Los miserables - Tomo 1 (de 2)
Part 34
Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche, al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro, saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera, mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso.
Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.
La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla. ¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido. ¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no botar?
Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas, están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano.
Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer esto, hallar esto, es ser el vencedor.
El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como Rouget de l'Isle dió con la _Marsellesa_, por la intuición de un soplo de lo alto.
Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.
Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.
Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre, entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.
XVI =¿Quot libras in duce?=
La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9]. Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.
Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra.
En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula.
Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada.
Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.
Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.
No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria.
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio.
El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven.
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington.
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo.
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército.
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de 1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro.
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido.
En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.
Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington, con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza.
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro.
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.
En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.
Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.
XVII =¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?=
Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.
Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión, es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el _statu quo_ contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra el indomable tumulto francés.
Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo extraño.
Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del conquistador fuera, del gotoso dentro.
Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos, no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha sido vencida por la libertad.
En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo sobre aquel pedestal esta fecha, _18 de junio de 1815_, lo que alentaba á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta infame palabra: _Desmembración_.
Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una constitución.
No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón involuntariamente revolucionario.
El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.
XVIII =Recrudescencia del derecho divino=
Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.
El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros. Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la noche produjo el efecto de una eclipse.
Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo célebre.
La divisa _non pluribus impar_ reapareció entre rayos de piedra, figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco de _carrousel_, cargado de victorias ya insoportables, extrañas entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula, y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por aquí y no por allí!
El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14 en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las serpientes.
El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón. Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre, ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está? ¿Qué hace?
--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y Waterloo.
--_¡Él muerto!_--exclamaba irónicamente el soldado.--_¡Le conocéis bien!_
Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa, después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo tiempo por haber desaparecido Napoleón.
Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. _¡Bella Alianza!_ había ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.
En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador, hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca de Santa Elena permaneció en su horizonte.