Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 65

Chapter 653,839 wordsPublic domain

Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou, y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.

Llevóse, pues, su _Flora_, sus planchas, sus herbarios, sus carteras y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya tenemos el añil!

Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á decir verdad, no le agradaba mucho.

Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden, se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son la puesta, y miran la partida con indiferencia.

Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor, todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.

El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto; leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y que parecen darse palabra de honor de lo que leen.

La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.

Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un oficial de dragones y de una bella.

«...La bella (_bouda_)[16] se amoscó y el dragón...».

Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.

--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre. Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.

Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.

V =Pobreza muy próxima á la miseria=

Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.

El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando sin objeto.

En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No se le conocía allí más que por el señor Mario.

Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron, cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche, y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.

Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las botas.

Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando. La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era, pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo lo humano.

Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.

Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva, aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma, que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre. Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.

Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa, apenas sabía que tuviese vecinos.

--¿Y por qué los despiden?--preguntó.

--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

--¿Y cuánto es?

--Veinte francos,--dijo la vieja.

Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.

--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.

VI =El sustituto=

La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á Teódulo sucesor de Mario.

Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar otro Mario.

Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.

Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma un lancero.

Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como _la Quotidiana_, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo encontrar, porque se trataba de su favorito:

--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.

--¿Qué Teódulo?

--Vuestro sobrino.

--¡Ah!--dijo el abuelo.

Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces, esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar». Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.

Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.

Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento: «El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».

La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:

--Teódulo, vuestro sobrino.

Y en voz baja al teniente:

--Apruébalo todo.

Y se retiró.

El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó con cierta timidez:

--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de paisano.

--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo.

Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.

Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos, hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los dos relojes de ambos bolsillos relojeros.

--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón! ¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando! ¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía: ¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras, imbécil. Éstos son los republicanos.

--Es verdad,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:

--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano. En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?

¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que el ser romántico era ir á ver el _Hernani_. Ahora pregunto yo: ¿qué es _Hernani_? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son las barbaridades de estos tiempos!

--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand continuó:

--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres? ¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant! Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez; repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos, chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo, botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de las lavanderas que suben en sus carros.

¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública! ¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos, y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos, haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar! Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo proporciona.

«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los periódicos son una peste; todos, incluso _La Bandera blanca_, porqué en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!

--Es evidente,--dijo Teódulo.

Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento, el lancero añadió magistralmente:

--No debería haber otro periódico que el _Monitor_, ni otro libro que el _Anuario militar_.

Gillenormand prosiguió:

--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde, en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas, con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores míos.

--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto.

El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y dijo:

--Sois un imbécil.

NOTAS:

[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.

[16] _Bouda_, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como _Bouddha_, el dios Buda.

LIBRO SEXTO LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS

I =El apodo: manera de formar nombres de familia=

Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura, cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave, tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas. Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los ojos y grande la mirada.

En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia, y que no faltaba alguna que soñase en ella.

Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como decía Courfeyrac.

Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban (ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).

--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.

Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor abate.

Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á todo trance no encontrarse con Courfeyrac.

Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba, Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía frecuentemente, pero sin mirarla nunca.

Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja. El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho: es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca fijaba su mirada en la mirada de nadie.

Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa. Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.

La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida, insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible. Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario. Parecían ser padre é hija.

Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable ternura paternal.

Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los días.

Véase lo que pasaba.