Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 57
La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya, como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra». Cuando entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba. Daba á los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés, Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático, de cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero como era natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco. En cuanto á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón, de que hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender, una arrogante cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada raza de los conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?--le preguntó el señor Gillenormand.
--Treinta francos.
--¿Cómo os llamáis?
--Olimpia.
--Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita.
VI =Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos=
En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el de aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal; á lo que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía alguna vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en una cestilla, lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante recién nacido, chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas, que una criada, echada de su casa hacía seis meses, le atribuía.
El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos. Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:--Bien, ¿y qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de una camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del amor, que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno de los grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo de un hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada de extraordinario. ¿Y la Biblia entonces?
«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide, puesto que él no tiene la culpa».
Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un niño. Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los dos chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta francos al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á las andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré á verlos de cuando en cuando.
Y así lo hizo.
Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. _Le he perdido joven_, decía.
Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico, que por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres se encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de circulación prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el camino del cielo.
En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna, la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo; y si hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez. Quería que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías. Un día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de una manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación:
--¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas porquerías! Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros. ¡Caracoles! No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido robado como en un bosque, pero de mala manera. _¡Silvæ sint consule dignæ!_
Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un soldado de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el grado de coronel en Waterloo. Es _la deshonra de mi familia_, decía el viejo burgués.
Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios.
VII =Regla: no recibir á nadie más que de noche=
Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre en forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era venerable.
Tenía algo del siglo XVIII: frívolo y grande.
En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand, que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había vivido en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio. No se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de haber ya cumplido los ochenta años.
Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres. La principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere, sino de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta. Era la moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla, decía, y no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo encienden su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se cerraba para todo el mundo, aunque fuése por el mismo rey.
Antigua elegancia de su tiempo.
VIII =Las dos no hacen pareja=
Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar, habían nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía, habían sido lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma encantadora, amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en flores, versos y música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta, etérea, unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura heroica. La mayor tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un asentista, cualquier acaudalado proveedor, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho hombre, ó algún gobernador; las recepciones del gobierno, los ujieres de antecámara con la cadena al cuello, los bailes oficiales, las arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto agitaba de continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban, pues, cada una en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían alas; la una como un ángel, como un ganso la otra.
Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el hombre que había soñado, pero murió la pobre.
La mayor no pudo llegar al matrimonio.
En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una de las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de su familia, nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la _Señorita Gillenormand mayor_.
En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado puntos á una _miss_. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía un recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga.
La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente. Su pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele el mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto menos amenazada está la fortaleza.
Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de lanceros, sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo.
Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de _Mojigata_ con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita Gillenormand era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una medio virtud y medio vicio.
Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado. Era de la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco, murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y al través de grandes rayos de madera dorada.
Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada señora Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand tenía el gusto de ser un águila.
Después del _Agnus Dei_ y del _Ave María_, la señora Vaubois, perfecta en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de inteligencia.
Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que perdido al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas. No había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los años desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración. Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el estupor de una vida que terminaba sin haber empezado.
Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su lado del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á su hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos debilidades que se apoyan mutuamente.
Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo, un niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor Gillenormand, que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á veces con el bastón levantado:
--_¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded tunante... ¡Que os vea yo la cara, holgazán!_... etc., etc. Le idolatraba. Era su nieto.
Ya veremos nuevamente á este joven.
LIBRO TERCERO EL ABUELO Y EL NIETO
I =Una tertulia antigua=
Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento, primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio respeto.
En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.
Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI, embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la corte, _sociedad muy mezclada_, decía ella, en un aislamiento noble, altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo, daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta, sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo bajo de las esperanzas que dejaba concebir el _señor_, hermano del rey, más tarde Carlos X.
Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que á Napoleón se le llamaba _Nicolás_. Las duquesas más delicadas y las mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como ésta, dirigida á los «federados»:
Recoged en los calzones la camisa que se sale, no digan que los patriotas levantan bandera blanca.
Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban parte los ministros _Decazes_, Decasa, y _Deserre_, Destufa:
Para afirmar el trono removido en su planta hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.
Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que resultaban frases como ésta: _Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr_. Todo alegremente.
En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía, para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también cantaban su _Ça ira_:
¡Ya irán, ya irán, ya irán los bonapartistas del farol á colgar!
Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.
En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista». Calificaban á los liberales de _hermanos y amigos_, lo cual se tenía por el último extremo de la injuria.
Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos gallos.
El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois, del cual se decía por lo bajo con cierto respeto _¿No lo sabéis? Es el Lamothe del asunto del collar._ Los partidos tienen estas amnistías singulares.
Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se admite á los ladrones con tal que sean dioses.
El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.
Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su nombre de Valois.
En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era absolutamente de buen género. Tenía autoridad.
Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una venerable aureola.
Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia. Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo aprobó. _Todos los reyes que no son el rey de Francia_, dijo él, _no pasan de reyes de provincia_. Un día oyó esta pregunta y esta respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del _Correo Francés_? Á ser suspendido. El _sus_ está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos de este género fundan una situación.
En un _Te Deum_, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al príncipe de Talleyrand, y dijo:
--_He ahí á su Excelencia el Mal._
Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la superioridad del viejo hidalgo.
Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella _prolongada_ señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco, sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones: ¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su padre era «un bandido del Loira».
Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia».
II =Uno de los espectros rojos de aquel tiempo=
Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón, y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana, vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja, calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños: son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río, y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni lugareña.
El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda su ocupación.
Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua, había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando, andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor Mabeuf, un buen anciano.
Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo. Éste era el bandido del Loire.
El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las biografías, el _Monitor_ y los boletines del gran ejército, hubiera podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy. Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira, en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo roto de un balazo.
Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente. Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: _Berthier ha sido artillero, soldado de á caballo y granadero_. En Novi vió caer á su antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable, gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas. El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de las fragatas británicas.