Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 42

Chapter 423,880 wordsPublic domain

Esta casucha no tenía más que un solo piso.

Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco, mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.

La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas, groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados. Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta, y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular, que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice: en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular.

La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.

Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que comenzaba por persiana acababa por postigo.

Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.

La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía á un cobertizo convertido en casa.

Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos de los alrededores.

Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral; cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.

Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar por allí.

Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo, en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.

Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.

Explicaremos el origen de este nombre.

Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard (Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo cojos, las galerías del palacio de Justicia.

De un proceso en la rama, muy ufano y contento, ejecutoria en pico estaba el señor Cuervo. Del olor atraído un Zorro muy maestro, etc...[10]

Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes, resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos golillas gracia de su nombre ó poco menos.

Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado, porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.

Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital, siendo él mismo el autor de la monumental ventana.

De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau.

Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una fábrica vecina.

La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía aún.

Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el camino de Bicêtre.

Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración, entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado «del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad.

Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques, que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.

Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel, construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo. La desesperación bosteza.

Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre, sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del Hospital.

Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas, cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las innumerables tradiciones patibularias del lugar.

Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes, tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde lúgubre; de noche siniestro.

En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.

Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y las nuevas se elevan.

Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles. Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado, comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo.

II =Nido para búho y curruca=

Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su nido.

Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera, siempre con Cosette en brazos.

En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente, era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida, cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.

El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.

Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío. La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.

Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.

Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también acababa de dormirse.

El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.

Arrodillóse junto al lecho de Cosette.

Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.

Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván, esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente, una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado, haciéndola temblar de arriba abajo.

--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy! ¡Allá voy!

Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.

--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo.

Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor.

Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.

Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto exclamó:

--¡Qué bonito es esto!

Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.

--¿Tengo que barrer?--preguntó por último.

--Juega, le dijo Juan Valjean.

Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen hombre.

III =Dos desgracias mezcladas producen la felicidad=

Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.

Algo de nuevo penetraba en su alma.

Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades. Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud, si es que las tuvo, habían caído en un abismo.

Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó, sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!

Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho, todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.

Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.

Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada ni nadie había querido amarla.

Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre. Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.

El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.

Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván poético.

La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente.

Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.

Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de Dios.

Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una seguridad que podía parecer completa.

El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.

El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.

Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de _inquilina principal_, y en realidad encargada de las funciones de portera, le había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena.

Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo preparó todo la noche de su llegada.

Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable tabuco una existencia feliz.

Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen su canto matinal como los pájaros.

Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda avergonzada.

Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la vida.

Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.

Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa meditabunda de los ángeles.

Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones. Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.

Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar.

Ella le llamaba _padre_ sin saber ni conocerle otro nombre.

Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba. Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.

Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó, volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh misterio insondable y divino de los equilibrios del destino!

IV =Lo que observó la inquilina principal=