Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 56

Chapter 563,775 wordsPublic domain

Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo; pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad! ¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su truhanería.

Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla, en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: _libertad_, al oído de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset en Barcelona.

Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre; sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas. Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de Teseo, y escribe _Credeville ladrón_ en las pirámides.

París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.

Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es audaz.

La audacia es el precio del progreso.

Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie, que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la premedite; es preciso que Dantón se atreva.

El grito _¡Audacia!_ es un _Fiat lux_.

Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora es audaz cuando aparece.

Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza. El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el botafuego de Cambronne.

XII =El latente porvenir del pueblo=

En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto hemos estudiado el águila en el gorrión libre.

En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos, en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. _Fex urbis_, exclama Cicerón; _mob_, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho. Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas? Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz, luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones?

Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta multitud puede llegar á ser sublime.

Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal. Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad.

La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él, Galileo y Newton descubren los astros.

XIII =El niño Gavroche=

Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre, que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su madre.

Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.

Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.

Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.

Había empezado por sí mismo á volar.

Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto, chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar, ni cariño, pero estaba contento porque era libre.

Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.

Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín; bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal, llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.

En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos.

La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto, habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho: Nunca faltarán mujeres viejas.

Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado sucesivamente en su alma.

Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas, los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas celdas de que hemos hablado anteriormente.

Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse Jondrette.

Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una frase memorable de la inquilina principal _á la entrada de la nada_, el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó tal vez por un español, ése seré yo.

Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa; el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le preguntaban:

--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle.

Cuando se iba le preguntaban:

--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle.

Su madre le decía:

--¿Pues qué vienes á hacer aquí?

Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que debían ser un padre y una madre.

Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.

Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?

Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.

Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos que unen á sus individuos.

El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el último al extremo del corredor.

La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario.

Digamos ahora quién era este Mario.

LIBRO SEGUNDO EL NOBLE BURGUÉS

I =Noventa años y treinta y dos dientes=

En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen aún algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un buen señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer. Este buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras que se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de calles inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV, los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli, los nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de paso, en que se patentiza el progreso.

El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos hombres á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho, y que son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no se parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo de otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez que podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio, comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una renta de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya; este gallardo viejo había estado bueno siempre.

Era superficial, de genio vivo é iracundo. Enfadábase por cualquier cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le contradecía levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el gran siglo. Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la que golpeaba á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera de buena gana dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años. Abofeteaba enérgicamente á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas! Uno de sus juramentos era: _¡Por el pantuflo de la pantuflada!_ Tenía otras gracias singulares. Se hacía afeitar diariamente por un barbero que había estado loco, y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand por culpa de su mujer, linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba su propio discernimiento en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz; he aquí uno de sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo decir, cuando me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras que más frecuentemente pronunciaba, eran: _el hombre sensible_ y _la naturaleza_. Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le ha concedido nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas sátiras domésticas.

La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo, le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene tipos de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un tigre de salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas de la Ópera son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto, á los hombres, pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas, los convierten en ostras y se los tragan. Los caribes no dejan más que los huesos; ellas no dejan más que la concha. Tales son nuestras costumbres. No devoramos, es verdad, pero roemos; no exterminamos tampoco, pero arañamos.

II =Á tal amo, tal casa=

Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número habrá cambiado también con la revolución de números que sufren las calles de París.

Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso, situado entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices de los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles; los dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño en los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de nueve hojas de laca, de Coromandel.

Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al caer grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie de estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio de una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto, tenía un gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con una colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne hecho á los galeotes, con destino á su querida.

Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería.

En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña siempre su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo tiempo que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen. Era entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato que no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos, con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso.

Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los _increíbles_ del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y había seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes solapas, faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón corto y zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las faltriqueras, diciendo con cierta autoridad: _La revolución francesa es una gavilla de salteadores_.

III =Lucas-Espíritu=

Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas, entonces ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la Sallé.

Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba grandes recuerdos, y se admiraba diciendo:

--¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última vez que la vi en Longchamps, rizada á lo _sentimental_, con _ven á verme_ de turquesas, vestido de color de _recién llegado_, y con su manguito de _agitación_!

Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin, de la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le vió por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco encantador». Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en la política y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los periódicos, _los papeles de noticias, las gacetas_, como los llamaba él, reventando de risa.

--¡Oh!--exclamaba.--¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann! ¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico: ¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían tan tontos que pasaría.--Llamaba alegremente todas las cosas por su verdadero nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de las señoras. Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta tranquilidad é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era la sin aprensión de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las perífrasis en verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa.

Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio, y le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu.

IV =Aspirante á Centenario=

Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que era su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer el recuerdo de su coronación. _El duque de Nevers_ era para él la gran figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!--decía--¡Qué bien le sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef.

Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían en el siglo XVIII un luis el frasco de una media onza, el gran remedio para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó doscientos frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio, diciéndole que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de hierro. Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789; repetía sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y cómo había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le cortasen la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él elogiar á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse. Algunas veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: _estoy seguro de que no veré dos veces el noventa y tres_.

Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años.

V =Vasco y Nicolasita=

Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas:

«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene mujer propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos, que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay más que un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus manos los cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre.

«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo de todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á los procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los contratos; se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete y compromete, ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y desarregla, atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y particular: esto la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella la satisfacción de arruinarle».

Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo estrictamente necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia, unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían extinguirse con él.

No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna. Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros, como por ejemplo, el de trocarse _en bienes nacionales_; había asistido á las conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro, por lo que decía: _todo eso irá á parar á la calle Quincampoix_ (esto es, al trapero).