Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 4
Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos como hubiese exigido un jardinero.
Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de verano con una regadera de lata, pintada de verde.
No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.
La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus temorcillos.
En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al margen de una Biblia:
«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».
En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había escrita esta otra observación:
«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos, en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».
Había además escrito en otra parte:
«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para decir su nombre».
Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui custodiunt meam_.
Pasando enseguida á hablar de otra cosa.
Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser tranquilo».
VII =Cravatte=
Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de D***.
Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes, Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye y de Ubayette.
Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un mismo tiempo.
En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.
--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.
--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.
--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y voy á salir dentro de una hora.
--¿Salir?
--Salir.
--¿Solo?
--Solo.
--¡Monseñor! no haréis lo que decís.
--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. ¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si yo no fuése allí?
--Pero monseñor, ¿y los ladrones?
--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que se les hable de Dios.
--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de lobos!
--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?
--Os van á desvalijar, monseñor.
--Si no tengo nada.
--Os matarán.
--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah! ¿Y á qué objeto?
--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!
--Les pediré limosna para mis pobres.
--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.
No hubo más remedio que dejarle hacer.
Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su obstinación, causando mucho miedo.
No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria. Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie, llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un _Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y deslucidos.
--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro _Te Deum_. Y todo se andará.
Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á vestir convenientemente un chantre de catedral.
Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor Bienvenido_.
--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le manda Dios una capa de arzobispo.
--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo también:--¡Dios ó el diablo!
El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:
--¡Dios!
Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo á su hermana:
--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el tesoro de una catedral.
Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:
--No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.
Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:
--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta por causa nuestra.
Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.
En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.
Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida en los siguientes términos: _La cuestión está en si esto debe ser devuelto á la catedral ó al hospital_.
VIII =Filosofía después de beber=
El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente, que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber; había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía estúpido.
Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun. Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces, con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de Monseñor Myriel de lo que este decía.
No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde*** (dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto. Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:
--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy á seros franco. Tengo mi filosofía.
--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en un lecho de púrpura.
El senador envalentonado, repuso:
--Seamos buenos chicos.
--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo.
--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon, Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.
--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo.
Prosiguió el senador:
--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario: en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban la inutilidad de Dios.
Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple perfectamente al _fiat lux_. Suponed la gota bastante gruesa, y bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo.
El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?
Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes, el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué? Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás? Vivamos alegremente. La vida es el todo.
Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra. ¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el _fas_ y el _nefas_. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra. Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes. Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis reir.
Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro? Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.
Yo no he de decir todo esto en el _Moniteur_, ¡qué diantre! pero puedo murmurarlo entre amigos. _Inter pocula._ Sacrificar la tierra al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo. ¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado. Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros; todo cae en la fosa común. Fin. _Finis._ Liquidación total. Este es el término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo. Servíos de vuestro _yo_ mientras lo poseáis. En verdad os lo digo, señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á Noigeón.
El buen Dios, es bueno para el pueblo.
El obispo batió palmas.
--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee, no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco. Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas, las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores, tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con castañas sea el pavo trufado de los pobres.
IX =El hermano explicado por la hermana=
Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D*** y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas, no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la infancia. Esta carta está en nuestras manos.
D*** 16 diciembre de 18...
«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos; ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos, pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más? Tengo romanos, tengo romanas (_aquí una palabra ininteligible_), y toda la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de caoba.
«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.
«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello, dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su valentía, según él dice.
«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco. Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.
«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.
«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta, nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud. Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los ladrones.
«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que nadie pudiera enterarse.
«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas; las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita.
«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.
«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu.