Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 47
Ellas no dicen nunca de nada _mío_, ni _mi_ porque no tienen nada suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre _nuestro_, como nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían indudablemente _nuestra camisa_. Algunas veces se aficionan á cualquier objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden: «Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en mucho». ¡Ah! _¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra casa._
Les está prohibido encerrarse y tener un _mi cuarto_, una _mi celda_. Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: _Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Y responde la otra: _Por siempre jamás_. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se oye una voz dulce, que dice: _Por siempre jamás_... Como todas las prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á veces dice una: _Por siempre_, antes que la otra haya tenido tiempo de decir lo que es algo más largo: _Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_.
En los conventos de la Visitación, dice la que entra: _Ave María_, y la que está dentro responde: _Gratia plena_. Éste es un saludo, que está en efecto «lleno de gracia».
Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas, conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco, por ejemplo: _Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Si son las ocho: _Á las ocho y á todas horas_, etc.; y así siempre, según la hora que da.
Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en la del Niño Jesús se dice: _Á esta hora y á cualquier otra, el amor de Jesús inflame mi corazón_.
Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo bajo: _Jesús, María y José_. En el oficio de difuntos tomaban un tono tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.
Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar mayor para sepultura de la comunidad. El _Gobierno_, como decían ellas, no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una infracción.
Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba un terreno que se decía había sido de la comunidad.
Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia. El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando estas frases candorosas de una de ellas: _Los rezos de las postulantes son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las profesas aún son peores_.
Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz la penitencia.
Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman _la culpa_. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más que _nuestra madre_, avisa á la paciente que puede levantarse dando un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La culpa es enteramente voluntaria; la _culpable_ (esta palabra está usada aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora entonó un salmo que empezaba por _Ecce_, y en vez de _Ecce_ dijo en alta voz estas tres notas: _do, si, sol_. Por su distracción, hizo una culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué que el capítulo se había reído.
Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora, se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la boca.
La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo, tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana. No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.
Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.
Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves. Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.
III =Severidades=
Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro, y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto viudas en su orden.
Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las cuales no deben hablar nunca.
El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas, diciendo con lastimero acento: _Nuestra hermana ha muerto_, responde la otra: _Vive en Jesucristo_.
En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes, educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: _Ver el empedrado de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza_. Iban vestidas de azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada, ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto que se trataba _de una cosa nueva, de un cambio_. Cándidas razones de la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á coro ante un facistol.
Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con todas las prácticas del convento.
Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada vez que llamaban á la puerta: _¡Por siempre jamás!_ Las educandas, como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.
IV =Alegrías=
Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta, y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían. Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían, vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad, había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban. En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento, placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.
En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas _ocurrencias infantiles_ tan graciosas y que hacen reir y meditar á un tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué alegría!».
Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:
UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía?
LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!
ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes.
LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía?
ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.
¿Y qué?
Que no ha contestado.
--Veamos: ¿qué le habéis preguntado?
--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la primera pregunta que ha salido.
--¿Y cuál ha sido la pregunta?
--Ésta: _¿qué sucedió después?_
También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:
«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una persona!».
Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de siete años:
«--Acúsome, padre, de haber sido _avara_.
«--Acúsome, padre, de haber sido _adúltera_.
«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».
En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de cuatro y cinco:
«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo, y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se comió los pollitos».
Y este otro poema:
«--Sucedió que dieron un palo.
«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.
«Y no hízole bien sino mal.
«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».
Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:
«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo».
Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las _grandes_--de más de diez años--la llamaban _Ágatocles_.
El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios contiguos le suministraban su contingente de insectos.
Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el rincón de los grillos.
El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones. Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que estaba á su lado:
--¿Quién es ésa?
--Es una araña, monseñor.
--¡Bah! ¿Y esta otra?
--Ésta es un grillo.
--¿Y aquélla?
--Una oruga.
--¡De veras! ¿Y tú?
--Yo soy una cucaracha, monseñor.
Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas. En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:
--¿Quién es virgen?
Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años, dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:
--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!
V =Distracciones=
Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras la siguiente oración, llamada el _Pater Noster blanco_, la cual tenía la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.
«_Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo, que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies, dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del_ AVE SALUS.--_¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos, lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos._
«_Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras tantas por la noche, ganará el cielo á la postre_».
En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica, bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas actualmente.
Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una, formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio. Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto, variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario, reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción. Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana, que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo. La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana. En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados, en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los _círculos de agua_.
La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua». ¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa, culpadas de murmullo.
Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un _ejemplar único_, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas, seu constitutiones nostras, externis communicabit».
Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente. De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.
Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos. Esto fué lo «más interesante».
Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales. Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos, cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de París. La copia es textual.
«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era ésta una de sus mayores delicias.
Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas, la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se hiciera la petición.
Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».
La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo: «¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio. Júzguese del efecto.
Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.
Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa, que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia, arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.
Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.
Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar, díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la segunda.
Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla una tribuna, que se llamaba del _Ojo de buey_. Esta tribuna sólo tenía un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.