Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 7
En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de menos.
Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado, por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez, no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo, íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba, iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.
Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos, la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á uno los días de su vida. _Llenaban_, ésta es la palabra, puesto que los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear, luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo, consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche, esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación, no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos inmensos del universo!
Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura, misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible, lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.
Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita, contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le era estimado y suficiente.
¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear, y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las estrellas del cielo.
XIV =Lo que él pensaba=
La última palabra.
Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente, dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste producía.
Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.
Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus escabrosidades.
La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto, y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que abrevia: el Evangelio.
No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.
Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás; que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa Teresa y San Jerónimo serían herejes.
Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.
El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que procuraba consolar.
Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El dolor general era para él constante pretexto de bondades. _Amaos los unos á los otros_; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:
--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos; el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro _amaos los unos á los otros_, es una barbaridad.
--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--_si esto es una barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha_.
Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de amores sucesivos en el _yo_ persistente, la esencia, la sustancia, el Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que surjan del mismo las estrellas.
Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma gran respeto á la sombra.
LIBRO SEGUNDO LA CAÍDA
I =La tarde de un día de marcha=
En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la cabeza rapada y la barba larga.
El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.
Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto que empezaban ya á crecer.
Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París. Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la plaza-mercado.
Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, saludando humildemente al gendarme.
El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la ciudad.
Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de _La Cruz de Colbes_. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en Grenoble de la posada de los _Tres Delfines_, el cual había servido en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al alcalde, diciendo: _Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco_: instalándose en _Los tres Delfines_. Aquella gloria del Labarre de _Los tres Delfines_ se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en el Labarre de _La cruz de Colbes_. Y se decía de él en la ciudad: _Es primo del de Grenoble_.
Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha del de Alloz.
El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:
--¿Qué se os ofrece?
--Comer y dormir,--dijo el hombre.
--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y añadió:--En pagándolo...
El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y contestó:
--Tengo dinero.
--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero.
El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de octubre son ya frías.
Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero observando al nuevo huésped.
--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre.
--Enseguida,--contestó el patrón.
Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas, doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.
EL viajero no vió nada de esto.
Volviendo á preguntar de nuevo:
--¿Comeremos pronto?
--Al momento,--repitió el hostelero.
Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.
--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros.
El hombre se medio incorporó sobre su asiento.
--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya os he dicho que tengo dinero.
--Nada de esto.
--¿Entonces qué?
--Tenéis dinero...
--Sí,--dijo el hombre.
--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación.
--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente.
--No puedo.
--¿Por qué?
--Porque los caballos la tienen ocupada.
--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.
--Es que tampoco puedo daros de comer.
Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy grave al viajero, quien levantándose dijo:
--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.
--No tengo qué daros,--dijo el hostelero.
El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos, exclamó:
--¡Nada! ¿y todo esto?
--Es todo de encargo.
--¿Para quién?
--Para estos señores arrieros.
--¿Cuántos son?
--Doce.
--Aquí hay comida para veinte.
--Lo han encargado y pagado anticipadamente.
El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería, tengo hambre y me quedo.
El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le hizo estremecer:
--Salid de aquí.
El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el hostelero, repitiendo en voz baja:
--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis leer?
Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el hostelero repuso, después de una pausa:
--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.
El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el suelo y salió.
Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de _la Cruz de Colbes_ junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el acontecimiento de la ciudad.
Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí. Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.
Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un asilo cualquiera.
La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde taberna, cualquier miserable figón.
Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.
Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.
El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo. El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita de hierro colgado de las llares.
Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle. Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta.
--¿Quién va?--preguntó el tabernero.
--Alguien que quisiera cenar y dormir.
--Está bien. Aquí se cena y se duerme.
Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.
Díjole el tabernero:
--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os calentareis, camarada.
Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.
Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo sus cejas, como debajo de malezas la llama.
No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y... (he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable encuentro de por la mañana á los viajeros de _la Cruz de Colbes_. Hizo á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El hombre estaba abismado en sus reflexiones.