Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 62

Chapter 623,833 wordsPublic domain

En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo; además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato, lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era además desmesuradamente feo.

La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy, indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: _Grantaire es imposible_; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: _¡Si yo quisiera!_ y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía generalmente solicitado.

Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre, contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad, civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin cesar: _Me gustan las muchachas: me gusta el vino_, con el tono del «Viva Enrique IV».

No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre: Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba instintivamente á su contrario.

Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien. Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles. Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción; pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se escribe precedido de la conjunción _y_; su existencia no les pertenece; es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de estos hombres; era el revés de Enjolrás.

Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.

Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.

Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores del vino. Le toleraban por su buen humor.

Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás, rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás: ¡Qué hermoso mármol!

II =Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet=

Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain. Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por otra parte, bastante vagos.

La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY.

Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al joven del cabriolé:

--¡Señor Mario Pontmercy!

El cabriolé interpelado se detuvo.

El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.

--¡Eh!--dijo.

--¿Sois el señor Mario Pontmercy?

--Sin duda.

--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux.

--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto nunca.--No os conozco.

--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle.

Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux, imperturbable, prosiguió:

--¿No estabais anteayer en la cátedra?

--Es posible.

--Es cierto.

--¿Sois estudiante?--preguntó Mario.

--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta francos perdidos.

Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:

--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente. Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás ninguna ejecución. Pero de repente llama á _Mario Pontmercy_. Nadie responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: _Mario Pontmercy_, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista. Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y repitió por tercera vez: _¡Mario Pontmercy!_ Yo respondí: _¡presente!_ Y esto hizo que no se os tildara.

--¡Caballero!...--dijo Mario.

--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux.

--No os entiendo,--dijo Mario.

Laigle continuó:

--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder, y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de Meaux, y me llamo Lesgle.

--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre!

--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita: _¡Laigle!_ Yo respondo: _¡Presente!_ Entonces Blondeau me mira con la benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.

Mario exclamó:

--¡Siento muchísimo!...

--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su rigidez y en su fetidez. Y yo digo: _Erudimini qui judicatis terram_. Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la disciplina, _bos disciplinæ_, el perro de la consigna, el ángel de la lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante. Dios le borró como él me borró á mí.

Mario repitió:

--Siento mucho...

--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más puntual en lo sucesivo.

--Os pido mil perdones....

--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.

--Lo siento en verdad...

Laigle soltó una carcajada.

--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?

--En este cabriolé,--dijo Mario.

--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién. Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.

En este momento salía Courfeyrac del café.

Mario sonrió tristemente.

--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.

--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa.

--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa.

--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac.

--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el Águila).

--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet.

Courfeyrac subió al cabriolé.

--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago.

Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.

III =Admiraciones de Mario=

En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario, junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él. Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.

Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía charlatana. Se les mira y conoce desde luego.

Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:

--Á propósito: ¿tenéis opinión política?

--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta.

--¿Qué sois?

--Demócrata bonapartista.

--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac.

Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain, murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución. Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no comprendió: un discípulo.

Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado.

Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte, por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas. Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre, había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse. Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.

Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía, en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu tímido todavía.

Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo Combeferre replicaba:

--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.

Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.

Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.

Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:

--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.

Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador. Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba _Buonaparte._

Mario se admiraba vagamente. _Initium sapientiæ._

IV =La sala interior del café Musain=

Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un verdadero sacudimiento en su espíritu.

Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los cuatro extremos.

Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».

Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:

--Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel de Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo, se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario, un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías; el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul. Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas; pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató. Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro. La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer; la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista, ¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito, incluso la gramática: _Si volet usus_, dice Horacio. Por lo tanto, desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte? ¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción, como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato? Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria. Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia? ¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross, mueren anualmente cien personas de hambre.

Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan? Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el _Time is money_, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el _cotton is King_, ¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras, un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes, muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel, hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo: ¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París, hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman _bibinas_; las más célebres son la _Cacerola_ y el _Matadero_. Pero ¡oh! figones, bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto, y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos días.