Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 50
Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber: trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.
VI =Bondad absoluta de la oración=
En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad todo libro y penetrad en lo infinito.
Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta filosofía se llama ceguedad.
Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente una razón de ciego.
Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas. Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!
Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo, encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que existe.
Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos inexorablemente su filosofía.
Continuemos.
Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.
Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el Universo quiere, hay pues un Dios.
Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir la voluntad en el Universo, que ella niega.
Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.
La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se convierte en «concepción del espíritu».
Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que exista él mismo.
Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que «una concepción de su espíritu».
Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra: espíritu.
En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.
Al No, no hay más que una respuesta: Sí.
El nihilismo no tiene trascendencia.
No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.
El hombre vive de la afirmación más que de pan.
Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía; debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el verdadero triunfo del alma.
Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace. Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad, ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión humana; y de filosofía se eleva á religión.
La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.
Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas, que son los dos motores: creer y amar.
El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.
VII =Precauciones indispensables para condenar=
La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo, explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y respetado. El cenobitismo es un problema humano.
Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir sí y no.
Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la abnegación suprema.
Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.
En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.
La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la eternidad.
No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en ello serio, así el bien como el mal.
El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.
Comprendemos la cólera, no la malignidad.
VIII =Fe, ley=
Algunas palabras todavía.
Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas partes al hombre pensativo.
Saludamos al que se arrodilla.
Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!
El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo visible y el invisible.
Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.
Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al cielo es una obra.
Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.
Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios holgazanes.
Pensar en la Sombra es una cosa seria.
Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y el filósofo están de acuerdo.
_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa.
Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio convergen.
Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el engrandecimiento moral, que respetamos.
Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:
--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio? ¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?
¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:
--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.
Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.
Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en la oración.
Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit Voltaire._
Estamos por la religión contra las religiones.
Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la oración.
Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra á sí propio nos parece venerable.
El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de tener su grandeza.
Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y, sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta; el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta majestad.
La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad; no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar; es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de la tumba.
En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia, en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad, arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.
LIBRO OCTAVO LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
I =Donde se trata de la manera de entrar en un convento=
En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent, «caído del cielo».
Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche, era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra, era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.
Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.
Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el cerebro de Fauchelevent.
Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.
Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición, era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro; el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en un lugar imposible, era su salvación.
Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer que nada comprendía.
¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.
¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se escala llevando en brazos una criatura.
¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto: Que el señor Magdalena le había salvado la vida.
Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí: Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.
Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría? Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.
Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!
Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.
Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.
Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.
Acabamos de calificarle de _pobre campesino picardo_. La calificación es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas, pasó de curial á carretero y bracero.
Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo curial. Tenía cierto talento natural: no decía _j'ons_ ni _j'avons_; sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio villano, y medio cortesano; sal y pimienta».
Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.
Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le dijo:
--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?
Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus meditaciones.
Los dos buenos hombres celebraron consejo.
Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
--Naturalmente.
--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma. Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.
Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí tranquilos; pero no respondo de mañana.
--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la ve desde el convento.
--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.
--¿Entonces?--dijo Juan Valjean.
Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:
--Pero están las niñas.
--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean.
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una campanada.
--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque.
É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.
Sonó otra campanada.
--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos diablillos esos querubines.
--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean.
Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.
Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.
Juan Valjean pensó para sí:
--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!
Fauchelevent exclamó:
--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.
Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz diciendo:
--Sí, lo difícil es quedarse.
--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir.
Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
--¡Salir!
--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.
Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:
--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester haber entrado por la puerta.
Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.
--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo. Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es la hora en que se suele morir.
Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?
Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.
--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.
--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á un convento de hombres, y se ha equivocado.
¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada. Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?
Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?
--Cosette.
--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?
--Sí.
--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy sencillo.
Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana; y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?
Juan Valjean meneó la cabeza.
--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano izquierda, señal evidente de grave apuro.
Oyóse un tercer toque.