Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 45

Chapter 453,917 wordsPublic domain

Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas. Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas, cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.

Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas alumbrados, que aumenta sus horrores.

Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática, cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.

Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó. Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás. Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de él agitando los brazos.

Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor corría por todo su cuerpo.

¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo tocar las piedras.

El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí dentro de su cerebro.

Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.

VIII =Auméntase el enigma=

La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.

Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su libertad de espíritu.

Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo, esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose quitado su levitón para abrigarla á ella.

Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara. Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente. Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los ganados pastando por la noche en los prados.

Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.

Miró, y vió que había alguien en el jardín.

Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra. Aquél ser parecía cojear.

Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y entonces se estremecía de que hubiese alguien.

Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales. Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría. Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos, llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.

Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba, el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía, por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre; pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?

Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban heladas.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó.

Y la llamó en voz baja:

--¡Cosette!

Ella no abrió los ojos.

Sacudiola vivamente.

No despertó.

--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á cabeza.

Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser mortal al contacto del aire de una noche fría.

Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el menor movimiento.

Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan débilmente, que pensó se extinguía.

¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.

Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese Cosette delante de la lumbre, y en la cama.

IX =El hombre del cascabel=

Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.

Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó por todo saludo:

--¡Cien francos!

Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:

---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por esta noche!

La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.

--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.

Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.

Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No se distinguía su semblante por estar en la sombra.

Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:

--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto? ¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío! Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis entrado aquí?

Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.

--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis. ¡Cómo! ¿No me conocéis?

--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?

--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.

Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan Valjean al tío Fauchelevent.

--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.

--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.

--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.

--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.

En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el cobertizo. El hombre continuó:

--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió, mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?

Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las preguntas.

¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien interrogaba.

--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?

--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.

--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?

El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.

--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa y cuando yo me acerco ellas se alejan.

--¿Pues qué casa es ésta?

--¡Toma! Bien debéis saberlo.

--No, ¡qué he de saber!

--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?

--Respondedme como si nada supiera.

--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.

Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su carreta.

Repitió, pues, como hablando consigo mismo:

--¡El convento del pequeño Picpus!

--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.

--Pues, ¿no estáis vos?

--No hay nadie más que yo.

--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.

Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:

--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.

--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.

--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra ocasión.

Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no pudiese hablar.

Por fin exclamó:

--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre anciano.

Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable alegría; parecía irradiar.

--¿Qué queréis que haga?--preguntó.

--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?

Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.

La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la había visto.

--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.

--¿Cuáles, señor alcalde?

--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda que no tratéis de saber más.

--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.

--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.

--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!

Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo un perro.

Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso, pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de vos! ¡Sois un ingrato!

X =Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=

Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.

Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que salvan.

La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes trabajos, honrosamente útil.

Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico, quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales, que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más.

Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según decía, verificado con circunstancias particulares, en el término municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota, que había sido confiada por su madre á un posadero de la población, había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos de Javert, y le dió que pensar.

El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil. Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.

Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño», en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.

Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.

Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier, con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_.

No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á Juan Valjean.

Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo? Thénardier respondió sencillamente:

--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama Guillermo Lambert.

Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió á París.

--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!

Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte, que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no permitía que nadie se le acercase.

Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones, por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero, y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes, murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.

«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al reconocer á Juan Valjean.

Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.

Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja», lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando silencio.

Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.

Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto, que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego, porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente, porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y desenvolverlas después bruscamente.

Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.

Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual era un hecho grave.

Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido por veinte periódicos:

«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».

Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto. Dudaba en realidad.

Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.

La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal, aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de Javert.