Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 5
«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista. Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa, casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.
«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre; es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga á despedirme. Tantas cosas á todos. «BATISTINA.
«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».
Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo, cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez, presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.
Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.
Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.
X =El obispo en presencia de una luz desconocida=
En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las montañas de los bandidos.
Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario. Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo convencional, llamado G.
Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey, pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento! Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.
Habladurías de gansos sobre el buitre.
¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey, no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer en Francia.
Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel sitio como de la casa del verdugo.
Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí existe un alma que está sola!».
Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».
Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.
No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No. ¡Pero qué oveja!
El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel punto, pero luego retrocedía.
Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera, había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios gracias! añadían algunos.
El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.
El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto, atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos abrojos, percibió la caverna.
Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un emparrado.
Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.
Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo, sirviendo al anciano una taza de leche.
Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse en el sol para dirigirse al chico.
Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda sentir después de una larga vida.
--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?
El obispo respondió:
--Yo me llamo Bienvenido Myriel.
--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?
--Yo soy.
El viejo repuso con ligera sonrisa:
--En ese caso, ¿sois vos mi obispo?
--¡Puede!
--Entrad, señor.
El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó, limitándose á decir únicamente:
--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis enfermo.
--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo.
Hizo una pausa, y dijo:
--Voy á morir dentro de tres horas.
Luego repuso:
--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora... Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.
El anciano se volvió hacia el pastor:
--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.
El muchacho entró nuevamente en la cabaña.
El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo mismo:
--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos vecinos.
El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano. Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se sintió el obispo inclinado á la severidad.
El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al individuo próximo á convertirse en polvo.
El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida, aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su base.
Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué _ex-abrupto_.
--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado nunca la muerte del rey.
El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que ocultaba la palabra _nunca_. Pero respondió, después de haber desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa:
--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.
Era el acento austero ante el tono severo.
--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo.
--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la ciencia.
--Y la conciencia,--añadió el obispo.
--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se encierra en nosotros.
Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje enteramente nuevo para él.
El convencional prosiguió:
--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en cáliz de alegría.
--De alegría impura,--dijo el obispo.
--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento.
--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me fío de una demolición mezclada en cólera.
El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario, la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus; ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución francesa es la consagración de la humanidad.
El obispo no pudo abstenerse de murmurar:
--¿Sí? ¡93!
El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo, exclamó:
--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?
Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en algo. Supo contenerse, y respondió:
--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no debe jamás equivocarse.
Y añadió mirando fijamente al convencional:
--¿Luis XVII?
El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:
--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente? Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.
--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres.
--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?
Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.
El convencional repuso:
--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando exclamaba: _Sinite parvulos_... no hacía distinción alguna entre los niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente augusta vistiendo andrajos que flordelisada.
--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo.
--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII. Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba? Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo.
--Por todos lloro,--dijo el obispo.
--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.
Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la agonía. Casi fué una explosión.
--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid: No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país, vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad, ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado; pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito. Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas; el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales; total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios, y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo! Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial, de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?
El obispo inclinó la frente y respondió:
--_Vermis sum._
--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional.
Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.
Éste repuso con dulzura:
--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.
El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una nube.
--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os prometo no valerme más de las tales.
--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo.
G. replicó:
--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?
--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo palmas á la guillotina?
--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el _Te-Deum_ sobre los acuchillados?
La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.
El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:
--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero ¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero ¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura, colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria: La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.
Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento con estas sencillas palabras:
--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con dureza, pero que ha marchado.
El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la rudeza del principio:
--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.
El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido; miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:
--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!
El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.
Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo, y dijo:
--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.