Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 52
--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho. Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?
--No.
--¿Hay más que hacer?
--Sobre la caja vacía...
Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora meditaba igualmente.
--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?
--Le enterraremos.
--¿Vacío?
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.
--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.
--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa, conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.
--¡Ah, _di_...!--exclamó Fauchelevent.
La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El _ablo_ se le quedó atascado en la garganta.
Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.
--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.
--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que llenaréis así el vacío del ataúd?
--Queda á mi cargo.
El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó. Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior. Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora levantó dulcemente la voz.
--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro, acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.
IV =Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo=
Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:
--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la Thénardier, obedece y no digas otra palabra!
Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.
Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.
--¿Y qué?
--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la niña, es cosa fácil.
--¿La llevaréis?
--¿Se estará callada?
--Yo respondo.
--Pero ¿y vos, señor Magdalena?
Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:
--¡Pero salid por donde habéis entrado!
Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:
--¡Imposible!
Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean, murmuró:
--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.
¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.
Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.
Fauchelevent continuó:
--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.
Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta. Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.
--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean.
Fauchelevent respondió:
--El ataúd de la administración.
--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?
--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la caja, y no habrá nada dentro.
--Pues meted cualquier cosa.
--¿Un muerto? No le tengo.
--No.
--¿Pues qué?
--Un vivo.
--¿Qué vivo?
--Yo,--dijo Juan Valjean.
Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo debajo de su silla.
--¿Vos?
--¿Y por qué no?
Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago en un cielo de invierno.
--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí tenéis.
--¡Ah! os reís; no habláis formalmente.
--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?
--Sin duda.
--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?
--¿Y qué?
--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.
--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.
--Vaya por el paño blanco.
--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.
Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba «la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.
Juan Valjean prosiguió:
--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese ataúd?
--¿El vacío?
--Sí.
--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y debajo del paño mortuorio.
--¿Cuál es la longitud de la caja?
--Seis pies.
--¿Y dónde está la sala de los muertos?
--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín, la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da al convento, y otra á la iglesia.
--¿Á qué iglesia?
--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.
--¿Tenéis las llaves de ambas puertas?
--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la de la puerta que da á la iglesia.
--¿Y cuándo abre esa puerta el portero?
--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.
--¿Quién clava el ataúd?
--Yo.
--¿Quién pone el paño encima?
--Yo.
--¿Vos solo?
--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.
--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento, ocultarme en dicha sala?
--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo en mi poder.
--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?
--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.
--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.
--Yo os llevaré que comer.
--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.
Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.
--¡Pero es imposible!
--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?
Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.
Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.
Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:
--Pero ¿cómo lo haréis para respirar?
--Respirando.
--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.
--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?
--El que se evade no tose ni estornuda jamás.
Y Juan Valjean añadió:
--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó salir en el carro de los muertos.
Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso. Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y murmuró:
--La verdad es que no hay otro medio.
Juan Valjean replicó:
--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.
--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá. Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará. Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté. Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está abierto aún el _Buen Membrillo_. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo. Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo. Se va, y os saco del agujero.
Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.
--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.
--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería terrible!
V =No basta ser borracho para ser inmortal=
Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas. Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros. Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se dirigía al cementerio de Vaugirard.
Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja de un escoplo y las puntas de unas tenazas.
El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.
Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro, no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince francos de multa.
Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: _Al Buen Membrillo_.
El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise ¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses, con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente. Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.
Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El cojo que le seguía era Fauchelevent.
El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar, la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada había salido mal.
Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.
Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.
Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra, habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una de esas tranquilidades potentes que se comunican.
Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto, completa.
Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y dijo á media voz frotándose sus grandes manos:
--¡Vaya una farsa!
Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos, apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes bolsillos, y un azadón al brazo.
Fauchelevent miró á ese desconocido.
--¿Quién sois?--le preguntó.
El hombre le respondió:
--El sepulturero.
Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no hubiera hecho un movimiento más expresivo.
--¡El sepulturero!
--Sí.
--¡Vos!
--Yo.
--El sepulturero es el tío Mestienne.
--Ha sido.
--¿Cómo... ha sido!
--Porque ha muerto.
Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un enterrador.
Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.
Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para tartamudear:
--¡Pero esto no es posible!
--Pues lo es.
--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne.
--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.
Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.
Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un médico desacreditado convertido en enterrador.
Fauchelevent se echó á reir.
--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir? Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento; era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada? Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.
El hombre respondió:
--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.
El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la calle principal del cementerio.
Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de necesidad.
El enterrador iba delante.
Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.
Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que, siendo flacos, son muy fuertes.
--¡Camarada!--gritó Fauchelevent.
El hombre se volvió.
--Soy el sepulturero del convento.
--Mi colega,--dijo el hombre.
Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces murmuró:
--¿Conque murió el tío Mestienne?
El hombre contestó:
--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que morir.
Fauchelevent repitió maquinalmente:
--Conque Dios...
--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.
--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent.
--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.
--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se niega entre gentes de buena voluntad.
--Primero es el deber.
--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent.
Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al apartado de las monjas.
El sepulturero añadió:
--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que coman, no puedo yo beber.
Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una máxima:
--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo.
El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal, atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura. Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.
Fauchelevent se aproximó al enterrador.
--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído.
--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.
--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á esta rama, demasiado débil en verdad.
--Lo uno no impide lo otro.
Fauchelevent no entendió esta frase.
--Vamos á beber,--dijo.
Aquí es indispensable una observación.
Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de pagar.
El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad: