Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 54
Cosette en el convento continuó guardando silencio.
Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía, hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:
--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.
Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien?
El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole. Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el _otro Fauvent_.
Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio de mucho más de un mes.
Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.
Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía, como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor [Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello, por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea, cuyo exacto facsímile reproducimos[12]:
Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó Fauchelevent.
Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo. Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.
Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes frutas.
Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.
Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su presencia de alegría.
Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette. La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.
Porque entonces Cosette ya reía.
El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa las nubes del rostro humano.
Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento, Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se levantaba para mirar las ventanas del dormitorio.
Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette, á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría concluido por volver al odio?
El convento le detuvo en aquella pendiente.
Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud, en lo que había sido para él el principio de la vida, y después, recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación.
Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las espirales sin fin de meditación.
Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos; no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga». Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado, sumisos á la vara en la vergüenza.
Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.
Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos. No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno, y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían, no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo, era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra.
En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno, permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz.
Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.
¿Qué habían hecho aquellos hombres?
Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.
¿Qué habían hecho estas mujeres?
Nada.
Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio, todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la inocencia.
La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción, unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.
De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.
¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!
Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.
Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.
Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención; tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman muerte.
En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo por la fe.
¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.
¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.
Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos clases de seres realizaban lo mismo: la expiación.
Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?
Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de las generosidades humanas: la expiación ajena.
Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores; nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos sus impresiones.
Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado, para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante: débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de los escogidos.
¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!
Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios.
¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?
Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal semejanza.
Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar ángeles.
Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba viendo cercando corderos.
Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes vivían más oprimidas que los presidiarios.
Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud, atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.
¿Por qué?
Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio de la sublimidad.
En tales meditaciones el orgullo se desvanece.
Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.
Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado ante aquella religiosa.
Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.
Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en el crimen; sin la segunda, en el suplicio.
Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.
Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.
NOTAS:
[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet.
TERCERA PARTE MARIO
LIBRO PRIMERO PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO
I =Parvulus=
París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión, el hijo pilluelo.
Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un pequeño ser. _Homuncio_, como diría Plauto.
Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha, inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado, frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas, habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente.
Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho? respondería: Es mi pequeñín.
II =Algunas de sus señas particulares=
El chico de París es el enano del gigante.
No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa, pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle, porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus metáforas especiales: al morir, le llama él: _comer dientes de león por la raíz_; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer _puentes de las artes_; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de _arambeles_, tiene un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia de chiquillos.
En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda, el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos; negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del campo de Marte, renacuajos.
En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama elevado hasta la farsa.
Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico: ¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á entregar su obra?
Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:
--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.
--¡Yo, señor! Registradme.
III =Es divertido=
Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio de procurarse, el _homuncio_ entra en un teatro. En cuanto atraviesa aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití. Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida, malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso.
Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.
El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita _Muche_.
Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales, caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos los ritmos, desde el _De profundis_ hasta las Carnestolendas; encuentra sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El pilluelo de París es Rabelais en pequeño.
No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.
Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones, deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa. Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!
IV =Puede ser útil=
París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París únicamente tiene esos tipos en su historia natural.
Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el pilluelo.
Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se anuda y _desnuda_ en el sufrimiento; en presencia de las realidades sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir, pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo, Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.
Este niño crecerá.
¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y populachero, ¿será un genio ó un beocio?
Esperad; _currit rota_, el espíritu de París, ese demonio que crea los hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino, hace del cántaro un ánfora.
V =Sus fronteras=
El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de sabio. _Urbis amator_, como Fusco; _ruris amator_, como Flaco.
Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas, que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París. Observar los alrededores es observar un anfibio.
Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés extraordinario.
De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el epíteto de _tristes_.