Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 38

Chapter 383,955 wordsPublic domain

Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta.

--Toma, señorita Renacuajo,--añadió;--de vuelta tomarás un pan en la panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.

Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.

Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.

--¡Aprisa!--gritó la Thénardier.

Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.

IV =Entrada en escena de una muñeca=

La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia, se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna Thénardier, producía «un efecto mágico».

En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.

El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases, y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente, había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado mirarla también.

En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por triste y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta la prodigiosa muñeca, hasta _la señora_, como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no era muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase ella que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer una «cosa» como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de rosa, aquellos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo ¡qué feliz debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel puesto fantástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar viendo el paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le parecían hadas y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del barracón, le producía cierto efecto de Padre eterno.

En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se le había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver en sí.

--¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué tiene que hacer ahí ese monstruo?

La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á Cosette extasiada.

Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto pudo.

V =La chiquilla sola=

Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de Chelles, á donde Cosette debía ir por el agua.

Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia, las tiendecillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto desapareció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura se encontró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que se apoderaba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando iba agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con ello, le servía de compañía.

Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando entre dientes:

--¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?--Luego la mujer reconoció á Cosette, y exclamó:--¡Mira! ¡si es la Alondra!

Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas en que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil. Mientras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino, anduvo bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una vela á través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí había gente, y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba, sus pasos iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el ángulo de la última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última tienda había sido difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía imposible. Dejó el cubo en el suelo, llevóse la mano á la cabeza, y púsose á rascarse lentamente, actitud propia de las criaturas aterradas é indecisas. Ya no estaba en Montfermeil, puesto que se encontraba en medio del campo. Tenía únicamente ante ella el espacio negro y desierto. Contempló desesperada aquella obscuridad, donde no había nadie, donde había solamente animales, y donde había tal vez aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias que andaban por entre la yerba, y ver claramente los aparecidos que se movían entre los árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el miedo le dió audacia.

--¡Bah!--exclamó ella,--diré que ya no había agua.

Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil.

Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la Thénardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera sus ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué hacer? ¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de la Thénardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á pesar de todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el camino de la fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población, entró corriendo en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su curso hasta faltarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba avanzando como desvanecida.

Iba corriendo con ganas de llorar.

El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. No pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un átomo.

No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la maleza. Así llegó á la fuente.

Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo arcilloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y de esas grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y enlosado con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo un ruido escaso y tranquilo.

Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió el cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de ver que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la moneda de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó caer nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba.

Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había sido tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto, obligada á sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó acurrucada.

Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero no pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco.

Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura.

Júpiter se envolvía en las profundidades.

La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella, que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una llaga luminosa.

Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso, sin ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas y suaves claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes ramajes; agitábanse en los claros deformes y espantosos matorrales. Extremecíanse con el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas retorcíanse como largos brazos armados de garras para coger su presa. Algunas malezas secas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente como huyendo espantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas partes no se advertía más que extensiones lúgubres.

La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien penetra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando el ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en la opacidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie atraviesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar. Sombras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica aparece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á pocos pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el espacio ó en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los sueños de flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces, aspiramos los efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo miedo y deseo de mirar atrás.

Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos, perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante, cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas, charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad sepulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas misteriosamente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas ráfagas de yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No hay valor que no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se experimenta algo horroroso, como si el alma se confundiese con la sombra. Esta penetración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente siniestra en los niños.

Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma infantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa.

Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que tenía de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón. Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora.

Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado singular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar en alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía empezaba á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara percepción de los objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos, que se habían mojado al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente al miedo, un miedo natural é invencible. No tuvo ya más que un pensamiento, huir; huir á todo correr, al través del bosque, al través del campo, hasta dar con las casas, con las ventanas, con las velas encendidas. Su mirada tropezó con el cubo que tenía delante.

Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin gran trabajo alcanzó levantarlo.

Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo. Respiró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando esta vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después de algunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia adelante, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba y entumecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer y helar sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á pararse, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del cubo, caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una niña de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan triste momento.

Y sin duda su madre también, ¡ay!

Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro de sus tumbas.

Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que le infundía, aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de imaginarse siempre presente á la posadera.

Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera, y proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las paradas y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada que le faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que ya conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para tomar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente.

Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!

En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre, sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía levantar apenas.

Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida.

La niña no tuvo entonces miedo.

VI =Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle=

En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un hombre largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital en París. Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y se detenía preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de aquel ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo.

Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente, un cuarto en este aislado barrio.

Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la extremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble respeto que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno. Llevaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita hasta descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse descolorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y gruesos zapatos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un antiguo preceptor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por sus cabellos blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de sus labios, por su rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio de la vida, se le hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso firme, aunque lento, y por el vigor singular impreso en todos sus movimientos, apenas se le hubieran concedido cincuenta.

Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente. Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía severo siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre serenidad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un pañuelo, apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un seto. Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un mal aspecto; habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado un puño de coral con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un bastón.

Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno. Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla que buscarla.

En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á Chois-le-Roy. Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi invariablemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo escape por el boulevard del Hospital.

Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las dos; pues ya se vuelve á las Tullerías.

Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque el paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de París. Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de ir al galope; no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico y severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién empolvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano, el Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor, la placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso cordón azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero con plumas blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas inglesas, y cuando entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la cabeza, saludando poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía perfectamente. Cuando apareció por primera vez en el barrio de San Marcelo, todo el éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos á otro vecino: «Ese gordo que va ahí es el gobierno».

Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el acontecimiento cotidiano del boulevard del Hospital.

El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, ni de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia. Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de un escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó sorprendido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de árboles, y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca, lo que no impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque de Havré, como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado en el coche frente á frente del rey, y dijo á su majestad:

--¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía, apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron también en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero el hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como el día empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta de un parte dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de Estado y prefecto de policía.

Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para cerciorarse de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir, cerrada ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta de San Martín, donde se representaba aquel día el drama _Los dos presidiarios_. El cartel, alumbrado por los faroles del teatro, debió chocarle, porque aún cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco después estaba en el callejón de la Planchette, y entraba en el _Plato de estaño_, donde estaba entonces la administración de diligencias de Lagny.

El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados, y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda prisa por el alto peldaño de hierro del vehículo.

El hombre preguntó:

--¿Hay asiento?

--Uno solo, á mi lado, en el pescante,--contestó el mayoral.

--Le tomo.

--Subid.

Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al traje nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase.

--¿Vais hasta Lagny?--le preguntó el cochero.

--Sí,--dijo el hombre.

Y el viajero pagó hasta Lagny.

Partieron enseguida.

Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por monosílabos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos.

Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne.

Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros, establecida en los viejos edificios de la abadía real.

--Yo bajo aquí,--dijo el hombre.

Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje.

Un instante después había desaparecido.

No había entrado en la posada.

Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender la marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles.

El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo:

--Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de no llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, pues ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas las casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver. Se le ha de haber tragado la tierra.

No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del país que hubiese ya transitado por él.