Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 44

Chapter 443,936 wordsPublic domain

Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.

Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á Mario.

Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón suficiente para que viniese.

No había nada que objetar; el argumento era concluyente.

Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario! ¡Atrocidad del cielo!

Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario iba á volver portador de buenas nuevas.

Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el dolor, no lo acepta.

La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el porvenir mismo.

Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración está hecha de esperanza.

Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni cómo se la había explicado.

Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del cerebro.

En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del fugitivo.

Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras que Mario había pronunciado.

En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.

Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en el dormitorio de una virgen.

Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.

Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra; es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre mientras no le haya mirado el sol.

La mujer, todavía capullo, es sagrada.

Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya demasiado indicarlas.

La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte. La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de respeto.

El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que es casta.

La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.

Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.

El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra. Contemplar, en semejante caso, es profanar.

No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al levantarse.

Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza, y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.

Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.

Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario. Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.

Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera vez de su vida le parecieron feas las flores.

Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía también venir de allí.

De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire, sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal era su situación.

Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada; que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con colores agradables, sino lúgubres.

Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente, pero que espera en Dios.

Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se había abierto ningún postigo.

La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.

Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido; pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de todo punto imposible.

Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos sordos, y decía:

--¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!

Eran los disparos de cañón contra la barricada.

Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel pequeño paraíso.

La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico comida y besos.

El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza «Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio se derramaba en la gloria de la mañana.

Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una virgen.

XI =Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie=

El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.

Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto; poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla. Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.

Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.

Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas ni pólvora, se da el asalto.

Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.

Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo despreciativo en alto grado.

--Bueno,--decía;--romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.

Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían sus cascos, y le decía al cañón:

--¡Te vuelves difuso, amigo mío!

En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.

Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía los tiros sin dignarse contestar.

De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol sobre un tejado próximo.

Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de centinela, dominando con su vista toda la barricada.

--Es un vigilante incómodo,--dijo Enjolrás.

Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.

Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco, herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.

El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.

Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.

Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.

El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el soldado.

Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos dos, renunciando todos á espiar la barricada.

--¿Por qué no habéis matado á esos hombres?--preguntó Bossuet á Juan Valjean.

Éste no respondió.

XII =El desorden partidario del orden=

Bossuet murmuró por lo bajo á Combeferre:

--No ha contestado á mi pregunta.

--Es un hombre que hace el bien á tiros,--dijo Combeferre.

Los que conservan algún recuerdo de aquella época, ya lejana, saben que la guardia nacional de las afueras peleó con bizarría contra las insurrecciones.

Mostróse particularmente encarnizada é intrépida en las jornadas de junio de 1832.

Los buenos figoneros de Pantin, de Vertus ó de la Cunette, cuyos establecimientos dejaba el motín sin parroquia, se volvían leones ante el espectáculo de sus salas de baile desiertas, sacrificándose en aras del orden representado por el figón.

En aquel tiempo, vulgar y heroico á la vez, ante las ideas que tenían sus caballeros, tenían los intereses sus paladines.

El prosaísmo del móvil no le quitaba nada al valor del movimiento.

Los banqueros, viendo disminuirse sus montones de escudos, entonaban la Marsellesa.

Vertíase líricamente la sangre en favor del mostrador, defendiendo con entusiasmo lacedemoniano la tienda, ese inmenso diminutivo de la patria.

En el fondo, justo es decirlo, era allí todo muy formal. Los elementos sociales entraban en lucha, esperando el día de entrar en equilibrio.

Otro de los signos de aquel tiempo, era la anarquía mezclada con el gubernamentalismo (nombre bárbaro del partido correcto).

Defendíase el orden con indisciplina.

El tambor tocaba á llamada de repente, por orden y antojo de tal ó cual coronel de la guardia nacional; éste ó el otro capitán iba al fuego por inspiración propia; éste ó aquel guardia peleaba de imaginación «y por su propia cuenta».

En los minutos críticos, en las «jornadas» se seguía menos el consejo de los jefes que el de los instintos.

Había en el ejército del orden, verdaderos guerrilleros, los unos de espada, como Fannicot, los otros de pluma, como Enrique Fonfrede.

La civilización, desgraciadamente representada en aquella época más bien por un agregado de intereses que por un grupo de principios, estaba, ó se creía, en peligro, y lanzaba el grito de alarma. Todos, constituyéndose en centro, la defendían, le prestaban auxilio y protección, y el primero que llegaba se imponía la obligación de salvar la sociedad.

Á veces, el celo llegaba hasta el exterminio. Un piquete de guardia nacional se constituía, por autoridad privada, en consejo de guerra, y juzgaba y ejecutaba en cinco minutos á los insurrectos que caían prisioneros.

Una improvisación de esa clase juzgó y condenó á Juan Provaire. Ferocísima ley de Lynch, que ningún partido tiene derecho de echar en cara á los demás, pues así se aplica por la república en América, como por la monarquía en Europa.

Complicábase esa ley de Lynch con las equivocaciones que resultaban.

Cierto día de motín, un joven poeta, llamado Pablo Amado Garnier, fué perseguido en la Plaza Real por un soldado con la bayoneta calada, y no pudo evitar la muerte, sino refugiándose en la puerta-cochera del número 6. Oíase gritar: «¡Á ése, que es sansimoniano!» y querían matarle.

Ahora bien; la causa de todo aquello era que llevaba bajo el brazo un tomo de las Memorias del duque de San Simón; un guardia nacional había leído en el dorso del libro _San Simón_ y bastó para que gritase: «¡Matarle!».

El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales de las afueras, que mandaba el capitán Fannicot antes citado, se hizo diezmar por gusto ó por capricho en la calle de la Chanvrerie. El hecho, aunque raro, consta de la sumaria formada á consecuencia de la insurrección de 1832.

El capitán Fannicot, ciudadano impaciente y osado, especie de bandolero del orden, de esos que acabamos de caracterizar, gubernamentalista fanático é indómito, no pudo resistir al incentivo de hacer fuego antes de tiempo y á la ambición de tomar la barricada por sí sólo únicamente, es decir, con su compañía.

Exasperado por la aparición sucesiva de la bandera roja y del vestido viejo, que él tomó por la bandera negra, censuraba á todos los generales y jefes de cuerpo, los cuales celebraban consejo, y eran de opinión que no había llegado aún el momento del asalto decisivo, y dejaban, según la expresión célebre de uno de ellos, que «la insurrección se fuese asando con su misma grasa».

Á él, por su parte, le parecía que la barricada estaba madura; y como lo que está maduro debe caer, probó.

Mandaba hombres tan resueltos como él, «furiosos», según el dicho de un testigo.

Su compañía, la misma que había fusilado al poeta Juan Provaire, era la primera del batallón situado en el ángulo de la calle.

Cuando menos se esperaba, el capitán lanzó su gente contra la barricada.

Este movimiento, ejecutado con mejor deseo que estrategia, costó caro á la compañía Fannicot. Antes que llegase á los dos tercios de la calle, una descarga general de la barricada la recibió, y cuatro de los más audaces que corrían á la cabeza, fueron muertos á boca de jarro al pie del reducto.

Entonces, aquel pelotón de guardias nacionales, valientes, pero sin la tenacidad militar, hubo de replegarse, después de alguna vacilación, dejando tras de sí quince cadáveres.

Aquel instante de vacilación dió á los insurrectos tiempo para volver á cargar las armas, y otra descarga muy mortífera alcanzó á la compañía antes de que pudiera doblar la esquina de la calle, que era su abrigo.

Hubo un momento en que se encontró entre dos fuegos, porque el cañón, no habiéndose dado orden en contra, seguía con sus disparos.

El intrépido é imprudente Fannicot fué una de las víctimas de la metralla. Matóle el cañón, esto es, el orden.

Aquel ataque, más furioso que formal, irritó á Enjolrás.

--¡Imbéciles!--dijo.--Envían su gente á morir, y nos hacen gastar las municiones inútilmente.

Enjolrás hablaba como verdadero general de motín.

La insurrección y la represión no luchan nunca con armas iguales. La insurrección, fácilmente agotable, no tiene sino un número limitado de tiros y de combatientes; imposible es reemplazar una cartuchera que se vacía ó un hombre que sucumbe.

La represión, como cuenta con el ejército, no se cuida de los hombres; y como tiene el parque de Vincennes, poco le importa desperdiciar la pólvora ni las balas. Dispone de tantos regimientos como defensores hay en la barricada, y de tantos arsenales como cartucheras poseen los insurrectos.

Son, pues, luchas de uno contra ciento, que terminan siempre por destruir la barricada, á menos que la revolución, surgiendo bruscamente, no vaya y arroje en la balanza su flamígera espada de arcángel.

Cuando eso sucede, el levantamiento se hace general, los empedrados entran en efervescencia, pululan los reductos populares, París se estremece soberanamente, despréndese el _quid divinum_, hay en el aire un 10 de agosto, hay un 29 de julio, aparece una prodigiosa luz, las abiertas bocas de la fuerza retroceden; y el ejército, ese león, ve ante sí, de pie y tranquilo, á ese profeta: la Francia.

XIII =Luces que pasan=

En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada, se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo, convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias de esperanza.

Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de la Chanvrerie.

--Oíd,--exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;--paréceme que París se despierta.

Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una ó dos horas, cierta recrudescencia.

La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.

En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar barricadas.

Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina, atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos hará daño».

Fué acuchillado.

En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían temblar las hojas de la celosía.

Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.

Varios cuerpos de guardia fueron atacados.

Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.

En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal; así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de noche en la cabeza».

Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron prisa á apagar aquellos principios de incendio.

Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.

Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con precaución y lentamente, ya á paso de carga.

La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego, y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la carrera los grupos de los boulevares.

No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.

Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y la metralla.

Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en parihuelas, y dijo á Courfeyrac:

--Esos heridos no son de aquí.

La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.

Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente; y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se sostenían aún. El sol subía en el horizonte.

Un insurrecto interpeló á Enjolrás:

--Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?

Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.

XIV =Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás=

Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido, esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una bocanada de ironía.

--Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en vano. Eso no es trueno; es tos.

Y todo el mundo reía á su alrededor.

Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.

--Admiro á Enjolrás,--decía Bossuet.--Su impasible temeridad me maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes. Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.

Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: _Patria_.

No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:

--¡Noticia!

Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:

--Me llamo Pieza de á Ocho.

En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro cañón.

Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la segunda pieza al lado de la primera.

Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.

Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas, tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.

Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio, y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.

Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.

Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus ladridos.

De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.

Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.

Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir, que esto anunciaba el asalto.

Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá, hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.