Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 43

Chapter 433,856 wordsPublic domain

«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría: pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.

«Una revolución es un peaje.

«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración, consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.

«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?

«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de ideas, otro de dolores.

«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.

«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y tú conmigo vas á renacer.

«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.

«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra muerte.

«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».

Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su discurso.

Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas palabras, no apartaban la vista de él.

No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.

La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se parecen al estremecimiento de las hojas.

VI =Mario rudo y Javert lacónico=

Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.

Recuérdese el estado de su alma.

Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una visión. Sus ideas eran confusas.

Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un muerto.

¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea, encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.

Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.

Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le conozco».

Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso, y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones, pudiera emplearse semejante palabra.

Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático, que era para él á la vez equívoco é imponente.

Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la imposibilidad.

Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.

Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los que se quedaban.

Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon, Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.

Javert, atado al poste, meditaba.

--¿Necesitas algo?--le preguntó Enjolrás.

Javert contestó:

--¿Cuándo me mataréis?

--Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.

--Entonces, dadme de beber,--dijo Javert.

Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba atado, le ayudó á beber.

--¿Quieres algo más?--preguntó de nuevo Enjolrás.

--Estoy mal en este poste,--respondió Javert.--Habéis tenido alma para dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais echarme sobre una mesa como al otro.

Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.

Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande, donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.

Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste, mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.

Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas, como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la mitad del cuerpo.

Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos después de haber pasado por entre las piernas.

Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le estaba contemplando con atención singular.

La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert. Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:

--¡No tiene nada de particular!

VII =La situación se agrava=

El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.

El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre, dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.

La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que blanqueaba un reflejo de sol.

Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.

Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.

Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.

Era evidente que el instante crítico iba á llegar.

Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta vez no quedó ninguno.

La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la partida de los cinco se la había elevado más aún.

Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.

Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.

De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien constituía igualmente un encierro fatal.

Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.

--Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,--dijo riéndose Courfeyrac.

Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta adoquines, «arrancados de más»,--decía Bossuet.

El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo puesto.

Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso que una barricada preparándose á recibir el asalto.

Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.

Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un ángulo protector, á él se acogen todos.

Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los otros.

Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así para matar como para morir.

En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de metralla.

En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en ansiedad, esperando la embestida.

Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la disciplina. Del peligro nace el orden.

Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una especie de almena que se había reservado, todos callaron.

Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.

Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.

Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.

Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de salvación.

Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y visible á la sazón.

No aguardaron mucho tiempo.

El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque no se parecía al del primer ataque.

El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.

Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles, abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito los carros de guerra.

La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el extremo de la calle, tomó una expresión feroz.

Apareció una pieza de artillería.

Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.

Veíase humear la mecha encendida.

--¡Fuego!--gritó Enjolrás.

Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los hombres.

Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron.

Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.

No había ni uno herido.

Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el anteojo.

--¡Bravo por los artilleros!--gritó Bossuet.

Y toda la barricada aplaudió.

Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en batería.

Era una boca formidable que se abría ante la barricada.

--¡Magnífico!--exclamó Courfeyrach.--Aquí está la brutalidad. Después del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros. La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el cañón atrapa.

--Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,--añadió Combeferre.--Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas, y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón, haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil de Gribeauval.

--Sí,--respondió Courfeyrac,--eso aumenta la potencia balística, pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia, la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la conservación de los afustes.

«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.

--Carguen otra vez,--dijo Enjolrás.

¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la cuestión.

Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros hacían lo propio con el cañón.

La ansiedad era profunda en el reducto.

Partió el tiro, y sonó la detonación.

--¡Presente!--gritó una voz alegre.

Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche precipitarse dentro.

Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la Petite Truanderie.

Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.

La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.

Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.

--Proseguid,--gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.

VIII =La artillería se va poniendo seria=

Todos rodearon á Gavroche.

Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le preguntó estremecido:

--¿Qué vienes á hacer aquí?

--¡Toma!--respondió el chico.--¿Y vos?

Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.

Mario prosiguió con acento severo.

--¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta.

No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta; pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que hizo fué deshacerse de ella.

No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.

En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario pudiera dirigirle.

Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir abominablemente.

--Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto despierte.

Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería.

El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:

--¿Le conoces?

--No,--contestó Gavroche.

En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan Valjean sino de noche.

Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido en el espíritu de Mario, se disiparon.

¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?

¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el sitio del combate?

Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:

--¡Mi fusil!

Courfeyrac mandó que se le entregasen.

Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.

Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:

--Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.

Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.

Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían repetido.

Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.

En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.

Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda. Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.

El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.

--¡Bajad la cabeza!--gritó Enjolrás.--¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de rodillas á lo largo de la barricada!

Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla. Era, en efecto, un metrallazo.

La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.

Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más tiempo. Penetraba en ella la metralla.

Hubo un rumor de consternación.

--Impidamos al menos el segundo metrallazo,--dijo Enjolrás.

Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la puntería.

El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por matar la guerra.

Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.

--¡Qué lástima!--dijo.--¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin, cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido, no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.

--Lo es,--dijo Enjolrás.

--Sí,--prosiguió Combeferre,--y también mío. No le matemos, pues.

--Déjame. Lo que es preciso, es preciso.

Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.

Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.

El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado sobre la pieza, sin volver á moverse.

Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había atravesado el pecho de parte á parte.

Estaba muerto.

Fué preciso retirarle, y reemplazarle.

Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.

IX =Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería infalible, que influyó en la condena de 1796=

Los pareceres eran diversos en la barricada.

La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad atenuar la fuerza de los tiros.

Enjolrás pronunció esta orden.

--Es preciso poner allí un colchón.

--No hay ninguno,--respondió Combeferre.--Los ocupan los heridos.

Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta entonces en nada de lo que pasaba.

Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:--«Un fusil inútil».

Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:

Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un colchón delante de su ventana.

Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.

El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la buhardilla.

Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.

--¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?--dijo Juan Valjean.

Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.

Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.

Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió contra los vidrios de la buhardilla.

El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.

La barricada aplaudió.

Todos gritaron:

--¡Ya tenemos colchón!

--Sí,--dijo Combeferre;--pero ¿quién irá por él?

El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.

Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para ahorrar municiones.

La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas la calle, dándole un aspecto terrible.

Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y volvió á la barricada.

Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de modo que no lo viesen los artilleros.

Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.

No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla, pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.

Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.

--Ciudadano,--dijo Enjolrás á Juan Valjean,--la República os da las gracias.

Bossuet, admirado y riéndose,--exclamó:

--¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el colchón, que anula el cañón!

X =Aurora=

En aquel momento se despertaba Cosette.

Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á Oriente, que daba al patio interior de la casa.

Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.

No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».

Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo quizá á ello la extremada blancura de su cama.

Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.

Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría. Cosette se sintió tranquila.

Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción del alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.

De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no había visto á Mario!