Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 37

Chapter 374,000 wordsPublic domain

La caída era peligrosa. La fragata _Algeciras_ estaba fondeada junto al _Orión_, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la ansiedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á la superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna sobre el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron, bucearon; pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el cuerpo se encontró.

Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas:

«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando á bordo del _Orión_, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó al agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume que habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Juan Valjean».

LIBRO TERCERO CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA

I =La cuestión del agua en Montfermeil=

Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero meridional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne.

Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos. En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque. Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil. Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la meseta.

Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á un cuarto de hora de Montfermeil.

Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se pasaba sin ella.

Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette.

Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras, pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada. Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en la casa.

La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos, vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823 á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de animales raros.

En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros, estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier. Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata. La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego, mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.

Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:

--Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de los lagares más jugo de lo que se esperaba.--¿Pero la uva no estaría madura?--En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se tuerce en cuanto llega la primavera.--¿Entonces se saca solamente vinillo?--Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que vendimiar en agraz.

Etc...

Ó bien, era un molinero el que exclamaba:

--¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.

En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía:

--No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!...

Etc...

Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego, calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba debajo de las sillas.

Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é infantiles; eran las de Eponine y Azelma.

En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo.

Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío», y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma, pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!--respondía ella.--Me fastidia.

Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.

II =Dos retratos completados=

No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo, y contemplarlo por todas sus fases.

Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había equilibrio de edad entre la mujer y el marido.

Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda, cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes piedras con su cabellera.

Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes. Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le salía de la boca un diente.

Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso, endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle. Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín. Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador filósofo. Este matiz existe.

Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera, había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte, cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para cura.

Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París, belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida; y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815, Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos, robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto de unirse siempre al ejército victorioso.

Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, _cum quibus_, había ido á establecer su bodegón en Montfermeil.

Este _quibus_ compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.

Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores. Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía. Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido debía ser objeto de concupiscencia universal.

Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que entra en ella.

No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos, como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces bajo su furor!

Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.

Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba. Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano. Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra.

Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea: enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es menester que viva.

Ya se comprende que la palabra _posadero_, está aquí empleada en sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.

Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos francos, una deuda apremiante, que le preocupaba.

Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino, Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable, citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible, que era particularmente peligrosa.

Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos. Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida, descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas; detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo; poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las moscas que se come su perro.

El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas, maridaje repugnante y terrible.

Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana, viviendo exclusivamente al día.

Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.

El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba, corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era, hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz, un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca sirviendo á las arañas.

La pobre criatura, pasiva, se callaba.

Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno de Dios?

III =Los hombres necesitan vino, los caballos agua=

Habían llegado cuatro nuevos viajeros.

Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de una vieja.

Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia Thénardier de cuando en cuando:

--¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!

Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.

Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo, en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas la mitad del vaso.

--¡Mira,--dijo la mujer,--no hay más agua!

--Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.

--¡Bah!--repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.--Con ésta habrá bastante.

Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora, sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.

Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día siguiente.

De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:

--¡Está obscuro como boca de lobo!

Ó decía otro:

--¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!

Cosette se estremecía.

De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón entró, y dijo con acento rudo:

--No habéis dado de beber á mi caballo.

--Sí, por cierto,--dijo la Thénardier.

--Yo os digo que no,--repuso el mercader.

Cosette había salido de debajo de la mesa:

--¡Oh! ¡Sí, señor!--dijo.--El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo, en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he hablado.

Esto no era verdad. La niña mentía.

--He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una casa,--exclamó el mercader.--¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela! Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco perfectamente.

Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que se oía apenas:

--¡Y mucho que ha bebido!

--¡Ea,--repuso el mercader en tono colérico,--no hay que hablar de eso; que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!

Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.

--En efecto: nada hay más justo,--dijo la Thénardier;--si el animal no ha bebido, es preciso que beba.

Luego mirando en torno suyo exclamó:

--¡Y bien! ¿Dónde está ésa?

Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida casi debajo de los pies de los bebedores.

--¿Quieres salir de ahí?--gritó la Thénardier.

Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La Thénardier repuso:

--Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.

--Pero, señora,--dijo Cosette toda temblorosa,--¡es que no hay agua!

La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.

--¡Pues ir á buscarla!

Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el rincón de la chimenea.

Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido sentarse dentro y estar ancha.

La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:

--En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo que hubiera sido mejor preparar las cebollas.