Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 40

Chapter 403,846 wordsPublic domain

Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús. La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette, debajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su mirada fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho, y mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto!

Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el millonario», consintió finalmente en cenar.

--¿Qué quiere tomar el señor?

--Pan y queso,--dijo el hombre.

--Decididamente, es un miserable,--pensó la Thénardier.

Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo de la mesa, seguía también cantando la suya.

De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á medias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La Thénardier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban; ninguna mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió de debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos, cercioróse otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego vivamente hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese sombra sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de jugar con una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba toda la violencia de un deleite.

Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente su frugal cena.

Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora.

Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno de los pies de la muñeca _sobresalía_, y que el fuego de la chimenea le alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía de la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á Eponine:--¡Mira, hermana mía!

Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había atrevido á coger la muñeca!

Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y empezó á tirarla de la falda.

--¡Déjame, hija!--dijo la madre.--¿Qué quieres?

--¡Mira!--dijo la niña,--¿no ves?

Y señalaba con el dedo á Cosette.

Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.

El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que se designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras».

Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose el gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara.

Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación:

--¡Cosette!

Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de ella, volvió la cabeza.

--¡Cosette!--repitió la Thénardier.

Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de su edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle ninguna de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso del cubo de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete, ni aún las sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier... lloró. Rompió á llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

--¿Qué es ello?--dijo á la Thénardier.

--¿No lo veis?--dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo del delito, que yacía á los pies de Cosette.

--Sí: ¿y qué?--repuso el hombre.

--¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas!

--¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la muñeca?

--¡La ha tocado con sus manos sucias!--prosiguió la Thénardier.--¡Con sus asquerosas manos!

Aquí Cosette redobló su llanto.

--¡Quieres callar!--gritó la Thénardier.

El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió.

En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para dar por debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, que le hizo levantar aún más el grito.

Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que todos los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole:

--Tómala, para ti.

Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación.

Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con aquella muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas palabras inauditas: _Para ti_; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo luego poco á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa en el rincón de la pared.

Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á respirar.

La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los mismos bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo en todo el bodegón.

La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas: ¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas cosas, es decir: un ladrón.

La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba alternativamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en aquel hombre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto sólo duró lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo bajo:

--Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías. ¡Es preciso humillarse ante ese hombre!

Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en que no hay en ellas transiciones.

--Y bien, Cosette,--dijo la Thénardier con cierto acento que quería ser dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de las mujeres perversas,--¿no tomas tu muñeca?

Cosette se arriesgó á salir de su escondite.

Mi querida niña,--repuso la Thénardier con ademán cariñoso,--este señor te regala la muñeca. Tómala. Es tuya.

Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de terror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos empezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de las extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba en aquel momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le hubiesen dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia».

Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno.

Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la Thénardier regañaría y le pegaría.

Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró tímidamente dirigiéndose á la Thénardier.

--¿Es verdad que puedo, señora?

Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación, de espanto y de arrebato á un tiempo.

--¡Pardiez!--dijo la Thénardier.--¡Si es tuya, puesto que el señor te la regala!

--¿De veras, señor?--preguntó Cosette.--¿Es ello verdad? ¿La señora es mía?

El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía haber llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar. Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la mano de «la señora» en sus manecitas.

Cosette retiró vivamente su mano como si la de _la señora_ la quemase, y fijó los ojos en el suelo.

Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua de un modo desmesurado.

Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia:

--La llamaré Catalina,--dijo.

Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron y estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de la muñeca.

--Señora,--preguntó ella,--¿puedo ponerla sobre una silla?

--Sí, hija mía,--respondió la Thénardier.

Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.

Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud contemplativa.

--Juega, pues, Cosette,--dijo el forastero.

--¡Oh! Ya estoy jugando,--respondió la niña.

Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la Thénardier aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso contenerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que podía soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando copiar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas á acostarse; después pidió _permiso_ al hombre amarillo para enviar también á Cosette, _que se había cansado mucho aquel día_, añadió con aire maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos.

La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde estaba su marido, _para ensanchar el espíritu_, decía ella. Cambiaba con él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á expresarlas en alta voz.

--¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar! ¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa de Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este viejo misterioso!

--¿Y por qué? Es muy sencillo,--replicábale el marido.--¡Si eso le divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que juegue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga. Si ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es cosa que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero?

Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica uno ni otro.

El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á su actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á cierta distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular tan pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las _ruedas traseras_ con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas andrajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible.

Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado ya; la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la posada estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De cuando en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más. Pero no había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido.

Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban en la sala.

--¿Es capaz de pasar así la noche?--gruñía entre dientes la mujer.

Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido:

--Me voy á acostar. Haz lo que quieras.

El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una vela, y se puso á leer el _Correo francés_.

Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del impresor. El forastero no se movía.

Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor movimiento.--¿Estará dormido?--pensó Thénardier. El hombre no dormía; pero nada podía despertarle.

En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, y se permitió decir:

--¿El señor no va á descansar?

_No va á acostarse_ habría aparecido excesivamente familiar. _Descansar_ sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras tienen la propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente la cuenta de gastos. Un cuarto en que uno se _acuesta_, cuesta veinte centécimos; un cuarto en que uno _descansa_, cuesta veinte francos.

--¡Calle!--dijo el forastero.--Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra?

--¡Señor!--exclamó Thénardier sonriendo.--Voy á acompañaros.

Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras de percal encarnado.

--¿Qué significa esto?--preguntó el viajero.

--Es nuestra cámara nupcial,--dijo el posadero.--Ocupamos otra mi esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año.

--Habría estado mejor en la cuadra,--dijo el forastero bruscamente.

Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera.

Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la chimenea. Un magnífico fuego ardía en el hogar.

Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno de cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar.

--Y esto--¿qué significa?--repuso el viajero.

--Señor,--dijo Thénardier,--el sombrero de boda de mi mujer.

El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen?

Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento aquella casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar, pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa», de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses llaman respetabilidad.

Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no queriendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se proponía desollar regiamente á la mañana siguiente.

Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero no dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo:

--¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle?

Thénardier respondió fríamente:

--¡Cómo te alteras!

No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba apagada la luz.

Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su paquete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció algún tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las dos bujías, sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando en torno suyo como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á la escalera. Allí oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración de una criatura. Dejóse conducir por aquel ruido, y se encontró en una especie de hueco triangular abierto debajo de la escalera, ó por mejor decir, formado por la escalera misma. Este hueco no era otra cosa que la parte inferior del armazón que sostenía los escalones. Allí, en medio de toda clase de cestos, trastos viejos y rotos, entre el polvo y las telarañas, había un lecho, si es que puede llamarse así un jergón agujereado hasta descubrir la paja, y una manta agujereada hasta descubrir el jergón. Nada de sábanas. Esto tendido en tierra sobre los ladrillos. En este lecho dormía Cosette con su _señora_.

El hombre se acercó y la contempló.

Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno no se desnudaba para no tener frío.

Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba profundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca entre sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más que uno de sus zuecos.

Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias. Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que había estado llorando toda la noche.

El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea; una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan poco fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en ella, ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero. Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño; recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine y Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una de ellas uno de sus zapatos en la chimenea.

Inclinóse el viajero.

La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía brillar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente nueva.

El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió en el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. Miró y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común, medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto también su zueco en la chimenea.

Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura que nunca ha conocido más que la desesperación.

No había nada en aquel zueco.

El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el zueco de Cosette un luis de oro.

Después volvióse á su habitación á paso de lobo.

IX =Thénardier maniobrando=

Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba, Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita amarilla.

La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. No cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer y desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido en la casa; era la Alondra que barría la escalera.

Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo Thénardier esta obra maestra:

CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1

Cena 3 francos Cuarto 10 » Bujías 5 » Fuego 4 » Servicio 1 » ---------- Total 23 »

Servicio estaba escrito _cervisio_.

--¡Veintitrés francos!--exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado de cierta vacilación.

Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho.

--¡Psch!--dijo.

Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la cuenta que debía pagar la Francia.

--Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,--murmuró la mujer, pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus hijas.--Es justo, pero demasiado. No querrá pagarlo.

Thénardier rióse fríamente, diciendo:

--Pagará.

Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la autoridad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose en seguida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de la sala. Después de un momento, éste añadió:

--¡Y yo debo mil quinientos francos!

Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y puestos los pies sobre la ceniza caliente.

--¡Ah!--repuso la mujer.--No olvides que hoy planto á Cosette en la calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! ¡Antes me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa!

El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas:

--Entregarás esta cuenta al hombre.

Y después salió.

Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero.

Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente para su mujer.

El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío.

--¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!--exclamó la Thénardier.--¿Acaso nos deja ya el señor?

Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que tenía entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo.

Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias «de un pobre», se le resistía.

El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió:

--Sí, señora; me voy.

--El señor,--repuso ella,--¿no tiene pues negocios en Montfermeil?

--No, paso sencillamente por aquí. Señora,--añadió,--¿qué es lo que debo?

La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada.

El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba visiblemente en otra parte.

--Señora,--repuso,--¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?

--Así, así, señor,--contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra explosión distinta.

Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero:

--¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan pocos burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de cuando en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! Tenemos tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara.

--¿Qué chiquilla?

--Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el lugar!

--¡Ah!--exclamó el hombre.

Ella continuó:

--¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos! ¡Sabéis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo mis hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos.

El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor:

--¿Y si os desembarazase de ella?

--¿De quién? ¿De Cosette?

--Sí.

La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una expresión repugnante.

--¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla, azucaradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la santísima Virgen y de todos los santos del cielo!

--Está dicho.

--¡De veras! ¿Os la lleváis?

--Me la llevo.

--¿Ahora mismo?

--Ahora mismo. Llamadla.

--¡Cosette!--gritó la Thénardier.

--Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras mi hospedaje. ¿Cuánto es?

Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa:

--¡Veintitrés francos!

Miró á la tabernera y repitió:

--¿Veintitrés francos?

Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el acento que separa la admiración del interrogante.

La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque. Respondió por lo tanto con aplomo:

--¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos.

El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa.

--Id por la chica,--dijo.

En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo: