Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 53
--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo. Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida, compadre.
El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.
--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las manos.
El carro fúnebre se detuvo.
El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.
Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.
--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent.
VI =Entre cuatro tablas=
¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.
Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y apenas podía respirar.
Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera. Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni calma más completa.
De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.
Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases del terrible drama que estaba representando con la muerte.
Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo: aquí está la fosa.
Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo.
Después tuvo una especie de vértigo.
Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo del hoyo. Sintió una especie de frío.
Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que no comprendía:
--_Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam, et alii in opprobrium, ut videant semper._
Una voz infantil contestó:
--_De profundis._
La voz grave volvió á oirse diciendo:
--_Requiem æternam dona ei Domine._
La voz infantil respondió:
--_Et lux perpetua luceat ei._
Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.
Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré de aquí. Es cosa de una hora.
La voz grave repitió:
--_Requiescat in pace._
Y la voz de niño dijo:
--_Amén._
Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que se alejaban.
--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo.
Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del trueno que despide el rayo.
Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.
Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.
Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.
Cayó otra paletada. Después otra.
Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el conocimiento.
VII =Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete=
He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan Valjean.
Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada en el montón de tierra.
Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.
Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:
--¡Yo soy quien paga!
Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:
--¿El qué?
Fauchelevent repitió:
--¡Yo pago!
--¿El qué?
--El vino.
--¿Qué vino?
--El de Argenteuil.
--¿Dónde está ese Argenteuil?
--En el _Buen Membrillo_.
--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero.
Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un sonido ronco.
Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:
--Camarada, ¡antes de que cierren el _Buen Membrillo_!
El enterrador llenó nuevamente su pala.
Fauchelevent continuó:
--¡Yo pago!
Y asió del brazo al sepulturero.
--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber un trago.
Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta reflexión lúgubre:
--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?
--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis, consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo.
Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.
--¡Argenteuil de á seis!
--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.
Y arrojó á la fosa la segunda paletada.
Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se dice:
--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga.
--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero.
Y echó la tercera paletada.
Después, clavando la pala en tierra, añadió:
--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.
En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo entreabierto el bolsillo de la blusa.
La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo, y se detuvo.
El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel bolsillo abierto.
La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.
Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo, sacando la cosa blanca que estaba en el fondo.
El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.
En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le miró con cierta profunda calma diciéndole:
--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?
El enterrador se detuvo.
--¿Qué?
--Que va á ponerse el sol.
--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.
--Que se va á cerrar la verja del cementerio.
--¿Y qué?
--¿Tenéis la tarjeta?
--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador.
Y buscó en sus bolsillos.
Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los dos del chaleco, uno después de otro.
--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado.
--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent.
El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros lívidos.
--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince francos de multa!
--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent.
El enterrador dejó caer la pala.
Habíale llegado su turno á Fauchelevent.
--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone, que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á cerrarse dentro de cinco minutos.
--Es verdad,--dijo el enterrador.
--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la verja.
--Es verdad.
--En ese caso, pagaréis quince francos de multa.
--¡Quince francos!
--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?
--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de Vaugirard, número 87.
--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir inmediatamente.
--Es verdad.
--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo guardándole para que no se escape.
--Os debo la vida, provinciano.
--Largaos presto,--dijo Fauchelevent.
El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y partió corriendo.
En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y dijo en voz baja:
--¡Señor Magdalena!
Nadie respondió.
Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:
--¿Estáis ahí?
Continuó el silencio en el ataúd.
Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.
Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el ataúd. Miraba á Juan Valjean.
Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.
Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:
--¡Está muerto!
É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:
[Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó quedándose sentado=]
--¡Éste ha sido mi modo de salvarle!
Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes emociones hablan en voz alta frecuentemente.
--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil? ¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué va á decir la frutera?
¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos! Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó. Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! ¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer ahora!
Y se arrancaba los cabellos.
Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era la verja del cementerio que se cerraba.
Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los ojos abiertos le estaba mirando.
Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.
--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean.
Y se incorporó quedándose sentado.
Fauchelevent cayó de rodillas.
--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto!
Después se levantó diciendo:
--¡Gracias, señor Magdalena!
Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había vuelto en sí.
La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi tanto como Juan Valjean para reponerse.
--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin de fiesta.
--Siento frío,--dijo Juan Valjean.
Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad. Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué, turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural y siniestra del lugar.
--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent.
Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.
--Antes de todo un trago,--dijo.
La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.
Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.
Tres minutos después había salido de la fosa.
Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.
Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron el ataúd vacío.
Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:
--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.
Cerraba ya la noche.
Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar; en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.
--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo; moveríamos un poco los talones.
--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á las piernas.
Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre. Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero, Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron los dos.
--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena!
Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes. La calle de Vaugirard estaba desierta.
--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el número 87.
--Aquí está precisamente,--dijo Valjean.
--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y esperadme dos minutos.
Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la obscuridad á la puerta de una buhardilla.
Respondióle una voz.
--Entrad.
Era la voz de Gribier.
Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama; el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo, que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca, formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier parecía desesperado.
Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para fijarse en este lado triste de su triunfo.
Entró, pues, y dijo:
--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.
Gribier le miró estupefacto.
--¿Sois vos, provinciano?
--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del cementerio.
Y dejó en el suelo la pala y el azadón.
--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier.
--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince francos. Esto es lo que hay, recluta.
--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer enterramiento seré yo quien pague de beber.
VIII =Interrogatorio feliz=
Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de aquellos hombres levantó el picaporte y llamó.
Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.
Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente». ¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: _¡No digas nada!_ El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos como un niño?
Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un abismo.
Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las puertas se abrieron.
Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.
El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de la puerta cochera.
El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido Fauchelevent las órdenes de la priora.
La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado, cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.
Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio
La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos ojos bajos.
Después le interrogó:
--¿Sois el hermano?
--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
--¿Cómo os llamáis?
Fauchelevent respondió:
--Último Fauchelevent.
Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había muerto.
--¿De dónde sois?
Fauchelevent respondió:
--De Picquigny, cerca de Amiens.
--¿Qué edad tenéis?
--Cincuenta años.
--¿Qué oficio es el vuestro?
Fauchelevent respondió:
--Jardinero.
--¿Sois buen cristiano?
Fauchelevent respondió:
--Todos los somos en nuestra familia.
--¿Es vuestra esta niña?
Fauchelevent respondió:
--Sí, reverenda madre.
--¿Sois su padre?
Fauchelevent respondió:
--Su abuelo.
La madre vocal dijo á la priora á media voz:
--Responde bien.
Juan Valjean no había pronunciado una palabra.
La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre vocal:
--Será fea.
Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y después volvióse la priora y dijo:
--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se necesitan dos.
En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento. Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.
Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.
Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta observación de la priora refiriéndose á Cosette: _Será fea_.
Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette, admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.
Es todo ello altamente lógico.
Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.
Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía: me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard; el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo advirtió.
En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato se publicó en el _Illustrated London News_ con esta inscripción: _Buey que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos_.
IX =Clausura=