Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 64
Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado. Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca exigida por los reglamentos.
Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.
Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro pedazos y la arrojó al cesto.
Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:
--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo abogado y barón.
II =Mario pobre=
Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo arregló Mario Pontmercy su existencia.
Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad, había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales. Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos, traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.; producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.
Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina, para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau, frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins. No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente, por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos tenía comida y sonrisa.
El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_.
Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es, en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le había «suprimido».
Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.
Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años: años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede abofetearla.
Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma, vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era tímido hasta la aspereza.
En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener su jaula.
Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel, y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.
Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy, en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también, con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco acierto de sus pesquisas.
Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto, Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.
III =Mario crecido=
En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado, volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el abuelo Gillenormand era la olla de hierro.
Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño, que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario. Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo, y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no. Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera, y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!
En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».
Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le satisfacía y le agradaba.
Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde, por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras: _será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su corazón.
Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria, repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás; ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar. Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad, que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios. Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.
Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia, á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza, su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa, sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo, aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce, pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo; bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace digno.
Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo, se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación. Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.
Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.
En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba. ¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro, trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.
Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel, le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo; ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.
Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más. Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por haber conocido y amado á su padre.
_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía.
Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.
Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él había sido la vela, no el cualquiera.
En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.
Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que digamos sobre él algunas palabras.
IV =El señor Mabeuf=
El día en que Mabeuf le decía á Mario: _ciertamente, yo apruebo las opiniones políticas_, expresaba el verdadero estado de su ánimo. Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas, las encantadoras», Bonaparte _las Eumenides_. La opinión política del señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en _ista_, sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista: era _bouquiniste_[15].
No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía, la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo, de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó alguien:
--¿Pero no habéis estado casado nunca?
--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito y publicado una _Flora de las cercanías de Cauterets_ con láminas iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo, risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran ideal la aclimatación del añil en Francia.
Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf la llamaba _la tía Plutarco_.
Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.
Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de venderse es una _Flora_; y la _Flora de las cercanías de Cauterets_ se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.