Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 41
--El señor debe veintiséis sueldos.
--¡Veintiséis sueldos!--exclamó la mujer.
--Veinte sueldos por el cuarto,--repuso fríamente Thénardier,--y seis sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco con el señor. Déjanos solos.
La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran, producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el gran actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió.
En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. Éste se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión de hombría de bien y sencillez.
--Señor,--dijo,--no puedo negároslo, adoro á esta niña.
El forastero le miró fijamente:
--¿Qué niña?
Thénardier continuó:
--¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo este dinero? Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura que adoro.
--¿Pero quién es?--preguntó el forastero.
--¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla? Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado, no puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto tan pequeñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene defectos, verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado más de cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus enfermedades! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni madre; yo la he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy encariñado con la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se encariñe; soy un papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la chica; mi mujer es viva de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya como hija nuestra. Yo necesito oírla hablar en casa.
El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó:
--Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si fuera para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos que yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente adónde iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando en cuando, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál es vuestro nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra? ¿Adónde ha ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un pedazo siquiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa!
El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, por así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento grave y firme:
--Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas de París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención es que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?...
Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por intuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz. Durante la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros, fumando y cantando coplas alegres, no había dejado de observar un sólo instante al forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un matemático. Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y por instinto, y espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se le había escapado un gesto ni un movimiento del hombre del levitón amarillo. Aun antes que el desconocido manifestase tan claramente su interés por Cosette, Thénardier se lo había adivinado. Había sorprendido las miradas profundas de aquel viejo, que refluían siempre en la muchacha. ¿Por qué aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué, con tanto dinero en el bolsillo, vestía tan miserablemente? Preguntas que á sí mismo se hacía sin poder contestarlas, y que le irritaban. Había estado pensando en ello toda la noche. ¿No podía ser el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún abuelo? ¿Entonces por qué no darse á conocer enseguida? Cuando se tiene un derecho se manifiesta. Aquel hombre no tenía evidentemente derecho alguno sobre Cosette. Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía en suposiciones. Entreveíalo todo, pero nada veía.
De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver que aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió débil. No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus conjeturas. Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era de esos hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que era el momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes en el instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer: descubrió bruscamente sus baterías.
--Señor,--dijo,--me hacen falta mil quinientos francos.
El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro, abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al tabernero:
--Haced venir á Cosette.
Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette?
Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de veinte francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó deslumbrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era una moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía perfectamente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde le venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo. Estaba contenta; estaba sobre todo estupefacta.
Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le daba miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través de sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado.
Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor y frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale entonces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía calor.
Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola; alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su trabajo de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el mismo bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la moneda de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á tocarla; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y, debemos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la escalera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella estrella en el fondo de su bolsillo.
Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó la Thénardier.
Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita, no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria.
--Cosette,--díjole casi dulcemente,--ven enseguida.
Un instante después entraba Cosette en la sala baja.
El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de fustán, un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un traje completo para una niña de siete años; todo era negro.
--Hija mía,--dijo el hombre,--toma esto y vete á vestir enseguida.
Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse hacia Livry.
Eran nuestro hombre y Cosette.
Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos no la conocieron tampoco.
Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía. Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier.
Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando.
¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido más que opresión!
Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal nuevo. De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después se fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera junto al Dios bueno.
X =Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor=
La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido. Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después, llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos.
--¡Nada más!--dijo ella.
Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar un acto del dueño.
El golpe fué acertado.
--Efectivamente, tienes razón,--dijo él;--soy un imbécil. Dame el sombrero.
Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió aceleradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha. Algunos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por haber visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la indicación, marchando á paso largo y monologando.
--Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y yo soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta, últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo.
Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, todo esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No se sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos de los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber exprimir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy un animal, repetía.
Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va á Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente. Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que el hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por la parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección.
Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido.
De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como hombre que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre sus pasos.
--¡Debería haber tomado mi fusil!--exclamó.
Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado. La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido en llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo, dadas ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos que conmoviesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se necesitaba para ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba algo monstruoso. Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón del tabuco en que vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra maestra de deformidad.
Después de una corta vacilación:
--¡Bah!--pensó él.--¡Tendrían tiempo de escaparse!
Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de perdices.
Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de Bellevue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta á la colina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el cual había ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero del hombre. La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y Cosette estaban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su corta estatura pero se distinguía la cabeza de la muñeca.
Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para dejar descansar á Cosette.
El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las miradas de los que buscaba.
--Dispensadme y perdonad, señor,--dijo casi sofocado por el cansancio,--pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.
Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco.
El hombre alzó los ojos.
--¿Qué significa esto?
Thénardier respondió respetuosamente:
--Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette.
Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo.
Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando mucho todas las sílabas.
--¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette?
--Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he reflexionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un hombre honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su madre me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos diréis: «Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar la criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la madre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es evidente.
El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió reaparecer la cartera de los billetes de banco.
--¡Bien!--exclamó para sí.--Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme!
Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó, no el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un simple papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero, diciéndole:
--Tenéis razón. Leed.
Thénardier tomó el papel y leyó:
M-sur-M, 25 marzo de 1823.
«Señor Thénardier:
«Entregaréis á Cosette al portador. Os serán pagados todos los picos. Tengo el honor de saludaros respetuosamente.
«FANTINA».
--¿Conocéis esta firma?--repuso el hombre.
Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció.
No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de renunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre añadió:
--Podéis guardar este papel para descargo vuestro.
Thénardier se replegó en buen orden.
--Esta firma está bastante bien imitada,--murmuró entre dientes.--¡En fin, sea!
É intentando un esfuerzo desesperado, añadió:
--Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda.
El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo de sus raídas mangas:
--Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios de marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince francos, precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que habiendo recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban treinta y cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos.
Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido y cogido por los dientes de acero de la trampa.
--¿Quién es este diablo de hombre?--pensó.
Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya dado otra vez buen resultado.
--Señor cuyo nombre ignoro,--dijo resueltamente y dejando aparte toda ceremonia respetuosa,--me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis antes mil escudos.
El forastero dijo tranquilamente:
--Ven, Cosette.
Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el bastón que estaba en el suelo.
Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio.
El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero vacilante é inmóvil.
Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños.
Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados brazos y débiles manos.--Preciso es que yo sea muy bestia,--pensaba él,--para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza.
Sin embargo, el posadero no abandonó su presa.
--Quiero saber á dónde va,--se dijo. Y se puso á seguirlos desde cierta distancia.
Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado _Fantina_, y un consuelo en los mil quinientos francos.
El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en cuando volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente distinguió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura donde ambos podían ocultarse.
--¡Diantre!--exclamó Thénardier, redoblando el paso.
La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó la cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole. Anduvieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse de nuevo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan sombrío, que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió, deshaciendo el camino.
XI =Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería=
Juan Valjean no había muerto.
Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin el grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al que estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua, ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios escapados; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como todos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley y la fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago.
Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego se dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes. Huida vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie sabe. Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain en el territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet.
Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil.
Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto para una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. Hecho esto se dirigió á Montfermeil.
Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo, ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había tenido algún indicio.
Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad que se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de los periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y casi en paz, como si en realidad hubiese muerto.
La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette de las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer, acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé que le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero, tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche, atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière, dirigiéndose al boulevard del Hospital.
El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje; habían andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero estaba cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba tirando más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á cuestas; Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Juan Valjean, y se quedó dormida.
LIBRO CUARTO LA CASUCHA DE GORBEAU
I =Maese Gorbeau=
Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes; no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva, más triste de día que un cementerio.
Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.
Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza, y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad. Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y una ventana.