ganas más que de agua.

--Eso se llama sed; y cuando no se come al mismo tiempo, se llama calentura.

--Comeré mañana.

--Ó el día de la Trinidad. ¿Por qué no hoy? ¿Pues qué, puede decirse: comeré mañana? ¡Dejarme toda la cazuela sin haber tocado á ella! ¡Y mis coles que estaban tan ricas!

Juan Valjean tomó la mano de la vieja, y le dijo con cariñoso acento:

--Os prometo comerlas.

--Me tenéis enfadada,--respondió la portera.

Juan Valjean no veía casi á otra criatura humana que aquella buena mujer. Hay calles en París por donde nadie pasa, y casas á donde nadie va. La calle y casa donde vivía Juan Valjean eran de este número.

De cuando salía aún, había comprado á un calderero por unos pocos sueldos un pequeño crucifijo de cobre, que colgó de un clavo frente á su cama. Siempre se ve el Calvario con gusto.

Se pasó una semana sin que Juan Valjean diese un paso por su cuarto. Estaba siempre acostado.

La portera le había dicho á su marido:

--El buen hombre de arriba no se levanta, ni come ya; no tirará mucho. ¡Las desazones le matan! No hay duda. Nadie me quitará de la cabeza que su hija ha hecho un mal casamiento.

El portero replicó con el acento de la soberanía conyugal:

--Si es rico, que llame á un médico. Si no es rico que no lo llame. Si no tiene médico, se morirá.

--¿Y si lo tiene?

--Se morirá también,--dijo el portero.

La mujer se puso á escarbar con un cuchillo viejo la yerba que nacía en lo que llamaba ella su embaldosado, y mientras tanto murmuraba entre dientes:

--¡Qué lástima! ¡Un viejo tan aseado! Es blanco como un pollo.

Divisó hacia el cabo de la calle á un médico de barrio que acertaba á pasar por allí, y se tomó el trabajo de rogarle que subiese.

--En el segundo piso,--le dijo.--No hay más que entrar. Como el buen hombre no se menea ya de su cama, la llave está siempre por la parte de afuera. No tenéis más que entrar.

El médico vió á Juan Valjean y le habló.

Cuando bajó, le preguntó la portera:

--¿Y bien, doctor?

--Muy malo está el enfermo.

--¿Qué es lo que tiene?

--Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido una persona querida. Y de eso se muere.

--¿Qué os ha dicho?

--Me ha dicho que se sentía bien.

--¿Volveréis, doctor?

--Sí, respondió el médico. Pero, sería preciso que le viera otro además de mí.

III =Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de Fauchelvent=

Una tarde Juan Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se irguió y tomó la mano; no se encontró el pulso. Su respiración era breve, y se interrumpía á cada instante. Supo que estaba débil como nunca. Entonces, bajo el peso sin duda de alguna preocupación suprema, hizo un esfuerzo, se incorporó del todo y se vistió. Púsose su antiguo traje de obrero pues, no saliendo ya, lo prefería. Tuvo que hacer muchos altos al vestirse; y, sólo para entrarse las mangas de la chaqueta, sudó copiosamente.

Desde que vivía solo, había colocado la cama en la antesala á fin de ocupar todo lo menos posible aquella habitación desierta.

Abrió la maleta y sacó de ella el ajuar de Cosette.

Lo extendió sobre la cama.

Los candeleros del obispo estaban en su lugar sobre la chimenea. Tomó de un cajón dos velas de cera, y las puso en los candeleros. Después, aunque todavía faltaba mucho para anochecer, era en verano, encendió las velas. Á veces, vense así, á la mitad del día, hachas encendidas en las habitaciones donde hay difuntos.

Cada paso que daba al ir de un mueble á otro, le extenuaba, y se veía obligado á sentarse. No era aquella fatiga ordinaria que gasta la fuerza para renovarla luego; era el resto de los movimientos posibles; era la vida aniquilada agotándose en abrumadores esfuerzos que no han de reproducirse ya.

Una de las sillas en que se dejó caer estaba colocada enfrente del espejo, tan fatal para él y tan providencial para Mario, donde había leído sobre el papel secante la carta de Cosette al revés. Se miró en aquel espejo y no se reconoció.

Tenía ochenta años; antes del casamiento de Mario representaba solamente cincuenta; de manera que aquel año le había valido por treinta. Las arrugas de su frente no eran las arrugas de la edad; eran la señal misteriosa de la muerte. Veíase allí la cavidad de su implacable garra. Colgaban las mejillas, el cutis de su rostro tenía aquel color terroso que podía hacer creer que ya la tierra de la fosa estaba sobre él; los dos ángulos de la boca se hundían como en las máscaras que los antiguos esculpían sobre las tumbas. Miraba al vacío en ademán de reproche; hubiérasele podido tomar por uno de esos grandes seres trágicos que tienen que quejarse de alguien.

Hallábase en tal situación, última fase del abatimiento en que ya no corre el dolor; que está, por así decirlo, coagulado; hay sobre el alma como un cuajo de desesperación.

La noche había llegado. Arrastró trabajosamente una mesa y el sillón viejo junto á la chimenea, poniendo sobre la mesa una pluma, tintero y papel.

Después de esto sintió un desvanecimiento. Cuando recobró el sentido, tenía sed, y no pudiendo levantar el jarro, le inclinó penosamente hacia su boca, y bebió un trago.

Volvióse enseguida hacia la cama, y sentado siempre, porque no podía sostenerse de pie, clavó los ojos en el vestidito negro y en todos aquellos queridos objetos.

Semejantes contemplaciones duran horas que parecen minutos.

De improviso sintió un temblor, conoció que le entraba el frío mortal; apoyó los codos en la mesa alumbrada por los candeleros del obispo, y tomó la pluma.

Como ni la pluma ni la tinta habían servido hacía mucho tiempo, los puntos de la primera estaban encorvados, y la segunda estaba seca; fuéle preciso levantarse y poner algunas gotas de agua en el tintero; lo que no pudo ejecutar sin pararse y sentarse dos ó tres veces; y luego tuvo que escribir con el revés de la pluma. Á cada paso se enjugaba el sudor de la frente.

Temblábale la mano. He aquí las cortas líneas que escribió lentamente:

«Cosette, yo te bendigo. Voy á explicártelo todo. Tu marido ha tenido razón en darme á entender que debía marcharme; si bien existe algún error en lo que ha creído, ha tenido razón. Es un hombre excelente. Ámale siempre mucho cuando yo ya no exista. Señor de Pontmercy, amad siempre á mi querida niña. Cosette encontrará este papel y con él, lo que quiero decirte: Vas á ver los guarismos, si tengo fuerzas para recordarlos. Atiende: el dinero que tienes, es tuyo y muy tuyo. Mira de qué modo. Vas á comprenderlo perfectamente. El azabache blanco viene de Noruega, el azabache negro viene de Inglaterra, los abalorios negros vienen de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro. En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un yunque pequeño de dos pulgadas cuadradas, y una lámpara de espíritu de vino para ablandar el lacre. En otro tiempo se hacía el lacre con resina y negro de humo, y costaba cuatro francos la libra. Á mí se me ocurrió hacerlo con goma laca y trementina, costando así solos treinta sueldos á lo más. Los pendientes se hacen con vidrio violado, que se pega por medio de ese lacre á una monturita de hierro negro. El vidrio ha de ser de color violeta para la joyería de hierro, y negro para la de oro. España la compra en gran cantidad. Es el país del azabache...».

Aquí se interrumpió; cayósele la pluma de los dedos; le acometió uno de esos sollozos desesperados que subían, atropellándose, de las profundidades de su ser; el infeliz se cogió la cabeza entre ambas manos y empezó á meditar.

--¡Oh!--exclamaba allá en sus adentros (en gritos lastimeros, de Dios sólo oídos).--Todo acabó ya. No la veré más. Es una sonrisa que ha pasado sobre mí. Voy á sepultarme en la noche sin volverla á ver. ¡Oh! ¡Un minuto, un instante; oir su voz, tocar su ropa, mirarla, á ella, al ángel mío! ¡Y luego morir! La muerte no es nada pero ¡morir sin verla es horrible! Me sonreiría, me diría alguna palabra... ¿Puede esto perjudicar á nadie? ¡Ay, no, jamás; todo se acabó, todo! Heteme para siempre solo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré á ver!

En aquel momento llamaron á la puerta.

IV =Botella de tinta que sólo blanquea=

Aquel mismo día, ó mejor dicho, aquella misma tarde, en el momento de levantarse Mario de la mesa y entrar en su gabinete para examinar unos autos, le entregó Vasco una carta, diciéndole que la persona que la había escrito aguardaba en la antesala.

Cossette había cogido del brazo al abuelo, y daba una vuelta por el jardín.

Hay cartas, como ciertos hombres, que tienen mala sombra. Papel basto, plegado grosero; son misivas que desagradan solamente el verlas.

La carta presentada por Vasco era de esta especie.

Mario la tomó y sintió que olía fuertemente á tabaco. Nada despierta un recuerdo como un olor. Mario reconoció aquel tabaco. Miró el sobre: _Al señor barón de Pontmercy. En su casa._

Conocido el tabaco, le fué muy fácil conocer la letra. Puede decirse que el asombro desprende relámpagos. Uno de esos relámpagos iluminó á Mario.

El olfato, misterioso auxiliar de la memoria, acababa de hacer revivir en él todo un mundo. Era aquél el mismo papel, igual la manera de doblarlo, idéntico el color de la tinta blanquizca, la letra conocida, y sobre todo el mismo tabaco. Veía en ello el desván de Jondrette.

Luego, ¡extraño capricho del azar! una de las dos pistas que tanto había buscado, la misma por la cual había hecho últimamente tantos esfuerzos, y que creía perdida para siempre, venía por sí misma á ofrecérsele.

Abrió con avidez la carta, y leyó:

«Señor barón:

«Si el Ser Supremo me hubiese dado el talento necesario, habría podido ser el barón de Tenard, miembro del Instituto (Academia de Ciencias); pero no lo soy. Llevo únicamente el mismo nombre que él: ¡feliz yo si este recuerdo me recomienda á la excelencia de vuestras bondades. El beneficio con que me honréis será recíproco. Poseo un secreto concerniente á cierto individuo, y cuyo individuo os concierne á vos. El secreto está á vuestra disposición, pues deseo tener el honor de seros útil. Os proporcionaré el medio sencillo de arrojar de vuestra honorable familia al tal individuo, que no tiene derecho alguno para estar en ella, siendo como es la señora baronesa de muy elevada alcurnia. El santuario de la virtud no podría cobijar por más tiempo al crimen, sin abdicar.

«Espero en la antesala las órdenes del señor barón.

«Soy con la mayor consideración».

La carta iba firmada: «TENARD».

Esta firma no era falsa, sino únicamente un poco abreviada.

Por lo demás, el estilo, vago y ampuloso, y la ortografía, completaban la revelación. El certificado de origen era evidente. No cabía duda alguna posible.

La emoción de Mario fué profunda. Después del movimiento de sorpresa, experimentó un movimiento de felicidad. Si lograba encontrar luego al otro á quien buscaba, á su salvador, ya no le quedaba nada que apetecer.

Abrió un cajón de su papelera, tomó algunos billetes de banco, los guardó en el bolsillo, volvió á cerrar y tiró de la campanilla. Vasco entreabrió la puerta.

--Que pase,--dijo Mario.

Vasco anunció.

--El señor Tenard.

Entró un hombre.

Nueva sorpresa para Mario. El hombre que entraba le era perfectamente desconocido.

Este hombre, además de viejo, tenía abultada la nariz, la barba dentro la corbata, anteojos verdes, dobles con pantalla de tafetán, el pelo peinado sobre la frente hasta el nacimiento de las cejas, como la peluca de los cocheros de la aristocracia inglesa, canoso y completamente vestido de negro, negro bastante raído, pero aseado; del bolsillito del pantalón le salía una cadena con sellos, llavecitas y otras baratijas, haciendo suponer un reloj. Llevaba en la mano un sombrero viejo. Iba un poco encorvado, y la curvatura de su espalda se aumentaba con la profundidad del saludo.

Lo que á primera vista chocaba era que el frac de este personaje, demasiado ancho, aunque cuidadosamente abotonado, no parecía hecho para él. Aquí es necesario una digresión breve.

Vivía en París, en aquella época, calle de Beautreillis, cerca del Arsenal, en un cuartucho obscuro, un judío ingenioso, cuya profesión era convertir á un tunante en hombre honrado; pero no por mucho tiempo, lo cual hubiera podido ser incómodo al tunante. El cambio se hacía á la vista, por uno ó dos días, á razón de treinta sueldos diarios, por medio de un traje que se pareciese todo lo posible á la honradez de los demás hombres. Aquel alquilador de vestidos se llamaba el _Cambiante_, nombre que le habían dado los rateros parisienses á falta de otro. Poseía un vestuario completo, adecuado en lo posible á las diferentes clases de personas. Tenía sus especialidades y categorías. De cada clavo de su almacén pendía, gastada y ajada, alguna condición social: aquí la ropa del magistrado, allí la del cura, más allá la de banquero, en un rincón el uniforme de militar retirado, en otro el traje del literato, más lejos el del hombre de Estado.

Era el tal individuo el guarda ropero del inmenso drama que la truhanería representa en París.

Su casucha era el entrebastidor de donde salía el robo y volvía á entrar luego la estafa.

Llegaba á ese vestuario un bribón andrajoso, depositaba treinta sueldos, y escogía, según el papel que se proponía representar aquel día, el traje á propósito; y al bajar la escalera era ya, el bribón, alguien.

Al día siguiente, la ropa era fielmente devuelta; y el Cambiante, que lo confiaba todo á los ladrones, no era jamás robado.

Aquellos trajes tenían un inconveniente, y era que no estando hechos para los que los llevaban, «no les sentaban mucho»: para unos resultaban estrechos, para otros anchos, y á nadie se amoldaban.

Cualquier tunante que excediese de la estatura media, ó que fuese demasiado grueso ó demasiado flaco, no podía estar bien embutido en los trajes del Cambiante, quien sólo había previsto la talla común de los hombres.

Tomó la medida de la especie en el primero que le vino á mano, quien no resultó ser grueso ni delgado, alto ni bajo. De ahí las dificultades de adaptar los vestidos á los parroquianos. ¡Tanto peor para las excepciones!

El traje de hombre de Estado, por ejemplo, negro de arriba abajo, y apropiado por lo tanto, habría sido anchísimo para Pitt y harto estrecho para Castelcicala. El vestido de _hombre de Estado_ se hallaba designado como sigue en el catálogo del Cambiante; no hacemos más que copiar:

«Frac de paño negro, pantalón de cuero lana negro, chaleco de seda, botas y camisolín».

Al margen decía: _antiguo embajador_; había esta nota, que también transcribimos:

«En una caja por separado: una peluca convenientemente rizada, anteojos verdes, colgantes de reloj, y dos cañoncitos de pluma de una pulgada de largo, cubiertos de algodón».

Todo esto correspondía al hombre de Estado, antiguo embajador.

Hallábase todo este vestido, si puede decirse así, extenuado; las costuras blanqueaban; por uno de los codos asomaba ya en principio el forro; faltábale además al frac uno de los botones del pecho, falta poco importante, pues debiendo estar siempre la mano del hombre de Estado bajo el frac y sobre el corazón, tenía por empleo disimular el botón.

Si Mario hubiese estado familiarizado con las instituciones ocultas de París, habría reconocido enseguida, sobre las espaldas del visitante, que Vasco acababa de introducir, el frac del hombre de Estado descolgado de la percha del Cambiante.

La contrariedad de Mario, al ver entrar otro individuo que el que esperaba, se volvió en desgracia para el recién llegado.

Examinóle de pies á cabeza, mientras que el personaje se inclinaba desmesuradamente, preguntándole con sequedad:

--¿Qué se os ofrece?

El hombre respondió con cierto amable saludo que hubiera podido creerse ser la cariñosa sonrisa de un cocodrilo:

--Paréceme imposible que no haya yo tenido el honor de haber visto al señor barón en sociedad. Puede que fuese, tal vez, hace algunos años, en casa de la señora princesa de Bagratión, y en los salones de su señoría el vizconde Dambray, par de Francia.

Es siempre táctica artera de los tunantes aparentar conocer á alguien á quien no se conoce.

Mario escuchaba con atención á aquel hombre, espiando el acento y el gesto; pero su contrariedad crecía: aquélla era una pronunciación gangosa, absolutamente diferente del sonido de voz agrio y seco que esperaba. Se hallaba desorientado por completo.

--No conozco--dijo,--ni á la señora princesa de Bagratión, ni al señor vizconde Dambray. En mi vida he puesto los pies en ninguna de estas casas.

La respuesta era brusca; sin embargo, el personaje, cortés á pesar de todo, insistió:

--¡Entonces ha debido de ser en casa de Chateaubriand donde os he visto! Conozco mucho á Chateaubriand. Es muy afable. Algunas veces me dice: «Pero, Tenard, amigo mío, ¿no me acompañaréis á beber una copa?». La frente de Mario se iba poniendo cada vez más severa y prorrumpió:

--Nunca he tenido el honor de ser recibido por el señor Chateaubriand. Abreviemos. ¿Qué es lo que queréis?

El hombre ante aquel tono más duro, saludó más profundamente.