Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 2
El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que él.
No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después de haber sido _el ama del señor cura_, tomó á la sazón el doble título de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.
Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma viviese en ella.
La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su actividad natural al principio, á causa de su asma después.
Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera al general y al prefecto.
Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus obras.
II
=El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=
El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.
Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.
En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de 1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, obispo y señor de Senez.
Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de oro sobre una lápida de mármol blanco.
El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un jardín insignificante.
Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su palacio.
Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el siguiente diálogo:
--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?--le preguntó el obispo.
--Veintiséis, monseñor.
--Los mismos que yo había contado.
--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las otras.
--Esto mismo he notado.
--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente en ellas.
--Esto me parece.
--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño para los convalescientes.
--También lo creo así.
--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho que hacer.
--También pensé yo en ello.
--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es preciso conformarse.
Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al jardín.
El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:
--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?
--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el director.
El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase medidas y echase cálculos.
--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo mismo;--luego, levantando la voz:
--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta. Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.
Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.
Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince mil francos.
El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.
NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA
Para el pequeño seminario Mil quinientas libras. Congregación de la misión Cien libras. Para los lazaristas de Montdidier Cien libras. Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras. Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras. Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras. Sociedades de caridad maternal Trescientas libras. Además, para la de Arlés Cincuenta libras. Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras. Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras. Para libertar á los padres de familia presos por deudas Mil libras. Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de la diócesis Dos mil libras. Pósito de los Altos Alpes Cien libras. Congregación de señoras de D***, de Manosque y de Sisterón, para la enseñanza gratuita de niñas indigentes Mil quinientas libras. Para los pobres Seis mil libras. Mis gastos personales Mil libras.
Total Quince mil libras.
Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, _tener regulados los gastos de su casa_.
Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.
El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían las dos ancianas y el anciano.
Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria; y á la inteligente administración de la señorita Batistina.
Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:
--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!
--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costumbre de los obispos de otros tiempos.
--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.
Y presentó su reclamación.
Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil francos, bajo el siguiente epígrafe: _Asignación al señor obispo, para gastos de carruaje, postas y visitas pastorales_.
Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima, de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:
«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes? ¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».
En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.
--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil francos para nosotros. ¡Al fin!
Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una nota, concebida en los siguientes términos:
GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS
Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital Mil quinientas libras. Para la sociedad de caridad maternal de Aix Doscientas cincuenta libras. Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan Doscientas cincuenta libras. Para los niños expósitos Quinientas libras. Para los huérfanos Quinientas libras.
Total Tres mil libras.
Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.
En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.
Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la menor superfluidad á sus necesidades.
Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.
Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se le designase con este nombre le complacía.
--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.
No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos concretamos á consignar que es parecido.
III
=Á buen obispo, mal obispado=
Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo.
Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en derredor suyo.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.
En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:
--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.
En los pueblos avaros y perezosos, decía:
--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.
Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:
--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.
En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los labradores comprando papel sellado, solía decirles:
--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hombre justo entre hombres sencillos.
En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también el de Queiras:
--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.
De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, convencida y persuasiva.
IV =Obras como palabras=
Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de un estudiante.
La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.
--_Señora Magloria_,--dijo,--_arrimad una silla; mi eminencia no alcanza á esa tabla._
Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô, desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par.
El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo con cierta impaciencia:
--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?
--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie ha de suceder».
Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!
Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre una lección moral.
Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.
Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:
--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.
Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa, siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.
Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:
--_Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa._
Volvióse el marqués, y respondió secamente:
--_Monseñor, tengo ya mis pobres._
--_Pues dádmelos_,--replicó el obispo.
Un día predicó en la catedral este sermón:
--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de cuerda embreados.
«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo para poder comerle.
«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece en rededor nuestro!»
Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: _¡Eh bé! moussu, sés sagé?_ como en el bajo Languedoch.--_¿Onté anaras passa?_ en los bajos Alpes.--_Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase_, en el alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, penetraba fácilmente en todas las almas.
Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran mundo como para las del pueblo.
Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha pasado la falta.
Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, _un ex pecador_, no poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos términos:
«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su tentación. La lleva y sucumbe á su peso.
«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.
«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, desfalleced, pecad, pero sed justos.
«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á pecar. El pecado es la gravitación».
Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se apresuran á protestar para estar á cubierto.