Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 58

Chapter 583,793 wordsPublic domain

Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher, que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones, distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada, verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo. Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio. Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina, y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos, y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir, igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales, como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido, al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El emperador, satisfecho, le dijo:

«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».

Pontmercy respondió:

--Señor, os lo agradezco por vida mía.

Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.

Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo, sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los acantonamientos del Loire.

La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre «el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa: ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al señor comandante Pontmercy».

Devolvióles las cartas sin abrirlas.

En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas _al general Bonaparte_. Pontmercy había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma saliva que su emperador.

En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.

Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es permitido llevar mi cicatriz?

No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar, digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo entregaban le desheredaría.

El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al lado, dedicó su cariño á las flores.

Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba. Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó acordándose de Austerlitz.

El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero». Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo obrar bien, sacrificándose únicamente él.

La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido.

Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo de aquella solterona.

De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el señor Mabeuf.

Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero; su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos, bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo tras sí luego otras muchas.

El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón. El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa; el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de arriba; no hay otra diferencia.

Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.

III =Requiescant=

La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor.

Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis, que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas.

Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba bajo el seudónimo de _Carlos Antonio_ odas de una sola rima; el príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****, buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy, columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en 1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico, mientras que él lo era como soldado.

Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día; llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas, y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos diputados del género _inhallable_ jugaban al wist; el señor Tribord de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un filósofo un baile.

Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien Larose, su colaborador en el _Rayo_, decía: «¡Bah! _¿Quién no tiene cincuenta años? Algunos boquirubios solamente_»; el abate Letourneur, predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde, ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados; además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, _postulatore di santi_, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl****** T*******.

El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos en el _Conservador_; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******, se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo _in partibus_ de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola».

El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís, y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie, recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta, sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos, aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******, el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir, príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba, según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor Gillenormand reinaba allí.

Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas, aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á título de corrección.

Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora son demagogos; digámoslo en elogio suyo.

En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando al rey en intimidad, _el rey_ en tercera persona, y no decir nunca «vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador».

Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia.

Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia, parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos. En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes, completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el sepulcro.

Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su diccionario; _oler bien_ era lo importante. Y en efecto; las opiniones de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban embalsamados, los criados rellenos de paja.

Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis criados».

¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.

Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya desaparecido. Expliquémonos:

Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra.

El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las Restauraciones.

No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en 1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico de la derecha.

Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado. Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración; grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón. Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un sable. El _Antiguamente_ desconociendo el _Ayer_.

No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto, ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su misión; y que pronto abren terribles profundidades!

Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.

Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias. Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet, publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey.

Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818 empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban. Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar. Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado. Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un liberalismo conservador, y se les oía decir: