Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 60

Chapter 603,956 wordsPublic domain

Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió una vuelta en redondo.

Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo sospechase.

Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata, de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario, profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».

Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.

Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.

Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre, á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho, desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió, los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo del padre y al padre del hijo.

Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á su abuelo.

Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los exámenes, las conferencias, etc.

El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco eso.

Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.

--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía.

En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.

--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía.

Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho, algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.

VII =Algún amorcillo=

Hemos hablado de un lancero.

Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial. Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.

Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente. Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo: y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.

Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.

Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé. Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja, mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver entrar en su cuarto un lancero.

--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó.

--De paso, tía.

--¡Pero, abrázame!

--¡Ya está!--dijo Teódulo.

Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.

--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?

--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.

--¡No es posible!

--Matemáticamente.

--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.

--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».

--Toma por la molestia.

Y le puso diez luises de oro en la mano.

--Por la satisfacción querréis decir, querida tía.

Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un poco el cuello con los cordones del uniforme.

--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella.

--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á propósito, tengo que preguntaros una cosa.

--¿Cuál?

--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?

--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo de su curiosidad.

--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.

--¿Y qué?

--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he visto su nombre en la hoja de la administración.

--¿Qué nombre?

--Mario Pontmercy.

--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!

--Como yo.

--Pero tú es por obligación, y él por desorden.

--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo.

En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor. Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo:

--¿Sabes que tu primo no te conoce?

--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse en mí.

--¿Y vais á viajar juntos?

--Él en el imperial y yo en la berlina.

--¿Adónde va esa diligencia?

--Á los Andelys.

--¿Y va allí Mario?

--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario.

--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario! ¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!

--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial.

--Oye, Teódulo.

--Ya oigo, tía.

--Préstame atención.

--Estoy atento...

--¿Estás?

--Estoy.

--Pues bien; Mario hace escapatorias.

--¡Eh! ¡Eh!

--Viaja.

--¡Ah! ¡Ah!

--Duerme fuera de casa.

--¡Oh! ¡Oh!

--Quisiéramos saber la causa.

Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:

--Cuestión de faldas.

Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:

--Alguna muchacha.

--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la palabra _muchacha_ acentuada casi de la misma manera por el tío y el sobrino. Y añadió:

--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla. Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.

Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo:

--Como usted quiera, tía.

Añadiendo para sí:

--Ya estoy convertido en chaperona.

La tía Gillenormand lo abrazó.

--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una muchachuela.

El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón Cartouche, elogiado por su probidad.

La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó roncando toda la noche.

Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón! ¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo despertó.

--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo.

Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.

--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?

En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció en la vidriera de la berlina.

--¿Mario será éste?--dijo el teniente.

En efecto, era Mario.

Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:

--Flores para las señoras, caballeros.

Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su cesta.

--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.

Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.

Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada á su alrededor.

--¡Está enamorado!--pensó Teódulo.

Mario se dirigió hacia la iglesia.

--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una mirada pasando por encima de Dios.

Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.

--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha.

Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la vuelta Mario.

Al llegar allí, se quedó estupefacto.

Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario.

La chica era una tumba.

VIII =Mármol contra granito=

Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París. Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».

El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió, pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras, y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía, tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo así, una especie de resonancia en París.

Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.

El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.

Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la buhardilla, ya Mario había salido.

La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón negro.

--Prefiero esto,--dijo Gillenormand.

Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.

La entrada fué triunfal.

El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la otra.

--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.

En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante á un medallón.

El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla, con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para él.

--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan mal gusto!...

--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona.

La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más que un papel cuidadosamente doblado.

--_De ella á él_,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que es; ¡un billete amoroso!

--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos.

Desdoblaron el papel y leyeron esto:

--«_Para mi hijo._ El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno de él».

Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una palabra.

Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo:

--Es la letra de aquel acuchillador.

La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de nuevo en la cajita.

En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió, y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.

Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. _El barón Mario de Pontmercy._

El viejo llamó, y acudió Nicolasita.

Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en medio de la sala, y dijo:

--Llévate esos arreos.

Pasó una hora larga de profundo silencio.

El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro, pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la hora, dijo la tía Gillenormand:

--¡Magnífico!

Algunos minutos después apareció Mario.

Estaba de vuelta.

Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:

--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué quiere decir esto?

Mario ruborizándose ligeramente, respondió:

--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.

Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:

--Tu padre soy yo.

--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla; de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país y á mí.

Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra _República_ se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido repentinamente.

Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de fragua sobre un tizón ardiente.

De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á resplandeciente.

--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos! ¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno! ¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro.

Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?

Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.

Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su abuelo, gritó con voz tonante:

--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!

Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era indiferente.

El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea, atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija, que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo sonriéndose, con una sonrisa casi serena:

--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden continuar bajo un mismo techo.

Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo hacia Mario gritándole:

--¡Vete!

Mario dejó la casa.

Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:

--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y nunca más volváis á hablarme de él.

Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de tres meses.

Mario, por su parte, había salido indignado.

Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación. Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada, todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?

Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el barrio latino.

¿Qué iba á ser de Mario?

NOTAS:

[13] _pendu_, ahorcado.

LIBRO CUARTO LOS AMIGOS DEL A B C

I =Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico=

En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase, estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á Napoleón y á la libertad.

Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano, variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el liberalismo bonapartista.

Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio; ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir. La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana.

Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso, signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.