Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 51
--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia, que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos. Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he ahí lo que es un entierro. _De profundis._
Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.
El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero continuó pacíficamente su charla:
--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen, va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima, porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente para ellas.
¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y el señor Magdalena ha...
--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.
Fauchelevent hizo rebotar la palabra.
--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero entierro.
Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.
--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí encontraréis vino, pan y queso.
Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy!
Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.
Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz dulce respondía: _Por siempre jamás. Por siempre jamás_, es decir: _Adelante_.
Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular. La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á Fauchelevent.
II =Fauchelevent ante la dificultad=
El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente, generalmente alegre.
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los ojos y le dijo:
--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?
Tal era la abreviación adoptada en el convento.
Fauchelevent repitió el saludo.
--Tío Fauvent, os he mandado llamar.
--Aquí me tenéis, reverenda madre.
--Tengo que hablaros.
--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre.
La priora le miró.
--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?
--Una súplica.
--Está bien, hablad.
El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza. Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso. Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.
Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.
No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.
La congregación le apreciaba.
Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades! Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.
El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló, frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora, pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos; que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.
Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:
--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?
--¿Para hacer?
--Una palanca.
--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas, probablemente, las madres vocales.
Fauchelevent, quedó solo.
III =La madre Inocente=
Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo sentándose otra vez en la silla.
Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor que podamos el diálogo que se empeñó:
--¿Tío Fauvent?
--¿Madre reverenda?
--¿Conocéis bien la capilla?
--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.
--¿Habéis entrado en el coro alguna vez?
--Dos ó tres.
--Es preciso levantar una piedra.
--¿Pesada?
--La losa del suelo que está junto al altar.
--¿La piedra que cierra la bóveda?
--Sí.
--Es obra para la que se necesitan dos hombres.
--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.
--Una mujer no es nunca un hombre.
--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.
--Ni yo tampoco.
--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no es un taller.
--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!
--Además, tendréis una palanca.
--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.
--La piedra tiene una argolla.
--Pasaré por ella la palanca.
--La piedra está colocada de modo que pueda girar.
--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.
--Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
--¿Y cuando la bóveda esté abierta?
--Será preciso volverla á cerrar.
--¿Es esto todo?
--No.
--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.
--Fauvent, tenemos confianza en vos.
--Estoy aquí para lo que se ofrezca.
--Y para callar.
--Sí, reverenda madre.
--Cuando esté abierta la bóveda...
--La cerraré de nuevo.
--Pero antes...
--¿Qué, reverenda madre?
--Será preciso bajar algo.
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:
--¿Tío Fauvent?
--¿Reverenda madre?
--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?
--No.
--¿No habéis oído la campana.
--En el fondo del jardín no se oye nada.
--¿De veras?
--Apenas distingo yo mi toque.
--Ha muerto al amanecer.
--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.
--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!
La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo oración mental, y continuó:
--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.
--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.
--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la iglesia.
--Ya sé.
--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento; vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de los muertos!
--¡Con más frecuencia!
--¿Eh?
--¡Con más frecuencia!
--¿Qué es lo que decís?
--Que con más frecuencia.
--¿Con más frecuencia que qué?
--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo sencillamente con más frecuencia.
--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?
--Por decir lo que vos, reverenda madre.
--Pero yo no he dicho con más frecuencia.
--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.
En este momento dieron las nueve.
--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora.
--Amén,--contestó Fauchelevent.
La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no hubiesen desenredado nunca aquella madeja.
Fauchelevent se enjugó la frente.
La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo después levantando la voz:
--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones; después de muerta hará milagros.
--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y esforzándose para no volver á tropezar.
--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando estas palabras: _Hanc igitur oblationem_. Pero sin alcanzar tanta dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda, os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo. Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el paraíso.
Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:
--Amén.
--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.
La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó callado.
Ella prosiguió:
--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical recogiendo admirables frutos.
--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde el jardín.
--Y luego, que más que una difunta, es una santa.
--Como vos, madre reverenda.
--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de nuestro santo padre Pío VII.
--El que coronó al emp... Buonaparte.
Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le entendió.
--¿Tío Fauvent?
--¿Reverenda madre?
--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se escribiese sólo esta palabra: _Acarus_, que significa gusano de tierra, y así se hizo. ¿No es verdad?
--Sí, reverenda madre.
--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo la horca, y se hizo así.
--Es verdad.
--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los muertos.
--Así sea.
--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla, conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse lo contrario?
--No, reverenda madre.
--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.
Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.
La priora continuó:
--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que ha dormido por espacio de veinte años.
--Es justo.
--Es una continuación del sueño.
--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?
--Sí.
--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?
--Naturalmente.
--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.
--Las cuatro madres cantoras os ayudarán
--¿Á clavar la caja? No hay necesidad.
--No; á bajarla.
--¿Adónde?
--Á la bóveda.
--¿Qué bóveda?
--Debajo del altar.
Fauchelevent dió un brinco.
--¿En la bóveda debajo del altar?
--Debajo del altar.
--Pero...
--Llevaréis una barra de hierro.
--Sí; pero...
--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!
--Pero...
--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.
--Pero eso está prohibido.
--Prohibido por los hombres; mandado por Dios.
--¿Y si llega á saberse?
--Confiamos en vos.
--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.
--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.
--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...
--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino Pogonates.
--No obstante, el comisario de policía...
--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del altar.
--Pero el inspector de la prefectura...
--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general de los cartujos, dió esta divisa á su orden: _Stat crux dum volvitur orbis_.
--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre de salir del paso siempre que oía hablar en latín.
Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel, llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó, exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:
--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux; tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims; hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta treinta y nueve en sólo un día.
¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas, mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún, después de mil cuatrocientos años.
¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración, ¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria. Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio, Fauvent!
Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su gusto. La priora continuó:
--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie. No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad. Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!
No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin, y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.
Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo, es que hacía fullerías en el juego.
¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone, obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa? ¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos, para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón, duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de Achery.
La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:
--Tío Fauvent, ¿está dicho?
--Está dicho, reverenda madre.
--¿Se puede contar con vos?
--Obedeceré.
--Está bien.
--Estoy completamente consagrado al convento.
--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.
--Y la hermana que esté en el poste.
--No se volverá.
--Pero oirá.
--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.
Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:
--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el poste advierta que estáis allí.
--¿Reverenda madre?
--¿Qué, tío Fauvent?
--¿Ha venido ya el médico de los muertos?
--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle. ¿Pero vos no oís ningún toque?
--No me fijo más que en el mío.
--Muy bien hecho, tío Fauvent.
--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.
--¿De dónde la sacaréis?
--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.
--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.
--¿Reverenda madre?
--¿Qué?
--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es fuerte. ¡Un verdadero turco!
--Despacharéis lo antes posible.
--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría mal un buen auxiliar. Cojeo.
--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.
--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que en realidad tenía el oído un poco duro.
--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera. Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que todo esté concluido un cuarto de hora antes.