Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 39
Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse precipitadamente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se hubiesen alejado. La precaución era por otra parte casi superflua; porque, como hemos dicho, era una noche de diciembre obscurísima. Apenas se veían dos ó tres estrellas en el cielo.
Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los campos, y se internó en el bosque apresuradamente.
Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo un momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por fin, tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un montón de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde estaban las piedras y las examinó con atención, al través de la bruma de la noche, como si las revisara.
Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si quisiera reconocer y contar todas las verrugas.
Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc.
Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio comprendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse de que la tierra no había sido recientemente removida.
Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través del bosque.
Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette.
Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un peso en el suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele, y vió que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de agua. Entonces se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del cubo.
VII =Cosette en la sombra junto al desconocido=
Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo.
El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja.
--Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas.
Cosette levantó la cabeza, y respondió:
--Sí, señor.
--Dame,--repuso el hombre,--yo voy á llevártelo.
Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella.
--Mucho pesa, en efecto,--dijo entre dientes; y añadió luego:
--Chiquilla, ¿qué edad tienes?
--Ocho años, señor.
--¿Y vienes con eso de muy lejos?
De la fuente que está en el bosque.
--¿Y vas muy lejos ahora?
--Á un cuarto de hora largo de aquí.
El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente:
--¿No tienes madre?
--No lo sé,--respondió la chiquilla.
Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la palabra, añadió:
--No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.
Y después de una pausa, prosiguió:
--Creo que nunca la he tenido.
Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por mirarla y ver su rostro en la obscuridad.
El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la pálida luz del cielo.
--¿Cómo te llamas?--preguntó el hombre.
--Cosette.
El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y echó á andar.
Después de unos instantes, preguntó:
--Chiquilla, ¿dónde vives?
--En Montfermeil, sabéis...
--¿Es allí dónde vamos?
--Sí, señor.
Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:
--¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas?
--La señora Thénardier.
El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor singular.
--¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?
--Es mi ama,--dijo la niña.--Es la dueña de la posada.
--¿De la posada?--dijo el hombre.--Pues bien; allá voy á pasar esta noche. Acompáñame.
--Vamos allá,--dijo la niña.
El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad. No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta los cielos.
Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:
--Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?
--No, señor.
--¿Luego estás tú sola?
--Sí, señor.
Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:
--Es decir, hay dos niñas.
--¿Dos niñas?
--Ponine y Zelma.
La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan agradables á la Thénardier.
--¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?
--Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.
--Y, ¿qué hacen estas niñas?
--¡Oh!--dijo Cosette.--Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...
--¿Todo el día?
--Sí, señor.
--¿Y tú?
--Yo, trabajo.
--¿Todo el día?
La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:
--Sí, señor.
Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:
--Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto también.
--Y ¿cómo te diviertes tú?
--Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.
Y la muchacha levantaba su dedo meñique.
--¿Y que no corta?
--Sí, señor,--dijo la niña,--corta ensalada y cabezas de mosca.
Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles. Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas, guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre, preguntó á Cosette:
--¿Hay feria aquí?
--No, señor; es Navidad.
Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo tímidamente:
--¿Señor?
--¿Qué hay, hija mía?
--Enseguida estaremos en la casa.
--¿Y qué?
--¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?
--¿Por qué?
--Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.
El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta del bodegón.
VIII =Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico=
Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.
Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.
--¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!
--Señora,--dijo Cosette temblorosa,--aquí hay un señor que desea hospedaje.
La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando ávidamente con la mirada al recién llegado.
--¿Es este señor?--dijo ella.
--Sí, señora,--respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.
Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente:
--Entrad, buen hombre.
Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada, examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de este supuesto, dijo la Thénardier:
--Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.
--Ponedme donde queráis--dijo el hombre;--en el granero ó en la cuadra. Pagaré como si me diérais cuarto.
--Cuarenta sueldos.
--¿Cuarenta sueldos? Bien.
--Corriente.
--¡Cuarenta sueldos!--dijo por lo bajo un trajinero á la Thénardier.--¡Si no son más que veinte!
--Cuarenta para él,--replicó la Thénardier en el mismo tono.--Yo no admito pobres á menos precio.
--Es verdad,--añadió el marido con dulzura,--es un perjuicio para los establecimientos el recibir gente de esta clase.
Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de cocina y tomado su calceta.
El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se había servido, contemplaba á la niña con atención particular.
Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.
Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío, había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra. Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado. Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban y traducían una sola idea: el temor.
El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.
Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á su tarea.
La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio.
Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.
El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.
De repente la Thénardier, exclamó:
--¡Á propósito! ¿Y el pan?
Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.
Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente sempiterno de los niños asustados. Mintió.
--Señora, el panadero tenía cerrado.
--¡Haber llamado!
--Ya llamé, señora.
--¿Y bien?
--No abrieron.
--Mañana sabré yo si eso es verdad--dijo la Thénardier;--y si mientes, verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de quince sueldos.
Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La moneda de quince sueldos había desaparecido.
--¡Ea!--dijo la Thénardier--¿Me has oído?
Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que contestar. Estaba petrificada.
--¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?--dijo aullando la Thénardier.--¿Ó es que quieres robármela?
Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el rincón de la chimenea.
Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:
--¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!
La Thénardier descolgó el martinete.
Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este movimiento.
Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin fijarse en nada más.
Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi desnudos. La Thénardier levantó el brazo.
--Permitidme, señora,--dijo el hombre;--pero acabo de ver una cosa que ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede que sea esto.
Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un instante.
--Aquí está precisamente,--añadió levantándose.
Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.
--Sí, ésta es,--dijo ella.
No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:
--¡Cuidado con que te vuelva á suceder!
Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho», y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.
--Á propósito, ¿queréis cenar?--preguntó la Thénardier al viajero.
Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.
--¿Quién será este hombre?--dijo ella entre dientes.--Algún pobre asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.
Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y Azelma.
Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.
Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno de adoración:--¡Ah! ¿sois vosotras?
Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra, acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó:
--¡Vais de cualquier manera!
Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas jugar con aire triste.
Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la envidia, por otra el desdén.
La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia y rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien en su vida había tenido una muñeca, _una verdadera muñeca_, para servirnos de una frase que todos los niños comprenderán.
De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la sala, advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba de las niñas que estaban jugando.
--¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!--exclamó ella.--¿Es así como tú trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote.
El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier, y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo:
--¡Vaya! ¡Dejadle que juegue!
De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese tenido aquel aire de _pobre asqueroso_, semejante ruego habría sido una orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener un deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese manifestar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber tolerar. Replicó pues agriamente:
--Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para que no haga nada.
--¿Y qué es lo que está haciendo?--repuso el forastero con esa voz dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus hombros de cargador.
La Thénardier se dignó contestar:
--Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien dice, y que van á quedarse con los pies desnudos.
El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó:
--¿Y cuándo habrá concluido esas medias?
--Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa.
--¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido?
La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa.
--Treinta sueldos al menos.
--¿Lo daríais por cinco francos?--repuso el hombre.
--¡Pardiez!--exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba oyendo.--¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos!
Thénardier creyó deber tomar la palabra.
--Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros.
--Pero sería preciso pagar enseguida,--dijo la Thénardier con su manera breve y perentoria.
--Compro ese par de medias,--respondió el hombre,--y...--añadió sacando del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la mesa,--lo pago.
Después se volvió hacia Cosette:
--Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta.
El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso adelantándose á recogerla.
--¡Y es verdad!--exclamó examinándola.--¡Una verdadera rueda trasera! ¡Y que no es falsa!
Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo.
La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. Su rostro tomó una expresión de odio.
Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar:
--Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar?
--¡Juega!--dijo la Thénardier con voz terrible.
--Gracias, señora,--dijo Cosette.
Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil se las daba al viajero.
Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído:
--¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo?
--He visto,--respondió en tono soberano Thénardier,--millonarios vistiendo levitas como la suya.
Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio. Movíase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella algunos trapos viejos y su pequeño sable de plomo.
Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba. Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era la mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce y adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar:
--Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella? Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me dirías ¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que yo tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora.
Azelma escuchaba á Eponine toda admirada.
Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción obscena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les animaba y acompañaba.
Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen una muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, hecho lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba para ello dulcemente.
La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo tiempo uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar, levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien: ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando, haciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos, y chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven casadera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo es la continuación de la última muñeca.
Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como una mujer sin hijos.
Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable.
La Thénardier se había acercado al _hombre amarillo_. Mi marido tiene razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan especiales!
Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa.
--Señor,--le dijo.
Al oir la palabra _señor_, volvióse el hombre. La Thénardier no le había llamado todavía más que _buen hombre_.
--Ya veis, señor,--prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era más repugnante aún que su aire feroz;--yo gusto también de que la niña juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje:
--¿Entonces esta niña no es hija vuestra?--preguntó el hombre.
--¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido por caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá muerto.
--¡Ah!--exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento.
--Valía su madre bien poca cosa,--añadió la Thénardier.--¡Eso de abandonar á su hija!
Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la Thénardier. Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas.