Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 11
¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas tinieblas del horizonte.
Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no se sabe qué espantosas exterioridades.
Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar, cantar y llorar y él estertorea.
Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.
La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan; la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece, se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y exclama:
--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?
Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue exclamándose:
--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no obedece más que al infinito.
Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos, resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres profundidades de la absorción.
¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!
El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en cadáver. ¿Quién la resucitará?
IX =Nuevos agravios=
Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que, en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su salida.
No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho, robado.
Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho. Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo. Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes, había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar, no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_
Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.
La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba, también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se sale del penal, pero sigue la condena.
Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido recibido en D***.
X =El hombre desvelado=
Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral Juan Valjean despertó.
Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva para no turbar su sueño.
Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado. Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.
Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí; luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.
Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse, se puso á pensar.
Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que la señora Magloria había puesto sobre la mesa.
Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.
--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón, bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más si «la _Administración_ no le hubiese _robado_».
Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones, en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba, después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez sobre el lecho.
Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo, vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.
Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada le dijese: ¡Anda!
Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento. Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de una alameda ó de una calle arbolada.
Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos, volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.
Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una palanqueta? ¿era una clava?
Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en punta, por medio de la cual se clavan en la roca.
Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como sabemos, la del obispo.
Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no había cuidado de cerrarla.
XI =Lo que hacía=
Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.
Empujó la puerta.
Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva é inquieta del gato que desea entrar.
La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el silencio, ensanchando un poco la abertura.
Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez, con mayor fuerza.
Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.
Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura se ensanchara más.
Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.
Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín del juicio final.
En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible, y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar á los que dormían.
Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento se creyó perdido.
Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.
El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.
En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la respiración tranquila y regular del obispo dormido.
Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que creía.
La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola. Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta. El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un cielo misterioso.
Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.
Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo estaba dentro de él; era su conciencia.
En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella cabeza de anciano en el sueño de un niño.
Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el punto de ignorarlo.
Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.
Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo imperiosamente.
Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él. Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?
Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.
Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su feroz cabeza.
El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella espantosa mirada.
Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno y perdonar al otro.
De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra, atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo, dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.
XII =El obispo trabaja=
Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda azorada.
--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está la canastilla de los cubiertos?
--Sí,--dijo el obispo.
--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á parar.
El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.
--Aquí está.
--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata?
--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro dónde está.
--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha robado.
En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora Magloria.
--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!
Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El cabriol de la cerca había sido arrancado.
--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!
El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos, dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:
--¿Es verdad que esta plata era nuestra?
La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio; enseguida continuó el obispo:
--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre, indefectiblemente.
--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué vais á comer ahora?
El obispo se fijó en ella con aire de asombro.
--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?
La señora Magloria se encogió de hombros.
--El estaño despide olor.
--Entonces, de hierro.
La señora Magloria hizo un gesto expresivo.
--El hierro sabe peor.
--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo.
Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!
Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la puerta.
--Entrad,--dijo el obispo.
Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral. Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el cuarto, Juan Valjean.
El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole militarmente:
--Monseñor...--dijo el sargento.
Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al parecer, levantó la cabeza con aire admirado.
--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura?
--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo.
Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa que le permitían sus años.
--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros.
Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué no os los habéis llevado con los cubiertos?
Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.
--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos detenido para ver. Llevaba esta plata...
--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha sido un error.
--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad?
--Naturalmente,--respondió el obispo.