Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 43

Chapter 433,976 wordsPublic domain

Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo, frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la mano dirigiéndole palabras dulces.

Así es que Cosette estaba muy contenta.

La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.

Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera la vidriera del gabinete de Cosette.

Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz, le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele en el barrio por el nombre de _el mendigo que da limosna_. La vieja _inquilina principal_, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora. Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette, la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en toda su vida. Huyó toda asustada.

Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado á la víspera.

--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas. Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la calle de Vignes-Saint Marcel.

Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa, aserró unos maderos en el corredor.

La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola, porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada; la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados. ¡Otros billetes de mil francos sin duda!

Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada, una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino particular en el caso de acontecimientos imprevistos.

Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del invierno.

V =Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido=

Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este mendigo que era _de la policía_. Era un antiguo bedel de sesenta y cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.

Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar, y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza. Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol, no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre.

Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto, quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura, los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah! dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró nuevamente en su casa profundamente turbado.

Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había creído ver era el de Javert.

Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.

Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su puesto.

--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean, dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel.

Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más.

Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese ido á la botica. Juan Valjean escuchó.

Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su luz.

Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:

--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se detuvieron las pisadas.

Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo su respiración en la obscuridad.

Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido, y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.

Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.

Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.

Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban acercando.

Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á su puerta.

Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo. Era la formidable facha de Javert.

Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió.

Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?

Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario.

Mientras iba barriendo, dijo:

--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?

En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche cerrada.

--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más natural.--¿Quién era?

--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa.

--¿Y que se llama?...

--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.

--¿Y qué es ese señor Dumont?

--Un rentista como vos.

Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean creyó descubrir alguna.

Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que fué rodando ruidosamente por el suelo.

Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.

No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.

Volvió á subir.

--Ven,--dijo á Cosette.

Y tomándola de la mano, salieron los dos.

NOTAS:

[10] Traducción de Samaniego.

LIBRO QUINTO Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA

I =Las sinuosidades de la estrategia=

Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán después, es indispensable una observación.

Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó, París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido todo aún.

Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el empedrado por donde anda son simplemente piedras.

Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba, había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás, y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso, se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran, obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de nuestra madre.

Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto, suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.

Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le seguían.

Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es lo que en montería se llama _emboscada falsa_.

Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna, muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de que nadie iba tras él.

Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza. Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.

Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan, ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde esconderse, mientras encontraba donde alojarse.

Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban, hubiesen perdido la pista.

Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número 14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo decididamente sospechoso.

--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de Pontoise.

Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.

Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.

Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.

La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando atravesasen por aquella claridad.

En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.

Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente á Javert.

II =Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes=

Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los faroles á causa de la luna.

Dobló el paso.

En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:

De Goblet el hijo, está aquí la fábrica, Venid á escoger floreros y cántaros, Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras, Que todo se vende, ya en fino y en basto.

Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor, bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle. Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.

Llegó al puente de Austerlitz.

Todavía se pagaba peaje en aquella época.

Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.

--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura que puede andar. Debéis pues pagar dos.

Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación. Toda fuga debe pasar inadvertida.

Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.

Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.

Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha, unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.

Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha, obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de sí.

Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de Austerlitz.

Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.

Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia la orilla derecha.

Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.

Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.

Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran espacio iluminado.

En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.

Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró en la misma.

III =Véase el plano de París de 1727=

Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de una. Y. ¿Cuál debía seguir?

No vaciló un momento, y tomó por la derecha.

¿Por qué?

Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares desiertos.

Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de Juan Valjean.

Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro de su buen conductor sin decir una sola palabra.

Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto, en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que se movía.

Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su pista.

Pero encontró una tapia.

Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante; era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.

Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.

Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida. Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.

Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.

En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela, observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una especie de estatua negra, inmóvil.

Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el paso.