Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 44

Chapter 443,894 wordsPublic domain

Juan Valjean retrocedió.

El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos, transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su correctivo.

Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto _las Cuatro Naciones_, y á la Ópera Cómica _Feydeau_, el preciso lugar adonde había llegado Juan Valjean se llamaba _Le Petit Picpus_. La puerta de Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus, son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria del pueblo flota sobre los residuos del pasado.

El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar, todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas, pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.

Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.

El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence. El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles, formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas; tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto, en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón Genrot.

Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.

Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.

¿Qué hacer?

No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda, Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida. Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un lazo que fuera estrechándose lentamente.

Miró al cielo con desesperación.

IV =Tentativas de evasión=

Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha, hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia; á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado, descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.

Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha de cinc, siempre cerrados.

La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los antiguos moradores del barrio.

El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba evidentemente más allá de cincuenta años.

Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.

Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía. Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una esperanza.

En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central, dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.

Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle, hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette? ¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de nuevo en la calle de Polonceau.

Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra. En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja todavía, pasando así el resto de la noche.

Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.

Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada por dentro como por fuera.

Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres, estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.

Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado. Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente con una pared.

V =Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=

En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.

Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.

No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.

Los dos acólitos de Javert venían en las filas.

El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean. Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.

No había más que una cosa posible.

Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra, según el caso.

Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular, apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace unos veinte años, el condenado Battemolle.

Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de los rincones de pared está muy generalizado en París.

Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la tapia apenas llegaba á catorce pies.

El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.

La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.

Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado gustoso por una cuerda.

Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos deslumbran como nos iluminan.

La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol del callejón Genrot.

En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.

Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.

Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba en su sitio.

Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella, hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la patrulla que se acercaba.

--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?

--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.

Cosette se estremeció. Él añadió:

--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier te descubre. Viene para llevarte.

Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.

Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.

De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy baja.

--Arrímate á la tapia.

Ella obedeció.

--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.

Y ella sintió elevarse del suelo.

Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.

Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.

Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:

--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!

Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.

Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.

VI =Principio de un enigma=

Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho verde cubría el resto.

Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared, una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.

El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.

El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra, descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.

No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos, y los tejados bajos de la calle Polonceau.

No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún en medio de la luz del día.

El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.

Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se entendían claramente.

Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.

Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.

Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con las piedras sordas de que nos habla la Escritura.

De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche; voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la sombra.

Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.

No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar de rodillas.

Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una morada deshabitada.

Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.

El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un minuto.

Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.

VII =Continuación del enigma=

Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.

La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo que apenó á Juan Valjean.

Además seguía temblando.

--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.

--Tengo mucho frío,--respondió ella.

Un momento después le preguntó:

--¿Está ahí todavía?

--¿Quién?--dijo Juan Valjean.

--La señora Thénardier.

Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para imponer silencio á Cosette.

--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.

La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.

La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el levitón, envolviendo con él á Cosette.

--¿Tienes así menos frío? le preguntó.

--¡Oh! ¡Sí, padre!

--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.

Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio, buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.