Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 8
El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano sobre la espalda del hombre, y le dijo:
--Vete de aquí.
El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:
--¡Ah! ¿Sabéis vos?...
--Sí.
--¿Que me han despedido de otra posada?
--Como se te echa de ésta.
--¿Dónde queréis que vaya?
--Á otra parte.
El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.
En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde _La Cruz de Colbes_ y que parecían esperarle, le tiraron algunas piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.
Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro unida á una campana. Llamó.
Abrióse un postigo.
--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?
Una voz respondió:
--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.
El postigo volvió á cerrarse.
Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines. Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el muchacho y sonreía la madre.
El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, un poco de piedad.
Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.
No fué oído.
Llamó por segunda vez.
Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.
--No,--contestó el marido.
Llamó entonces por tercera vez.
Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.
Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo, debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire inexplicable de quien se encuentra en su casa.
--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?
--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa.
El hombre contestó:
--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...
--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando. Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?
--No hay sitio en ella.
--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?
--Sí.
--¿Y qué?
El viajero turbado contestó:
--No sé, pero no me ha recibido.
--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?
La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:
--Tampoco han querido recibirme.
La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza; y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de súbito como extremecido:
--¿Seríais por ventura el hombre?...
Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos, dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.
Mientras el artesano decía: _¿seriáis por ventura el hombre?_... habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo bajo:--_Tso-maraude_[1].
Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó nuevamente á la puerta y dijo:
--Vete.
--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua.
--¡Un tiro!--exclamó el artesano.
Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las afirmaba.
La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel abrigo contra el frío.
Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche. Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la barraca. Era aquella barraca una perrera.
El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los jirones de su harapiento traje.
Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros en semejante esgrima llaman _el molinete_.
Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:
--¡Soy menos que un perro!
Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le diese abrigo.
Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor. Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega, cabezas rapadas.
Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo. No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto resplandor.
La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.
Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece hostil.
Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***, que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se encontró de nuevo en la ciudad.
Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas, empezó nuevamente su paseo á la ventura.
Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.
Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por Napoleón mismo.
Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.
Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel hombre echado en la sombra.
--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo.
Él contestó rudamente encolerizado:
--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.
La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora marquesa de R.
--¿Sobre este banco?--repuso ella.
--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el hombre;--hoy le tengo de piedra.
--¿Habéis sido soldado?
--Sí, buena mujer, soldado.
--¿Por qué no vais á la hostería?
--Porque no tengo dinero.
--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro sueldos.
--Dádmelos.
El hombre tomó los cuatro sueldos.
La marquesa de R. continuó:
--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.
--Ya he llamado á todas las puertas.
--¿Y qué?
--De todas me han echado.
La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.
--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas?
--Sí.
--¿Habéis llamado á aquélla?
--No.
--Llamad pues.
II =La prudencia aconseja á la Sabiduría=
Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba ocupado en un gran trabajo acerca de los _Deberes_, el cual quedó desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29, 30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios; para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas, en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería presentar á las almas.
Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después, comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir y entró en el comedor.
Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.
La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.
Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.
Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en la cual ardía una gran llama.
Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una _mujer_ y la señorita Batistina el de una _señora_. La señora Magloria llevaba gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres; calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de Marsella.
El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806, tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada _de niño_. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba, hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer. Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre; pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja; la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce recuerdo desvanecido!
La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.
En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con _la señorita_ de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de entrada.
Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar _y cerrar bien las puertas_.
La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su hermano, se aventuró á decir tímidamente:
--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?
--He oído vagamente algo,--respondió el obispo.
Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama del hogar:
--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?
Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un hombre de morral y garrote, de horrible catadura.
--¿De veras?--exclamó el obispo.
Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse; prosiguió entonces en ademán triunfante:
--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste, y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...
--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano es lo bien hecho.
La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:
--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío! no hay necesidad de pedir permiso...
En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.
--Adelante,--dijo el obispo.
III =Heroísmo de la obediencia pasiva=
La puerta se abrió.
Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con resolución y energía.
Entró un hombre.
Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar en busca de un asilo.
Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra aparición.
La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un grito. Estremecióse, quedando inmóvil.
La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.
El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.
Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:
--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche. Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado. ¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances. Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero. Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto.
El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la mesa.
--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo. Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean, presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis caballerizas?
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama de la alcoba.
Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos mujeres.
La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.
El obispo se volvió hacia el hombre:
--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se os arreglará la cama mientras...
El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría, de asombro, tartamudeando como un loco: