Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 3
Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.
Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino el que produjo las sombras.
Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo que la había sacado del Evangelio.
Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo todo.
Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo concluido preguntó:
--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?
--En el tribunal del jurado.
Y luego repuso:
--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?
Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inmediatamente: _Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino mío._
Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.
Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:
--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la vida: el Padre está allí».
Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella humilde morada, que él llamaba sonriendo _su palacio_, dijo á su hermana: _vengo de oficiar de pontifical_.
Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas, no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta del obispo: _Es mucha vanidad_. Sin embargo, no pasó ello de cuento de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, enternecióse y admiró.
En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él un golpe del que tardó mucho en reponerse.
Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.
Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama _vindicta_; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.
Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento. Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimentada por todas las muertes que ha producido.
Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:
--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los hombres á lo desconocido?
Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo pasar por el lugar de las ejecuciones.
Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.
Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.
Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado, y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que contempla una estrella.
V
=De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo sus sotanas=
La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.
Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se ponía á trabajar.
El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares. Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos, rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la Santa Sede; en fin, negocios á millares.
El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer. Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo _jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él.
Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.
Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo señalaba la casa del obispo á los menesterosos.
Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y cuando lo había acabado visitaba á los ricos.
Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase, jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba, en verano, de ser incómodo.
Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.
Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».
Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_. Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.
Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._
He aquí la nota:
--«¡Oh, vos! ¿quién sois?
«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador; la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos, Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más bello de todos vuestros nombres».
Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el día siguiente.
Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor obispo de D***.
VI =Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=
La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les llevaban á D***.
La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.
Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital. _Debo pagar este diezmo_, decía.
La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su _salón de invierno_.
No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles, que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja. El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de adorno y altar del oratorio.
Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en oración de gracias».
Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una pieza.
Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó paseando por el jardín, si en verano.
Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en casos apurados.
Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su ideal!
Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario, cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes; la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio perteneciente al oratorio.
Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del retrato del abad de Gran-Champ.
Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.
Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están generalmente todos los cuarteles y hospitales.
No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía decir: _Esto no les quita nada á los pobres_.
Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de una vez:
--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.
Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las velas y ponía los candeleros sobre la mesa.
Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama, una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que jamás se quitaba la llave.
El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.
Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:
--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto, un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?
--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez más.