Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 9
¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois posadero, no es verdad?
--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí.
--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro solideo.
Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:
--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?
--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo que me habéis dicho ciento nueve francos?
--Y quince sueldos,--añadió el hombre.
--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis empleado para ganar eso?
--Diez y nueve años.
--¡Diez y nueve años!
El obispo suspiró profundamente.
El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo, un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.
Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta que había quedado abierta del todo.
La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra _señor_, con su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se iluminaba. _Señor_ á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un náufrago de la _Medusa_. La ignomia está sedienta de consideraciones.
--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas.
La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que encendió y puso sobre la mesa.
--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.
El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que ya me lo sabía yo.
El hombre abrió los ojos admirado.
--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?
--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano.
--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo que se me ha pasado.
El obispo le miró de nuevo y dijo:
--¿Habéis sufrido mucho?
--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte amarillo. Ya lo veis.
--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.
Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.
La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.
El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.
[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa]
De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa.
La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa, siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil, verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad.
La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados delante de cada uno de los tres comensales.
IV =Detalles acerca de las queserías de Pontarlier=
Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa sencillez:
«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:
«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme comer con ellos, lo hacen mejor que vos.
«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le contestó:
«--También se cansan más que yo.
«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo! si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.
«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano.
«Un instante después añadió:
«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?
«--Con itinerario obligado.
«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:
«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba. Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los días calurosos.
«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías, destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.
«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme la palabra.
«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?
«Yo le contesté:
«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.
«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier, donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó fruteras, como allí las llaman.
«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las cuales se dividen en dos clases:--las _grandes granjas_, que pertenecen á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen siete ú ocho mil quesos por verano; y las _fruteras por asociación_, que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á jornal un quesero, al que llaman _grurin_; el grurin recibe la leche de los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería, hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la montaña.
«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero modo de ser del _grurin_ como si hubiese querido que aquel hombre comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y, sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez, que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia. Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen _un trabajo dulce junto al cielo_, y añadía, _son felices porque son inocentes_, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento, que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad? ¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.
«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo, no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las _gracias_; y luego volviéndose al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango de marfil, del que me sirvo en la mesa.
«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».
V =Calma=
Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y entregando el otro á su huésped, le dijo:
--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.
El hombre le siguió.
Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse.
El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.
--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de leche de nuestras vacas; calentita.
--Gracias, señor cura,--dijo el hombre.
Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y, fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:
--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto á vos; ¿cómo es eso?
Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa especial, en la que se encerraba algo monstruoso:
--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un asesino?
El obispo respondió:
--Esto basta con que lo sepa Dios.
Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar tras sí, entró nuevamente en su cuarto.
Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al pasar delante de esta cortina, y oró un momento.
Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra Dios á los ojos que continúan abiertos.
En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban. Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama, y quedando enseguida profundamente dormido.
Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su cuarto.
Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y santa casa.
VI =Juan Valjean=
Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.
Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie. Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo probablemente y contracción de _voilà Jean_.
Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto, naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras. Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan. Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le dejaba su trabajo tiempo para el amor.
Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean, generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean, brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á María Claudia, y los niños no eran castigados.
Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios, después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?
Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando poco á poco.
Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!
Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda. Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.
Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada». Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador. No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su parte humana.
Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable abandono un ser pensador!
Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.
El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando con gran pena y dificultad: _Yo era podador en Faverolles_. Después, sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.