Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 6

Chapter 63,813 wordsPublic domain

El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado á la muerte. El supremo instante había llegado.

Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:

--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el habernos encontrado inútilmente?

El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que había algo de sombrío, inundó su semblante.

--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros. Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á pedirme?

--_Vuestra bendición_,--dijo el obispo.

Y se arrodilló.

Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.

El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.

Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del convencional G.; concretóse á señalar el cielo.

Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los infelices y desvalidos.

Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.

Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en los mezquinos círculos de la localidad.

--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.

Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:

--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima gorro encarnado.

--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.

XI =Una restricción=

Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su benignidad. He aquí todo.

Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.

Retrocedamos, pues, algunos años.

Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado, el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea. Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado acerca de su precipitado regreso, respondió:

--_Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo, haciéndoles el efecto de una puerta abierta._

Otra vez contestó:

--_¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no pasaba de ser un pobre obispo plebeyo._

Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas, habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas más calificados:

--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo: ¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! ¡hay pobres!

Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.

Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.

No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.

Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos; general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.

Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.

Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad, debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos. En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814, ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire, como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino, nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande hombre.

Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero, equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo, exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de _dichos sediciosos_. Desde que el perfil imperial había desaparecido de la Legión de honor, no se vistió jamás _conforme á ordenanza_, por no verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano, con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había querido llenar con nada. ¡_Antes morir_, decía él, _que llevar sobre mi corazón los tres sapos!_ Reíase en voz alta de Luis XVIII. _¡Viejo gotoso con botines de inglés!_ decía; _que se vaya á Prusia con su salsifi_: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y acabó por nombrarle guardián de la catedral.

En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba igualmente á su obispo.

XII =Aislamiento de monseñor Bienvenido=

Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas, lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente. Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de despreciar las canonjías.

Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos, tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor, sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma. Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya tenéis _pallium_, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario. ¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros, llevando en la cabeza el cántaro de la _Lechera_! ¡Como la ambición se llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella misma se engaña, por gorrona ó beata.

Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida. Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin, mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.

Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo, aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón, la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en diputado; que un falso Corneille escriba un _Tiridates_; que un eunuco entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras; que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las patas de los gansos.

XIII =Sus creencias=

Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro creencias distintas de la nuestra.

¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante no puede corromperse. Creía todo lo que podía. _Credo in Patrem_, exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice por lo bajo: Estás con Dios.

Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual _quia multum amavit_, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios. Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo; era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:

--¡Pobre animal! esto no es culpa suya.

¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.

De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.

Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; tales labores son indestructibles.