Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 36

Chapter 363,931 wordsPublic domain

Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa, gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra? ¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo, una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una cartera, y otras muchas, nada.

Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:

Fodit, et in fossa thesauros condit opaca As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.

Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado, que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.

Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco, tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se sirve de ella.

Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante su evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil, observóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque.

Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en presidio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no encontraba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con rebaja de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny.

El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca; pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse la gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes, probablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho.

He aquí lo que creían haber notado:

Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las malezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas veces abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por Belcebú, y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban sin embargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á Boulatruelle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de misterioso en lo que hacía.

Decían en la aldea:

--Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le ha visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino hacerse cruces.

Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió luego á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa.

No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había en aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas, algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo, y cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más «empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en tratos con Boulatruelle.

--Ha estado en presidio,--decía Thénardier.--¡Ay! ¡Dios mío! Nadie sabe quién va, ni quién ha de ir.

Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no habría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua.

--Sometámosle á la del vino,--dijo Thénardier.

Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó con arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento con la discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga, y de compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon, he aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender.

Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo, quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y un pico, _como si dijéramos escondidos_. Sin embargo, pensó que serían probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió, sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento, á «cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más espeso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente». Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un _compañero de presidio_. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su nombre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á modo de caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados siete ú ocho minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir «al individuo». Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la espesura, había ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo alcanzarle. Entonces tomó el partido de observar estando á la vista de la ladera del bosque. «Hacía luna». Dos ó tres horas después, Boulatruelle vió salir al individuo de la espesura, llevando, no ya el cofrecillo, pero sí una pala y un pico. Boulatruelle dejó pasar al individuo sin ocurrírsele la idea de acercársele, porque calculó antes, que el otro era tres veces más fuerte que él, y armado con su pico le hubiera aplastado probablemente al conocerle y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que vuelven á encontrarse. Pero la pala y el pico fueron un rayo de luz para Boulatruelle; corrió, pues, al zarzal por la mañana, y ya no encontró allí pico ni pala. De esto dedujo que el individuo entró en el bosque, é hizo un hoyo con el pico, enterró el cofre, y lo cubrió luego de tierra con la pala.

Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver; debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado todos los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero inútilmente.

No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil. Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron:

--Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo este enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo.

III =De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna operación preparatoria para romperse de un solo martillazo=

Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal, y para reparar algunas averías, el navío _Orión_, que más tarde fué utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón, parte de la escuadra del Mediterráneo.

Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé qué pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos, contestados por él uno tras otro; total, veintidós.

Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios de ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y ciudadelas, salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas las fortalezas y todos los buques de guerra, apertura y cierre de puertas, etc., etc., el mundo civilizado tiraba con pólvora por toda la tierra, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil cañonazos inútiles. Á seis pesetas por cañonazo, importa ello novecientas mil pesetas diarias, ó sean trescientos millones al año, que se van en humo. Esto no es más que un simple detalle. Durante el mismo tiempo se mueren de hambre muchos pobres.

El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra de España».

Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón; la rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es decir, realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á las tradiciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción á los gabinetes del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por los periódicos liberales _él héroe de Andújar_, comprimiendo, dentro cierta actitud triunfal, algo contrariada por su aire apacible, el viejo terrorismo, demasiado real del Santo Oficio, en lucha con el quimérico terrorismo de los liberales; los _sans culottes_ resucitados, con grandísimo honor de las viejas aristócratas, bajo el nombre de _descamisados_; el monarquismo poniendo obstáculos al progreso, calificado de anarquía; las teorías del '89 bruscamente interrumpidas en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo intimado á la idea francesa, dando la vuelta al mundo; al lado del hijo de Francia, generalísimo, el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto, alistándose en aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como voluntario entre los granaderos de charreteras de lana encarnada; los soldados del imperio volviendo á entrar en campaña, pero después de ocho años de reposo, viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera tricolor agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses, como lo había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes; los frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad y de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados á cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había hecho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los soldados vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún peligro militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina sorprendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada, vergüenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra, hecha por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por generales procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no recordar ni la gran guerra ni la gran política.

Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, entre otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, las trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que mostró para la aceptación de aquel falso triunfo.

Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase de muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales que batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que humillaba, en realidad y por la que se podía leer _Banco de Francia_ en los pliegues de su bandera.

Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es preferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine mejor que á un Ballesteros.

Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que insistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar el alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las revoluciones de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia de Francia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no verlo, como ha dicho muy bien Bonaparte.

La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa. Esta monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza porque, salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos lo hacen por fuerza. La palabra _obediencia pasiva_ lo indica bien. Un ejército es una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta de una suma enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por la humanidad contra la humanidad, y á pesar de la humanidad.

En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar una idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el punto de introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la inmensa debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de asechanza. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus consejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de las aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España _el rey neto_, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto. Cayeron en el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el consentimiento de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No es bueno dormirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército.

Volvamos al navío _Orión_.

Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe generalísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya que el _Orión_ pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por desperfectos marinos, al puerto de Tolón.

La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y porque la multitud ama lo grande siempre.

Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio humano con el poder de la naturaleza.

Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y de lo que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo con las tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines, y responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre la espantosa semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su brújula que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches obscuras, sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el viento tiene el cable y la lona, contra el agua la madera, contra la roca el hierro, el cobre y el plomo, contra la sombra la luz, contra la inmensidad una aguja.

Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, cuyo conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo una de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de Tolón. Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo campana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la longitud de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo mayor inglés se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de flotación. La marina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra emplea cadenas. El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones tiene cuatro pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y para hacer un navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil metros cúbicos. Un bosque flotante.

Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor, entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese prodigio que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque mixto de hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen de tres mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la fuerza de dos mil quinientos caballos.

Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre. Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en su vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre las cuales flota y reina.

Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una paja aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el ancla, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola, como el anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos monstruosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra el huracán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder y toda aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad superiores.

Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas máquinas de guerra y navegación.

Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en contemplar el _Orión_.

El _Orión_ era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha. Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos, y luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las Baleares el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como el forrado no se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía agua. Sobrevino un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor la roda y una portañola, y deterioró el porta-obenques de mesana. Á consecuencia de esas averías, el _Orión_ tuvo que regresar á Tolón.

Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba. El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre, desclávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar penetrar el aire en el armazón.

Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de un accidente.

La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle del arsenal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el hombre giró en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo, asiéndose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego con la otra, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una profundidad vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso al estribo un brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado al extremo de aquella cuerda como la piedra de una honda.

Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los marineros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el servicio, se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado gaviero se fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el rostro, se distinguía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus brazos se retorcían en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía para remontarse, no servía más que para aumentar las oscilaciones del estribo. No gritaba, temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie esperaba más que el momento en que soltase la cuerda, y á cada instante volvían todos la cabeza por no verle caer. Hay momentos en que un cabo de cuerda, un palo, la rama de un árbol, es la vida misma, y es en verdad cosa terrible, ver como un ser viviente se desprende y cae como fruto maduro.

De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad del tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario; llevaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua.

Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de la tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, le había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero.

Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo presente esta circunstancia.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante los cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo, les parecieron siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó los ojos al cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele recorrer ligeramente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de la cuerda, que llevaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo enseguida, valiéndose de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces una indefinible angustia, cuando en lugar de un hombre suspendido sobre el abismo, vióse que había dos.

Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de una mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos. Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados.

Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero. Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado, se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á la cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas.

Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y oyéronse voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento furioso: ¡El indulto! ¡indulto para ese hombre!

Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo, y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo un momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera fatigado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba y se bamboleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el presidiario acababa de caer al agua.