Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 49
Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito. El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de Cuentas y en el Parlamento.
Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.
Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general de los lazaristas.
Era también totalmente distinta de la de las bernardas del Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron por eso menos distintas.
XI =Fin del Pequeño-Picpus=
Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden, que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución, y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.
La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido. _Volaverunt._
La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra; las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número, aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.
En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París, murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta pudo decir como Julia Alpinula: _Hic jaceo. Vixi annos viginti et tres._ Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha renunciado á la educación de niñas.
No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria, desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; _Hortus conclusus_.
Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle. No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta reirse del crucifijo.
Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El asesinato de la sabiduría.
En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis. Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar aquello se aprenda esto.
Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones, y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas las reconstrucciones.
Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.
Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.
Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.
En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La civilización los condena; los protege la libertad.
LIBRO SÉPTIMO PARÉNTESIS
I =El convento: idea abstracta=
Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.
El hombre es el segundo.
Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos debido penetrar en él. ¿Por qué?
Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente, de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo, del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.
No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo: siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido, nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de la humanidad.
II =El convento: hecho histórico=
Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad, queda el monaquismo condenado.
Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos. Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le hacían saludable en su período de pureza.
La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo, discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono. La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa, durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de 1789.
El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.
El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad, bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra, se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí, pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos, los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos, las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata, clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente, y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas, los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven? No.
Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte. La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.
La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo, descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad. El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos; para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas, enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!
Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador; Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven, declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía compadecerse á «este pobre Holofernes».
Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers; es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_. Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso. Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella, demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.
Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!
III =Con qué condición puede respetarse lo pasado=
El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida. Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis, os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos sudarios de invención humana.
Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas, en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.
¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice el convento.
Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.
Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad, cosa extravagante.
Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad, autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._
Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.
Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida: tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir fantasmas eternamente.
Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.
Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales, para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.
Combatamos.
Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la llama allí donde alcanza la luz.
Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía, á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.
Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.
IV =El convento bajo el punto de vista de los principios=
Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de asociación.
Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.
No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y venir, que implica el derecho de estarse en su casa.
Y allí, en su casa, ¿qué hacen?
Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al orgullo, á los intereses.
Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.
Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una sombra como los demás.
Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres. Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.
Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro, le llama: hermano.
Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.
De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante, y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula: Igualdad, Fraternidad.
¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida! La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el monasterio.
Prosigamos.
Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman hermanos, ¿hacen todavía algo más?
Sí.
¿Qué?
Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.
¿Y esto, qué significa?
V =La oración=
Ruegan.
¿Á quién?
Á Dios.
Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?
¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente, permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que, si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto respecto del cual somos nosotros lo relativo?
Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!) ¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su eco, abismo concéntrico de otro abismo?
¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere? Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de arriba, Dios.
Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo con el infinito de arriba, se llama orar.
No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del alma? Á la sombra; es decir, á la luz.
La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado, está el derecho del alma.