Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 63

Chapter 633,889 wordsPublic domain

Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo más que _bebido_.

Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:

--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga! el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable. _Femme_ rima con _infame_. Sí, tengo spleen complicado con melancolía, con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe Dios de dónde está el diablo!

--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:

--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis, arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é hipotecables...

--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire.

Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel, un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba bosquejando un vaudeville.

Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos cabezas trabajadoras:

--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se encuentra el asunto.

--Es verdad; dicta: ya escribo,

--¿Señor Dorimón?

--¿Rentista?

--Naturalmente.

--Su hija Celestina.

--...tina. ¿Y luego?

--¿El coronel Sainval?

--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.

Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo. Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas.

--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista; presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.

En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al dominó, y hablando de amores.

--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe.

--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces parece caso de conciencia.

--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!

--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo, pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí la paz.

--La paz es la satisfacción de la digestión.

--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes á quién aludo?

--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.

--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.

--¡Ah!

--Yo en tu lugar la plantaba.

--Esto es muy fácil de decir.

--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?

--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos más gitanos. ¡Me tiene loco!

--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de cuero, de lana. Esto da carácter.

--¿Á qué precio?--gritó Grantaire.

En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan Prouvaire por romanticismo.

Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño.

--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía, para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces, tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que para algo está en la cascada de Pissevache.

En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía, mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.

--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito. No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760, según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición, dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional. Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta. Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!

Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama; Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis XVIII, limitándose á decir:

--La Carta metamorfoseada en llama.

Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa llamaba _entrain_, como la cosa inglesa llamada _humour_, el bueno y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una especie de alegre bombardeo.

V =Dilatación del horizonte=

El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado. Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales conversaciones.

Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet, Combeferre y Courfeyrac.

¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:

--18 de junio de 1815: Waterloo.

Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar fijamente al auditorio.

--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (_Pardiez_ iba estando en desuso en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca. Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad significativa de que el principio es pisoteado por el fin.

Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:

--Tú quieres decir el crimen por la expiación.

Esta palabra _crimen_ pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario, muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.

Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:

--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.

Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que iba á empezar algo.

Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.

Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:

--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es grande porque es Francia. _Quia nominor leo._

Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del extremecimiento de sus entrañas:

--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo decir Buonaparte acentuando la _u_ como los realistas; y os advierto que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?

«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma; dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides; en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos, como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel de la guerra!».

Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua. Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:

--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo, ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole, Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar, fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes; conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es sublime. ¿Hay algo más grande?

--Ser libre,--dijo Combeferre.

Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí. Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido.

La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas, no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y he aquí lo que cantaba:

Si César me hubiera dado La gloria de las batallas, Obligándome á dejarle El cariño de mi madre, Le hubiera dicho al gran César: Recoge el cetro y el carro, Que yo prefiero mi gusto, Como prefiero á mi madre.

El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió casi maquinalmente: ¡Mi madre!...

En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.

--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república.

VI =Res augusta=

Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del fruto, vienen más tarde.

Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante, sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos; temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al café Musain.

En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan olvidar, y fueron á acometerle bruscamente.

Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:

--El señor Courfeyrac ha respondido por vos.

--Sí.

--Pues me hace falta dinero.

--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que hablarle,--dijo Mario.

Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.

Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que estaba como solo en el mundo y sin parientes.

--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac.

--No lo sé,--respondió Mario.

--¿Qué pensáis hacer?

--No lo sé.

--¿Tenéis dinero?

--Quince francos.

--¿Queréis que os preste?

--Jamás.

--¿Tenéis ropa?

--Ésta.

--¿Y alhajas?

--Un reloj.

--¿De plata?

--De oro. Éste.

--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.

--Corriente.

--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac.

--Y las botas.

--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!

--Tendré bastante.

--Conozco un relojero que os comprará el reloj.

--Bueno.

--No, no es bueno. ¿Qué haréis después?

--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.

--¿Sabéis inglés?

--No.

--¿Sabéis alemán?

--No.

--Tanto peor.

--¿Por qué?

--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó ingleses. Lo paga mal, pero se vive.

--Aprenderé el inglés y el alemán.

--¿Y entretanto?

--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.

Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.

Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos el reloj.

--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.

--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.

--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.

El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía á setenta francos.

--Me quedan diez francos,--dijo Mario.

--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos muy lentamente.

En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.

Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro, en una cajita cerrada.

Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le quedaban tres francos.

La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca de aquel bebedor de sangre?

Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer deudas.

NOTAS:

[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior.

LIBRO QUINTO EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

I =Mario indigente=

La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo. En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes; crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en un ser despreciable, ó en un semidiós.

Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia. Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes ilustres.

Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.

Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que asaba él mismo, vivía tres días.

El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió constantemente, diciendo que nada necesitaba.

Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro; pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac; pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde: Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto, lo hacía con las tinieblas de la noche.