Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 61

Chapter 613,858 wordsPublic domain

No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones subterráneas, como el _tugenbund_ alemán y el carbonarismo italiano; pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras. La _cougourde_ se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C.

¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el mejoramiento de los hombres.

Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el _Castratus ad castra_, que hizo de Narsés un general de ejército; dígalo el _Barbari et Barberini_; dígalo también el _Fueros_ y _Fuegos_ como el _Tu es Petrus et super hanc Petram_, etc., etc.

Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión; casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una taberna llamada de _Corinto_, de que hablaremos después, y cerca del Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el _Café Musain_, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.

Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en una sala interior del café Musain.

Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.

En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de policía.

La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre, Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly, Grantaire.

Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad. Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.

Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades invisibles que están detrás de nosotros.

Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica.

Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible, y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa. Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente; era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados, el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.

Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado. ¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado! Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio, aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento, aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el querubín formidable de Ezequiel.

Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución, Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución, decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. _Homo_ y _Vir_; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la palabra ciudadano; pero prefería la palabra _homme_; y de buena gana hubiese dicho _Hombre_, como los españoles. Todo lo leía, iba á los teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa _bombix_; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la colección del _Monitor_; meditaba. Decía que el porvenir está en manos del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de educación.

Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales, las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio, purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo «hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños: como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos; y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho mejor el alba.

Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un 93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.

Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso, al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos, llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel de alas de cisne del ángel con alas de águila.

Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición, y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios; estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales: el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición, el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás, era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás.

Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.

Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos _la idea de las nacionalidades_. Había estudiado expresamente la historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres, á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la gran violencia de 1772 le sublevaba.

La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era elocuente con esa elocuencia.

Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772, del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y rubricado, _ne varietur_, la repartición de Polonia. Cuando se examina el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772 es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.

Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se borra la de un pañuelo.

Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula _de_; y sabido es que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media del tiempo de _la Minerva_ estimaba tanto este pobre _de_, que se creía obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin; el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque, Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.

Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.

Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre.

Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele de mano en mano, _quasi cursores_, y casi siempre el mismo; de modo que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.

Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de un centro, la redondez y la irradiación.

Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con motivo del entierro del joven Lallemand.

Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo, maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia, atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda encontrarse; llevaba chalecos _temerarios_, y tenía opiniones de _escarlata_; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa: _abogado nunca_, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita, pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones higiénicas.

Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al año.

Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos; por eso tienen entendimiento».

Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar. El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento penetrante, y pensador más de lo que parecía.

Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.

Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.

El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en 1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).

El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el nombre escrito así: _Lesgle_.

Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle, y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si por inadvertencia ó á propósito.

El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de esa suerte, _L'Aigle (el Águila) de Meaux_.

Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.

En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida, le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de ahí su jovialidad. Solía decir: «_Vivo debajo del tejado cuyas tejas se caen_». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala suerte!» le decía.

Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva, abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio de la orgía esta frase memorable: «_Hija de cinco luises, sácame las botas_».

Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado; estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que Bossuet.

Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad, se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía. Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas, llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire.

Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón, lo cual es indicio de espíritu sagaz.

Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.

Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos, llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas, doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto.

Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.