Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 67

Chapter 671,845 wordsPublic domain

Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos, tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual, por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador. Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada al otro.

Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba prosiguiendo el paseo.

Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo; entonces Mario se marchaba. Otra falta.

Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco, fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre, ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía; adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó. ¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios para dormirse.

--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba.

Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del bolsillo.

Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón. La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo manifestaba por medio de señas imperceptibles.

--¡Oh pudor!--decía Mario.

VIII =Hasta los inválidos pueden ser felices=

Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos, debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis, experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y pasear por la alameda.

Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.

De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras, encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga, dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita. Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.

La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable; la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría causado mayor placer.

Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda, volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas, con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».

Éste fué «su primer disgusto».

Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra «Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar; pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo demás, la pasión crecía, llegando á la locura.

IX =Eclipse=

Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que ella se llamaba Úrsula.

Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.

Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa: siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia. Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo, la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.

Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos y preguntó muy resuelto al portero:

--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?

--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero.

Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á Mario.

--¿Interior ó exterior?--preguntó.

--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero.

--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario.

--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo, que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.

--¿Cómo se llama?--interrogó Mario.

El portero alzó la cabeza, y dijo:

--¿Sois acaso de la policía?

Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.

--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.

Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.

Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la luz.

Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas. Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día. Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el corazón.

Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce, hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.

Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.

No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso estaba completamente á oscuras.

Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:

--¿El señor del piso tercero?

--Ha desocupado,--contestó el portero.

Mario vaciló, y preguntó débilmente:

--¿Desde cuándo?

--Desde ayer.

--¿Adónde ha ido á parar?

--No lo sé.

--¿No ha dejado su nueva dirección?

--No.

Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:

--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de policía?

FIN DEL TOMO PRIMERO