Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 10
Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos? ¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del árbol aserrado por el tronco?
La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes, aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también; y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez. Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana. Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño, el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre! No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo, decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía, una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón, arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete se abría la escuela y el niño entraba.
He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.
Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta historia llegará á encontrarlos.
Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada, del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol, le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron. Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena. Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y tomado un pan.
Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal, el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre.
Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.
¿Qué es lo que había pasado por su alma?
VII =La desesperación por dentro=
Probemos de explicarnos.
Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella quien las hace.
Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí mismo y reflexionó.
Él se constituyó en tribunal.
Empezó por juzgarse á sí mismo.
Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera, tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre? Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente, sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en fin, que había faltado.
Luego se preguntó:
¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo diariamente, un crimen que duró diez y nueve años.
Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso; defecto de trabajo, exceso de castigo.
Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de conmiseración y respeto.
Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la condenó.
La condenó á su odio.
Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido, en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.
La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.
Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada de benevolencia.
De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta lucha él era el vencido.
No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y llevarla consigo á su salida.
Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos _Ignorantinos_, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal.
Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad, condenándola también.
Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud, elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz por una parte y las tinieblas por otra.
Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía impío.
Aquí es casi imposible no meditar un instante.
¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja? ¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino, incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y que el mal no pueda jamás, extinguir por completo?
Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo, paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado de la civilización, que miraba severamente al cielo.
Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria; hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de todos los hombres: _¡Esperanza!_
El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de su formación, y había visto también distintamente, á medida que se formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que, á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad. Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba. Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante. Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las sombrías perspectivas de su destino.
Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo ignoraba.
Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean, sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado, ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate! La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta, el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto. La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su furia.
Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de _orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.
Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura. Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos del penal.
Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.
Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.
Estaba efectivamente absorto.
Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles, una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa pirámide que nosotros llamamos civilización.
Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles, algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado; en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra fuera como implacable con quien está debajo.
En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la naturaleza de sus meditaciones?
Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar, pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.
Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible. Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida, irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria, calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos, los inocentes y los justos, si los hay.
El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos, era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago, incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto, no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.
VIII =Ola y sombra=
¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir. Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío. Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente. Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento, formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído, ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él; mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.
Él lucha por lo tanto.
Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.