Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 66

Chapter 663,891 wordsPublic domain

Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja; después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana, sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo, llamó á la joven _la señorita Lanoire_ (La Negra), y al padre el señor _Leblanc_, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el señor _Leblanc_», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.

Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor facilidad del relato.

Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora durante el primer año.

El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.

II =Lux facta est=

El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía al través de la enramada.

Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja. Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido; una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella, era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es, á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.

Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color castaño, llenas de sombra y de pudor.

Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella fresca sonrisa con los ojos bajos.

En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención, conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer; he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al día siguiente.

Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores, seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril había llegado.

Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.

No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin afectaciones de ninguna especie.

Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de juventud procedente de su tocado.

El hombre, seguía siendo el mismo.

La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el paseo, pensando en otras cosas.

Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven, pero sin volver nunca los ojos para verla.

Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella estaba; porque era ésta su costumbre.

III =Efecto de primavera=

Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los ojos, y sus dos miradas se encontraron.

¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago extraño.

Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.

Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña; era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego bruscamente.

Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que se encuentra allí!

Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma, es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables, compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es una virgen que mira como una mujer.

Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de perfumes y venenos, que se llama amor.

Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los codos.

IV =Principio de una grande enfermedad=

Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas. Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso, y se fué al Luxemburgo.

En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac, al volver á su casa, dijo á sus amigos:

--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario, y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era completamente estúpido.

Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera. Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía: evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda» lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.

Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir: Aníbal marchaba sobre Roma.

Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el _Manual del bachillerato_ era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz azulada toda la extremidad de la alameda.

Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.

Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo, hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza, sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera, su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al frente de su edición del _Gil Blas_.

Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.

No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.

Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.

Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña su asiduidad.

Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de Leblanc.

Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos en la arena con una varita que tenía en la mano.

Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor Leblanc y de su hija, marchándose á casa.

Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah! exclamó, y comióse un pedazo de pan.

No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle doblado cuidadosamente.

V =Caen varios rayos sobre la tía Bougón=

Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos, observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido nuevo.

Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después, cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido aquella tarde.

Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días seguidos!-exclamó la portera.

Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos; era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo. Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á las gentes!

Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.

Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear, sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué, luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la operación.

Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar de ser admirable.

VI =Aprisionado=

Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto, del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.

El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío! pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente. En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba. ¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración. Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene». Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de abismos.

Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado; ¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.

Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.

La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.

Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.

Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha hecho Audry de Puyraveau!

Estaba perdidamente enamorado.

Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en _el Castillo de San Alberto_.

Mario se divirtió muchísimo.

Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: _De buena gana aumentaría mi colección con esta chica_. Llegó á horrorizarle.

Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera. Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron. Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una condecoración.

--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.

--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio.

Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.

Una mirada había causado todo aquello.

Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada hay más sencillo. Una mirada es una chispa.

La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en lo desconocido.

La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó. La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.

Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la pasión.

VII =Aventuras de la letra U dentro las conjeturas=

El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer término, y vino el amor.

Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad que la joven le miraba.