Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 59
«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar, no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué falta! ¡Qué ceguera!
«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir, á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila; nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc, que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo? No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á toda la Francia?»
De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo: descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.
Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos aquí nuestro bosquejo.
En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle. Era la Francia de otros tiempos.
Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.
Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo, religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.
IV =Fin del bandido=
La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y cansino, de que hemos hablado anteriormente.
En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.
--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón.
--¿Para qué?--preguntó Mario.
--Para ver á tu padre.
Mario se estremeció.
En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un trabajo pesado.
Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.
Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand. El abuelo añadió:
--Parece que está enfermo, y te manda llamar.
Y después de un rato de silencio añadió:
--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma billete. Dice que corre prisa.
Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.
Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.
Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del señor Pontmercy?...».
Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.
Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla en la mano.
--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario.
La mujer permaneció inmóvil.
--¿Está aquí?--preguntó Mario.
La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.
--¿Puedo hablarle?
La mujer hizo un signo negativo.
--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera.
--Ya no os espera,--dijo la mujer.
Mario observó entonces que la mujer lloraba.
Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.
En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en camisa y tendido sobre los ladrillos.
Éste era el coronel.
Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba orando el otro.
El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió al señor Gillenormand llamando á su hijo.
El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.
Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el cura llegaron tarde.
También había llegado tarde el hijo.
Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.
Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez; aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos, y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.
La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro cualquier muerto.
Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba igualmente.
Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.
Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.
Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!
El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el entierro.
La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:
«_Para mi hijo._--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:
«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».
No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte, que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el papel y se lo guardó.
Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en abrojos y maleza, y murieron.
Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes, sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.
Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.
Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.
V =Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario=
Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: _Mabeuf, capillero_.
En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:
--Caballero, éste es mi sitio.
Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.
Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo:
--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído impertinente, y debo daros una explicación.
--Es inútil, caballero,--dijo Mario.
--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí. Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor. ¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo, porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un sablazo.
--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo.
--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?
--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre.
El anciano obrero juntó las manos y exclamó:
--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.
Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.
Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:
--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que me ausente por tres días?
--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete.
Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:
--¡Algún amorcillo!
VI =Consecuencias de haber encontrado á un capillero=
Á dónde fué Mario, más adelante se verá.
Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió la colección del _Monitor_.
Leyó el _Monitor_; leyó la historia de la República y del Imperio, el _Memorial de Santa Elena_, todas las memorias, todos los periódicos, todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H. El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella especie de león-cordero, que había sido su padre.
Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.
Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:
--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el viejo:
--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una pasión.
Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.
Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas. Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir estas frases paso á paso, é indicarlas todas.
Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.
El primer efecto fué un deslumbramiento.
La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón. No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su conciencia que todo aquello había sido bueno.
Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí. Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.
Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.
Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.
Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido, cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre! ¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo! ¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave; se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.
Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido. Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían rancias, se indignaba y sonreía.
De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la rehabilitación de Napoleón.
Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin esfuerzo.
Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres. Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814 hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser grotesco; desde Tiberio al Coco.
Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca acerca de _aquel hombre_--como le llamaban--otras ideas que ésas, las cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que odiaba á Napoleón.
Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á los ojos de Mario.
Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los luminosos y espléndidos del entusiasmo.
Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!
Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es imponente.
Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería; de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales. Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante. De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!
Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus defectos, poderoso en sus crímenes.
Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús el Hombre-Dios.
Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente.
Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.