Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Part 35

Chapter 353,798 wordsPublic domain

Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.

Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.

Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.

XIX =El campo de batalla por la noche=

Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de batalla.

El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.

Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó desierta.

Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.

Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord Bathurst.

Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente á la aldea de Waterloo.

Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.

No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.

¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? ¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo, de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.

Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado contemporáneo, fuera de duda.

Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles, cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba «los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos, en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales, grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el Palatinado.

Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.

No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz. Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla, mientras se los fusilaba en el otro.

La luna era siniestra en aquella llanura.

Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias, uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo. Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina. De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_.

Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.

Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas, hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.

La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias del cielo.

En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla, pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente agitadas por el aire de la noche.

Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en la yerba, que parecían exhalaciones de almas.

Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas mayores del campamento inglés.

Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las colinas del horizonte.

Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.

Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar, retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un ser viviente!

Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura, llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja: tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.

Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la división Delort, el lecho de muertos disminuía.

El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la sangre.

De pronto se detuvo.

Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.

Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.

El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse ya no brillaba el anillo en aquella mano.

No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas acciones.

Después, tomando una resolución, se levantó.

En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por detrás.

Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido por la falda del capote.

Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.

--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.

Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto en la tumba.

--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.

Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba, cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía el rostro, donde no se veía más que sangre.

Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser aplastado. Tenía los ojos cerrados.

Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.

El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos interiores de su capote.

Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde encontró un bolsillo, que también se guardó.

Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el oficial abrió los ojos.

--Gracias.,--le dijo débilmente.

Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su letargo.

El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.

[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla de Waterloo=]

Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que se acercaba.

El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:

--¿Quién ha ganado la batalla?

--Los ingleses,--respondió el vagabundo.

El oficial repuso:

--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj. Tomadlos.

Ya lo había hecho.

El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:

--No hay nada.

--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.

Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.

--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un hombre que se va.

El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.

--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?

El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:

--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje. Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad hacer lo que podáis.

--¿Qué graduación es la vuestra?

--Sargento.

--¿Cómo os llamáis?

--Thénardier.

--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del mío. Me llamo Pontmercy.

NOTAS:

[8] _¡Splendid!_ palabra textual.

[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa Elena._)

LIBRO SEGUNDO EL NAVÍO ORIÓN

I

=El número 24601 se trueca en 9430=

Juan Valjean había sido preso nuevamente.

Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos acaecidos en M* sur M*.

Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no existía aún la _Gaceta de los Tribunales_.

Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de julio de 1823:

«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento, llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».

El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario de París_, de igual fecha:

«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)

«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación, debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que, como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:

«Todos los años llegan de Saboya Para deshollinar con mano diestra Los largos tubos de las chimeneas».

«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean, declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de Tolón».

No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_, presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.

Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.

Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó; faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída, verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.

Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios, dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí; el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.

El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes de febrero de 1827.

II =Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=

Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio público.

Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima, tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He aquí, pues, la superstición de Montfermeil.

Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo, y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle. Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo, sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol, la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á casa y se muere dentro de la semana.

La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del mes.

En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.

Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.

Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.

Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de cuya tumba nacen sapos.