Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 48

Chapter 483,755 wordsPublic domain

Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad. Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo en voz alta, en medio del silencio de la capilla: _¡Calla, Augusto!_ Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.

Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que podía hablar en el convento.

¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel _¡Calla, Augusto!_ El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición, porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le llamaba por su nombre de pila.

Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del privilegio _Magnates mulieres_, dando mucho miedo á las colegialas. Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban los ojos.

El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente, que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención de aquellas imaginaciones de diez y seis años.

Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.

Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino, que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: _Zetulbé mía, ven á reinar en mi alma_, el cual se oía dos ó tres veces diariamente. Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos. Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo, conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».

Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.

VI =El convento pequeño=

Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros, grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante combinación de palabras, un convento arlequín.

Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas, donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.

Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más que una muñeca.

Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para retirarse al convento pequeño.

Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la marquesa Dufresne.

Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la señora Batahola.

Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un periódico, titulado el _Intrépido_, pidió para entrar de pensionista en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban; la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses, dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún el arpa bastante bien.

Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á los ladrones:

Imparibus meritis pendent tria corpora ramis; Dismas et Gesmas, media est divina potestas; Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas, Nos et res nostras conservet summa potestas. Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.

Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente, Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias.

La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que conducía á la calle.

Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.

VII =Algunas siluetas de aquella sombra=

Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora de la _Vida de los Santos de la orden de san Benito_.

Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja, gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del convento, y por esto era estimada de todas.

La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la Dacier de la orden.

Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa, rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más benedictino que benedictina.

La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la madre Cineres.

Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción, sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro, entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina (hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.

Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años, que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.

La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles.

Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.

Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para ellas mismas.

No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le hablaba, la monja no respondía nunca.

La regla del silencio había producido el efecto singular de que en todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica, todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa. Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. _Es el diablo á cuatro_, decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un gran acontecimiento. Era éste la apertura de la _puerta de clausura_, enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus goznes sino á presencia del arzobispo.

Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado algunas líneas _señor Anciot_ y calificado de _viejo horrible y jorobado_.

Como se ve, todos los hombres eran escogidos.

Tal era aquella curiosa morada.

VIII =Post corda lapides=

Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de más indicar en breves palabras la configuración material: el lector tiene ya de ella alguna idea.

El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais. Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en tierra.

El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau; el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada, que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna religiosa.

Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que las religiosas llamaban _la despensa_. En el gran brazo estaban las celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia. Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais, estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro, en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras, de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud.

Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño, situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus. Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban el _trinquete de los once mil diablos_.

Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban eran más antiguas todavía.

La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres, porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.

IX =Un siglo bajo una toca=

Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos originales.

Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí procedente de la abadía de Fontevrault.

Antes de la revolución había pertenecido al mundo.

Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.

Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.

Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción: «vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece.

Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso, que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía, pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio, y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del convento.

¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.

Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.

Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas. Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa satánica.

Moraleja: el amor vencido por el cólico.

Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta en una prendería del boulevard Beaumarchais.

Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del convento, _porque_, según decía, «el locutorio era demasiado triste».

X =Origen de la adoración perpetua=

Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple, que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca, y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una cabeza de turco.

En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre de todos los castaños del reino».