Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 46

Chapter 463,930 wordsPublic domain

Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros, cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.

Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca de aquel personaje enigmático.

Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa. Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.

El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto, se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso al corriente:

--¿Habéis visto un hombre con una niña?

--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.

Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores, y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal; pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas, soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de tabaco.

Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!

Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.

Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia, cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan Valjean.

Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.

Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.

Calcúlese su exasperación.

Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á nadie.

Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa, aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es un ciervo, es un brujo_.

Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.

Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.

Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean. Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles, y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando, habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un hilo.

Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto?

Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.

Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas, con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua; es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.

Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos, como quien anda buscando una aguja.

Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación, volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que se hubiera dejado prender por un ladrón.

NOTAS:

[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)

LIBRO SEXTO EL PEQUEÑO PICPUS

I =Callejuela de Picpus, número 62=

Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.

El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.

Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede decirse casi imposible para casi todos, porque había un _¡Sésamo, ábrete!_ que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla; si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro. Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada. Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.

Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto no estaba amueblado; no había ni una silla.

Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados; mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu. Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.

Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy cercana que hacía temblar.

--¿Quién va?--preguntaba la voz.

Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.

Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.

Si se sabía la palabra, la voz respondía:

--Entrad por la derecha.

Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte, pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto, en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.

Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre estaban cerrados.

Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de los postigos, diciendo:

--Aquí estoy. ¿Qué me queréis?

Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie. Apenas se oía el ruido de la respiración.

Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la losa de la tumba.

Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible, cubierta por un sudario negro.

Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.

La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante. Aquella luz era un símbolo.

Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni aún los fantasmas.

Lo que se veía era el interior de un claustro.

Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera, que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.

La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos no debían ver nada de aquel lugar sagrado.

Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz: había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.

II =La obediencia de Martín Verga=

Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín Verga.

Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos: seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.

Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.

Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países católicos de Europa.

Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito, diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes, Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto, abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529 fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete años.

Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.

Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan además un rosario al lado.

Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento, las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos, eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.

Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo cuando Bérulle era cardenal.

Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.

Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año, ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por la regla.

La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman _madres vocales_, porque tienen voz en el capítulo.

Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en nueve años el mando más duradero de una priora.

No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro. Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la cabeza inclinada.

Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.

Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín, y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel atado en la rodilla.

Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo, _ut voci Christi_; al gesto, al primer signo, _ad nutum_, _ad primum signum_; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta obediencia ciega, _prompte_, _hilariter_, _perseveranter et cœca quadam obedientia_; como la lima en mano del artífice, _quasi lima in manibus fabri_; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial, _legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia_.

Turnan todas en lo que llaman ellas _la reparación_.

La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra. Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde, la hermana que está de _reparación_ permanece de rodillas sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del universo. Esto es grande, casi sublime.

Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio, se dice indistintamente _estar de reparación ó estar en el poste_. Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.

_Estar de reparación_ es un acto en el cual se absorbe toda el alma. La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus espaldas.

Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.

Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo, no están prohibidos los nombres de santos.

Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.

Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una escala después de la cual viene la perdición del alma.